Alguien dijo alguna vez
que se nota que nos hacemos mayores en que casi todos nuestros ídolos del balón
son menores que nosotros y a los entrenadores de hoy les vimos jugar antes de
ayer. Eso puede aplicarse al hecho de que bandas que hemos visto crecer a pie
de escenario cuenten ya con una o varias ediciones a un mucho más cercano
alcance de la mano que no se mueve exclusivamente en determinados circuitos.
Reznik es una de esas bandas, secretos a voces de una ciudad y un sonido celoso
de si mismo y de sus particularidades, que ocupan espacios como este con todo
merecimiento y naturalidad. Su debut es negro como el propio mal y no exento de
la luz resplandeciente del pasillo de un sanatorio mental, enfermizo como la
gallina bailarina de Herzog y con una mala baba y un humor retorcido que hacen
bien en atribuir a una procedencia soviético-marciana que la historia por
desgracia se ha perdido para siempre. Afortunadamente ahí están Diana y Lolo
para desfogue de cabezas nerviosas; les basta con apenas media hora de guitarra
y batería, cambios de ritmo y mundos paralelos para probar una de las más
sacrosantas verdades de la vida: lo atractivo que es el mal.
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