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La escucha de un disco de Andrés Calamaro es un ejercicio de lo más inquietante, cultivado por el mismo artista argentino. En las últimas dos décadas, tras la disolución de Los Rodríguez, nos ha regalado obras maestras que marcaron un hito en la música popular de nuestro país, como los icónicos “Alta suciedad” (97) u “Honestidad brutal” (99); ha explotado a las mil maravillas su faceta más crooner dentro de la canción tradicional latinoamericana y ha patinado en varios trabajos propios durante nuevo milenio, donde no ha terminado de acertar con la fórmula en títulos como “On The Rock (11) o su último trabajo hasta la fecha, “Volumen 11” (16).
Ante este panorama y con la dificultad de alcanzar el nivel de genialidad de las referencias citadas, uno comienza a escuchar con las orejas bien abiertas, esperando esos ramalazos de genialidad que colocaron a Calamaro en el olimpo de los cantautores rock de finales de siglo, y sin duda, “Cargar la suerte” (18) te deja, por momentos, un gran sabor en el paladar, el aroma del producto macizo y equilibrado del que retuvo y aún tiene tanto que ofrecer.

Con más empaque sonoro que su predecesor de referencia, “Bohemio” (13), en su nuevo trabajo, Calamaro ha optimizado en gran medida su nivel lírico y compositivo, ofreciendo una pieza mucho más fluida y lúcida a nivel narrativo, en la que bebe de sus orígenes estilísticos más cercanos al rock and roll, aunque barnizados con la madurez y el cuidado más absoluto, acercándose por momentos al nivel sonoro y de producción de “Alta suciedad”.

Grabado en los estudios Sphere de Los Ángeles (California), “Cargar la suerte” arranca con “Verdades afiladas”, single de presentación y aperitivo de pop-rock atractivo que te invita a descubrir los siguientes cortes, siendo, de hecho, una de las canciones más flojas del disco. Los arreglos jazzísticos preciosistas de “Tránsito lento”, con una maravillosa melodía y acertadísima interpretación vocal, nos conducen a los “Cuarteles de invierno”, donde Calamaro se apura a esconderse y ejecutar sus planes musicales, rock de calidad y arreglos de guitarra acertadísimos acompañados de una sección de cuerda exquisita. Cerrando el primer cuarto de álbum, nos encontramos con “Diego Armando canciones”, melodía pop y steel guitar para fotografiarse como creador de canciones, apoyado en los complementos alimenticios que tan bien le funcionaron en el pasado a la hora de componer. Medio tempo virtuoso y seductor estribillo.

Virtuosismo lírico el de “Las rimas”, donde escupe versos desenfrenados en clave de rap, recordándonos temas como “Vigilante medio argentino” o “Out Put/In Put”, de su etapa camboyana. La parte central del disco se completa con “Siete vidas”, rock con reminiscencias sabineras, “Mi ranchera”, recordando el Calamaro más íntimo y desnudo, en una de las canciones más desgarradoras de este trabajo y “Falso LV”, quizás el mejor corte del álbum, con un sonido más cercano al rock-blues, donde el artista argentino tira de sarcasmo y crítica social, con un gran texto en el que dice mucho con no tanto…

“My Mafia”, homenaje a su círculo más cercano, preciosa melodía acompañada con su quebrada voz, nos transporta por momentos a “Las otras caras de Alta suciedad”. El rock “progresivo” de “Adán despierta” genera cierta inestabilidad en el discurso sonoro del álbum, evocando a cortes más redondos de este estilo como “Días distintos” o “Los 4 jinetes”. La reinterpretación de su cancionero continúa con “Egoístas”, más cercano al pop rodriguesco de los noventa, pero algo deshinchado a nivel compositivo, para cerrar definitivamente con el Calamaro más conmovedor y nostálgico de “Voy a volver”, que en clave creativa nos lleva a rememorar aquellos tiempos en los que marcó una era del rock en castellano. Acertada guinda para el pastel.

A pesar de escasear en cuanto a grandes singles o pelotazos, la exquisita producción e interpretación de este trabajo, la paciencia y dedicación en cada uno de los textos, la importancia de las guitarras y la siempre insondable emoción que conserva Andrés en sus canciones convierten su nuevo trabajo en un golpe encima de la mesa. “Cargar la suerte” es el mejor trabajo de Calamaro desde el aclamado “La lengua popular” (07), pero lejos de este y de cualquiera de sus ocho miles.

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