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Angel Olsen All Mirrors

Mirarse al espejo no tiene por qué ser necesariamente un acto de vanidad. Ni de autoflagelación. Angel Olsen se ha enfrentado a su reflejo para entenderse mejor. Ha hurgado bien hondo y ha aprendido a perdonarse, así como a aceptar su lado más oscuro. El resultado de tan íntimo ejercicio de introspección (con un desamor de trasfondo) es una colección de once canciones en la cual la cantautora de Missouri ha dejado atrás su sonido característicamente lo-fi y se ha dejado abrazar por el dramatismo de una gran orquesta, unida a los sintetizadores que ya asomaron en “Intern”, primer corte del fantástico “My Woman” (16).

Después de ese tímido movimiento que abría un disco donde primaba la sencillez, en “All Mirrors”, Olsen se ha arriesgado y ha buscado los papeles y los lazos más chillones (sin caer en lo hortera, claro) para envolver algunas de sus letras más personales. Eligió bien los dos adelantos, “All Mirrors” y “Lark”, dos aperitivos que daban cuenta de que venía con todo y con todos los instrumentos posibles. Cuerdas y sintetizadores la envuelven y crean unas atmósferas embriagadoras, a veces fantasmagóricas e incluso incómodas, no aptas para una sola escucha. La reproducción repetida del disco arrastra al oyente a un océano de cuerdas de la cual emana la voz de Olsen como un irresistible canto de sirena, de graves a agudos, a veces con efectos, pero con su capacidad para emocionar siempre intacta.

Jugando con su registro vocal, la norteamericana reconoce todo aquello que tanto nos puede costar afrontar, como son los errores propios y ajenos –en “What It Is” canta “saber que quieres a alguien no significa que estés enamorado”–, que realmente no nos conocen –”Tonight” y “Summer”– ni nos conocemos tan bien –“supongo que estamos a la merced de cómo nos sentimos” dice en “Spring”– y, en definitiva, que el amor no suele ser como nos lo quieren vender y el amor propio es esencial. Y aunque el álbum arranque con una recargada combinación de nostalgia y enfado (“Lark”), como si de un duelo se tratase, llega a un final de toques sesenteros y escucha más amable (“Chance”) en el que aún se lamenta y ve imposible un amor para siempre, pero deja una rendija abierta a la oportunidad. Todo un viaje por las emociones experimentadas por Angel Olsen, quien, tras mirarse en todos los espejos, ha descubierto y (afortunadamente) compartido con el mundo esta nueva e interesante faceta.

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