Graham Coxon ha tenido a bien guardarse para sí mismo esa gominola que es “Castle Park” durante nada menos que quince años. El disco fue creado durante las sesiones de “A+E” (Transgressive, 12), el que fuera octavo álbum en solitario del guitarrista de Blur, quedando aparcado desde entonces. Ahora, aprovechando la reedición en vinilo de toda la discografía amasada por Coxon, ve también la luz este trabajo inédito compuesto por diez piezas que prueban la pluralidad estilística del autor.
“Caste Park” es una obra atravesada por indie-pop con marcada guitarra, que se alimenta de generosas dosis de new wave, algo de power-pop y texturas sixtie, amalgama suficiente para enriquecer un trabajo que va bastante más allá de aquel estatus de anecdótico que su posicionamiento, en la sombra durante tanto tiempo, podría llegar a sugerir. El elepé se abre con un single claro como “Billy Says” dando paso a la juguetona “Alright”, con ecos a esos The Kinks tan del gusto del firmante (y recuperados poco después en la bonita “Easy”), mientras que la nerviosa “When You Find Out” quedaría a medio camino entre The Undertones, Dr. Feelgood y Buzzcocks.
Por su parte, en “Isn't It Funny” el protagonista se disfraza de crooner (con la sombra de Scott Walker en la lejanía) para ofertar una pequeña dosis de misterio, antes de recuperar luminosidad en ese dueto de trazo clásico que es “There's a Little House” junto a Lucy Parnell. El lote se completa con la mística “Dripping Soul” apuntando hacia Love (y que podría haber pertenecido a The Coral), el medio tiempo algo discreto “Forget Today”, la instrumental “Mélodie Pour Christine” luciendo como hipotética banda sonora de Yann Tiersen, y los relajados dos minutos de “All The Rage” haciendo las veces de bien parecido cierre.
“Castle Park” no es una obra mayor y puede que ni siquiera sea la mejor entrega de Graham Coxon. Pero, a cambio, es un disco jugoso que deriva en alegría inesperada, capaz de dejar gran sabor de boca con su chispa y efervescencia adecuadas para la presente época estival. Un as en la manga de uno de los mejores y más personales guitarristas británicos de su generación, que además de su (determinante) militancia en Blur, atesora una de esas trayectorias polivalentes en las que siempre procede escarbar en busca de gemas.
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