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Que Conrado Isasa empiece su nuevo disco con una canción que lleva el título de “Aina” es bastante más que una anécdota. Se trata de una manera de cerrar el círculo, de echar la vista atrás para reencontrarse con aquellos años en los que A Room With A View daba sus primeros pasos (y antes Down For The Count), dentro de una escena post-hardcore en la que figuraban también bandas como 24 Ideas o unos primerizos Standstill, con Aina abriendo camino para acabar convirtiéndose en referente ético y artístico. Con nostalgia, pero sin cuentas pendientes, lo cierto es que el presente de Isasa no se podría entender sin su pasado en A Room, y por extensión con todo lo que rodeó esa etapa, una de las que más merece la pena recordar de la música hecha aquí en el último cuarto de siglo.

Pero Isasa, decíamos, es otra cosa. Lo era en “Las Cosas” (2014), su primer álbum tras un silencio de casi seis años, y lo es aún más en “Los Días”, donde el primitivismo americano de John Fahey, Jack Rose o Glenn Jones (que firma un certero texto para presentar el disco) sigue siendo la guía fundamental, pero ahora con una aportación personal mu-cho más acentuada, ampliando su rango expresivo con la guitarra acústica (también la eléctrica de forma puntual en un tema), lap steel y banjo.
Un trabajo que tiende a la paz, al encuentro con uno mismo en determinados momentos (“Ribera del Manzanares”, “El Cielo Mediador”, “Ronda de Segovia”), alejándose de la ac-ción para detenerse más en la contemplación. Esa energía reflexiva -que no tiene que ver con la quietud, más aún en un trabajo que muestra registros muy distintos- se traduce en escenas de aparente sencillez y melodías casi siempre muy definidas que esconden una gran complejidad en los arreglos, buscando una sonoridad propia y con acento mediterráneo (y no solo en su sorprendente versión de “La Bien Pagá”, sino también en temas como “El Mar”), en un recorrido que se aleja de lo obvio, de forma parecida -aunque en otro contexto- a lo que ocurre con Alberto Montero.

Entre tanto, un corte tan evocador como “Luces Blancas Vienen, Luces Rojas Se Van” (el primero de este disco con la Weissenborn) se revela como el mejor ejemplo de un discurrir lento, a la vez que decidido, perdidos en algún momento de la noche. Porque escribe Glenn Jones que ésta es una música “que surge del interior, más propia de un domingo por la mañana que de un sábado por la noche”; y es verdad, pero al mismo tiempo es también crepuscular, consciente de que la soledad lo es más con las luces apagadas.

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