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Se respira, se siente, se piensa colectivamente: los álbumes que publican en paralelo (casi como divertimento o hobby para dejar de verse las caras y odiarse menos) los miembros de bandas que llevan años en activo, pero se resisten a que parte de su repertorio quede relegado al ostracismo de los descartes, en discos duros más difíciles de romper que los de la sede del PP en Madrid, suelen ser considerados como obras menores.

Sin embargo, a veces, quizá por ponerle algo de sal a una batalla de sables que en el seno del local de ensayo del grupo-madre destinaría a una muerte súbita a ese grupo que sigue facturando millones al salir a la carretera, esos supuestos “álbumes de segunda” opositan, juegan la liguilla para colarse en la Champions, e incluso merendarse a los discos de la banda donde ha partido todo. The Strokes, o más bien Julian Casablancas y Albert Hammond Jr., parecen estar jugando a ese juego.

No serán los primeros ni los últimos (¿recordáis a finales de los años ’80 y los ’90 aquella seguidilla de discazos con los que se ametrallaban Mick Jagger y Keith Richards en lo que parecía una irreconciliable separación de los Rolling Stones); pero es la primera vez que da la sensación de que tanto el vocalista como el guitarrista del combo neoyorquino estén midiendo no solo sus obras en solitario en un pulso musical (el mediático lo tiene ganado Casablancas), sino también cuál de los dos es el valedor de las marcas más identificables y valiosas de The Strokes: si la voz desgarbada e incorrecta; o si el sonido de guitarra, sostenido por esos riffs circulares marca de la casa.

No es la primera vez que Albert Hammond Jr. publica un gran álbum en solitario; pero “Francis Trouble” (Red Bull Records, 2018) no solo está obteniendo las mejores cifras en alcance (¿el cliente siempre tiene la razón?), sino que da la sensación de que se trata del álbum que deberían haber sacado The Strokes hace años, en vez de seguir obcecados en replicar la fórmula perpetua.

No sabemos cómo será el álbum de The Voidz (el proyecto de Julian Casablancas, que ve la luz este marzo, también); pero, ¿por qué los Strokes nunca han firmado una canción con tanto del croonerismo de Ariel Pink como de la sensualidad de Gainsbourg como “Stop and Go”? ¿Por qué Hammond ha decidido colocar un evidente single de corte stroke como “Far Away Truths” en su álbum en solitario y no en su banda-madre? ¿Por qué un hit como “Muted Beatings”, con tanto de místico como de automático, entre los primeros The Kooks y los penúltimos Strokes, no tiene lugar con Casablancas? ¿Cómo consigue “Set to Attack” recuperar a los Strokes de “Room On Fire” con un coro que se adhiere al paladar nada más escucharlo? ¿Cómo “Rocky’s Late Night” mejora incluso a los Strokes del “Angles”? ¿Cómo licencias de rock and roll americano como “DvsL” o “ScreaMER” no solo no chirrían, sino que abre la mano hacia registros más rockeros, hacia la evolución que ni The Raconteurs ni BRMC ni Black Keys han querido tirar?

Permitidme una sugerencia: quizá The Strokes están mejor muertos que vivos.

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