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Cuando el rock esquiva al rock pasan cosas como “Gala Mill”: un grupo australiano al alza se larga a un molino de Tasmania para grabar su tercer álbum porque necesita rodearse de 4.000 hectáreas de nada, en lugar de hacerlo de docenas de aduladores vestidos con sudaderas.

Necesitan el espacio porque lo suyo va de ciclos en los que se crea el vacío y luego se absorbe todo lo que entra en su radio de acción, y también porque rehuyen la utilización de fórmulas que se saben de antemano triunfo fácil. Prefieren apalear hierbajos y levantar pastos en el aire, con un retumbar de ecos de Kim Salmon y Come. El molino es un anacronismo viviente, el blues es otro anacronismo y The Drones se respaldan en ambos y son, a diferencia de toda esa caterva de artistas mediocres que copian la entonación de David Byrne, esencia de anacronismo angular. Por todo ello, los descensos que se suceden en sus ciclos son disculpables, asumidos como estratégicos dentro de un plan maestro que deja a la brujería lo que nunca tendrá de ciencia. The Drones solo compiten consigo mismos y es en esa confrontación en la que encuentran una personalidad espectral, definida solo por momentos por destellos. Eso les hace incómodos para el rock de sudadera, pero es la razón por la que “Gala Mill” late diferente con la opresión y el aliento tántrico de 4.000 hectáreas de hierba.

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