Ocurre casi siempre con los fenómenos de moda, ya sean fruto de una sobreexposición mediática, de un trabajado boca oreja o de un contagioso histerismo colectivo: el hype eclipsa todo lo demás. Lo esencial aquí pasa por evitar que el ruido empañe la calidad de una propuesta, y la de Zeal & Ardor, sin duda, posee un gran potencial. Demasiado extraña para los puristas del metal; demasiado cruda para los indies; algo difícil de procesar y de comprender en su totalidad por parte de advenedizos y oportunistas. Numerosos factores y puntos de vista opuestos. Buena señal.

La banda de Manuel Gagneux salió a escena con una seguridad y un sonido aplastantes. Los coros a ralentí de “In Ashes” marcaron el tenebroso despertar de la Bestia, con una explosión de sonido que nos puso en alerta: el grupo no solo ha mejorado en disco, con un “Stranger Fruit” que consolida la fusión de dos mundos aparentemente tan antagónicos como el soul y la música espiritual negra, por un lado, y el black metal por el otro; su versión en directo también ha crecido a pasos agigantados y a su estimulante mezcla de sonidos suman, hoy en día, un show arrollador. Lo afianzaron con “Servants”, otro medio tiempo de contrastes, y con una “Come on Down” que evidenció el gran trabajo que la banda dedica a los juegos de voces y el gran papel de los dos coristas que secundan a Gagneux. La paleta cromática continuó expandiéndose, con multitud de texturas y melodías en colisión fluyendo con feliz naturalidad. A algunos, el resultado les voló la cabeza; otros descubrimos, sorprendidos, que el  movimiento de pies, las palmas y el headbanging son compatibles. La contundencia siguió creciendo con “Blood in the River” y sus voces desgarradas, sus dobles bombos y el sonido de cadenas golpeando el suelo como evocador arreglo rítmico; en “Row Row” y su imparable groove se acercaron a unos Black Keys poseídos por Lucifer; en “Fire of Motion” acallaron a todos aquellos que afirman que lo suyo no tiene nada que ver con Mayhem; y siguieron alternando tonos y registros con firmeza: en la onírica “Stranger Fruit” nos transportaron a otro plano existencial y en “Built on Ashes” nos erizaron el vello con su mezcla de lamento y esperanza.

A pesar de algunos problemas de voz en las partes más desgarradas, Gagneux capitalizó la atención, seguro de la solidez creciente de su apuesta, y exigió la locura colectiva en el que fue su último show del año antes de atacar los bises: la pegadiza “Don’t You Dare” y una coreada “Devil is Fine” convertida en clásico blasfemo ideal para estas fechas.

Los catalanes Foscor abrieron la velada con su atípico metal de difícil clasificación. Lástima que un sonido desigual no hiciera justicia a los temas de su última etapa, marcados por ambientaciones envolventes y un agudo sentido melódico. En cualquier caso, su propuesta, colindante con la vanguardia sonora del género, completó un doble cartel de lo más coherente. Ojalá el nuevo año nos permita disfrutar de muchos más conciertos así.