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Ya con el anterior disco de The Raconteurs me cuestionaba el hecho de que si este material no viniera avalado por ser la vía escapatoria de Jack White tendría tanta repercusión mediática y recogería críticas tan entusiastas. Al fin y al cabo el rock duro, ese que igual se basa en el blues o en el folk para redimensionar inflamando su sonido, no está de moda.

Claro que luego ves la acogida que tienen en los medios grupos como The Willowz o los más progresivos Black Mountain y te entran las dudas, al igual que cuando ves que el garage-rock de Black Lips o The Mooney Suzuky tiene todavía vigencia. Pero elucubraciones al margen, el segundo álbum de este cuarteto de veteranos músicos presenta con demasiada facilidad una de cal y otra de arena (eso sí, consiguiendo ir más allá de su álbum de debut) en una excesivamente larga colección de canciones que en ocasiones parecen extraídas directamente del cancionero de unos The White Stripes a los que han substituido al batería por un aporreador de altos vuelos. Vaya que si lo que busca Jack White es finiquitar de un plumazo a The White Stripes para dar forma a algo más duro, elaborado, ornamentado y épico, está cada día más cerca de lograrlo. Tan sólo debería pulir algún patinazo y reducir el número de canciones presentadas buscando darle más cohesión al conjunto. Puede que quizás entonces nos olvidemos de su “otra banda” y abracemos a esta como el eslabón perdido entre el indie alternativo y el rock más aguerrido.

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