Todos esperábamos un disparo rápido y seco con “Iceman” que diera la vuelta un poco a todo. Un golpe frío que sirviera para anular el paródico periodo que llevaba viviendo como artista desde que Kendrick Lamar le apuntara con el dedo en su Super Bowl. Sin embargo, cuando el regreso de Drake iba por fin a materializarse y estaba ya encima de nosotros, nos dimos cuenta de que no solo se trataba de un álbum de venganza, sino que nos encontrábamos con un complejo tríptico de no demasiada brillantez. Un tríptico que, de nuevo, certifica el valor público de Drake, su poder, pero no su calidad o esas cualidades dentro del género que aplaudimos en el pasado y parecen seguir congeladas.
Como pieza central de este triple lanzamiento tenemos “Iceman”, su entrega más conservadora y focalizada en las barras y el beef con Lamar. Un disco que a grandes rasgos habla de la importancia de la lealtad, trata de tapar el ruido ajeno reflexionando sobre su recorrido en la industria (“Dust”) y saca brillo al valor que tiene como figura. Pese a las gigantescas cifras que Drake sigue alcanzando (“Make Them Cry” rompió el récord de biggest streaming debut para una canción de hip-hop en Spotify con 132 millones de streams); el artista se siente aun con la necesidad de remarcar que es “el mejor” entre los suyos y darle material a su ciudad para que lo tengan en la cima. Que le sigan viendo con ojos aspiracionales y en lo más alto de la torre. Porque, la verdad es que desde allí se siente protegido analizando en soledad y destripando a los que desconfían de sus capacidades. Siendo el rey de su propia “mafia” como pinta en temas como “Shebang” o “Plot Twist”. Y, por supuesto, no escuchando consejos externos de ningún tipo. Una pena la verdad, porque la música no son todo cifras apoteósicas y las composiciones mediocres de las que se rodea últimamente son las que están calando y dejando en él una herida que le va a costar cicatrizar.
Entre lo mejor de “Iceman” está ese “Make Them Pay”, bajo el sampler de “Free” de Deniece Williams y en la que ataca a DJ Khaled por su falta de transparencia y posicionamiento. Khaled no quiso elevar la voz hacia ningún lado en el cara a cara con Lamar y, además, ha ignorado sus orígenes palestinos para evitar salir en defensa de los suyos en el conflicto de Gaza: “And, Khaled, you know what I mean. The beef was fully live, you went halal and got on your deen. And your people are still waitin' for a free Palestine, but apparently everything isn't black and white and red and green, damn”. Por otro lado, es cierto que “Janice STFU” se ha convertido en el himno absoluto de esta era gracias a ese uso adictivo del “I Follow Rivers” de Lykke Li” y esa letra directa analizando su beef con Kendrick, contratacando con acusaciones sobre no generar comunidad, ser un falso y no proteger a los tuyos siendo lo que verdaderamente importa en esta vida. Y es que, a pesar de estar frente a un Drake combativo, es cierto que a rasgos generales los ataques del rapero proceden siempre desde zonas muy vulnerables y desde la reflexión sobre su lugar en el mundo. Por ello, no le importa verbalizar en ese cierre con “Make Them Know” que se le tache constantemente de una figura blanda dentro del rap: “I’m glad that you think that i’m soft”.
Drake es muy consciente de que, pese a la caída en calidad, sigue siendo un perfil de alta influencia y gran poder. Y, avanzando por este terreno, llegaríamos a la idea de sacar tres discos de golpe y a “Habibti” como el segundo lanzamiento de este triplete. La exhibición de otro pilar de la personalidad de Drake. La pena es que “Habibti” es un disco de RnB trasnochado con el que pierde oportunidades y cae de nuevo en los tópicos que ya conocemos. Un álbum que habla de fiestas eternas, independencia y el caos amoroso de su vida. Un proyecto asentado sobre el deseo, las fantasías y la seducción constante. En definitiva, un chute emocional alrededor del artista, pero a la vez un disco pobre y vacío con el que nunca terminas de conectar. Una colección de canciones que serán pronto olvidadas y de las que con dificultad logramos salvar alguna de ellas. Quizá solo la atmosférica “Classic” o esa nostálgica “Gen 5” que nos conecta al pasado y nos recuerda que hubo tiempos mejores.
Pero bueno, nos dejamos para el final lo mejor, la guinda que hace que todo el lanzamiento que rodea “Iceman” no termine en caída libre. Y es que es verdad que “Maid Of Honour”, siendo imperfecto, al menos es un digno heredero de aquel “Honestly, Nevermind” infravalorado en su momento; cuando Drake se propuso hacer un pequeño giro más upbeat y hacia el rnb/club. Ahora, sin embargo, aplaudimos ese giro y lo bien que fluye en este terreno. Cómo incluso ha convertido esta parte de su identidad en su lado más personal entregándole una portada en la que podemos ver una foto familiar con la madre de Drake en el centro como auténtico pilar de todo. Para entenderlo, solo hace falta escuchar temas como “Road Trips” con un Drake que habla de sentirse excluido sobre un beat acelerado y Teezo Touchdown retumbando hacia el final de la canción. O, por otro lado, lo bien que funciona ese “Cheetah Print” en la que juega con Sexyy Red y samplea el “Nanana” de Peggy Gou. ¿Es este disco el verdadero eje central de esta nueva era? ¿Es el camino que, en realidad, quería tomar Drake y en el que está más cómodo? Posiblemente la respuesta sea sí. Pero qué difícil es siempre cumplir con todas las expectativas que se generan alrededor y, sobre todo, seguir manteniendo de forma forzada tu estatus dentro del mundo del rap. Un mundo que a lo mejor ya no te pertenece del todo.
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