Con Turbonegro tenía una espina clavada. Les vi en aquella primera ocasión que nos visitaron previa disolución, y el chasco fue enorme. Más tarde su celebrado retorno nos pilló a unos cuantos coreando los temas de Bruce Springsteen en el Estadi Olimpic, y cuando tocaron en el Azkena, el cuerpo ya no estaba para muchos trotes. Así que esta vez estábamos en forma y con los cinco sentidos puestos, prestos y dispuestos para saber si tenían razón los que tildan a su regreso a los escenarios de histórico. Con Turbonegro (a partir de su separación) se creó una especie de culto que nunca he logrado entender a pesar de sus buenos discos. Quizá la imagen tan llamativa o su militancia gay fueron factores que ayudaron. Con una sala no a reventar, pero si con el aforo de las grandes ocasiones, Turbonegro salieron a escena sabiéndose la lección. A los quince segundos de empezar te das cuenta de que esa banda no es la misma que vimos hace ya seis años en Mephisto. Seguros de si mismos, rotundos en su sonoridad y sabiendo sacar el máximo jugo a sus aclamados hits, canciones como “Get It On” o “Age Of Pomporius”. Quizá esperaba un poco más de provocación, una dosis mayor de picante y una agresividad sónica mucho más impactante, y aún no llegando al nivel que ostentan Hellacopters en la actualidad o los Backyard Babies del “Total 13”, debo reconocer que Turbonegro es un muy buen grupo que logra dejar unas buenas sensaciones (aunque su progresión, depende de que su siguiente disco sea superior a ese irregular “Party Animals”). En directo, de momento, dan la talla. Aunque eso si, de histórico –término que se emplea con demasiada soltura-, nada de nada.