De la misma forma que todos somos seleccionadores nacionales o analistas políticos en nuestro tiempo libre, todos somos cada vez más programadores de festivales (o al menos todos los fans de la música lo somos). Pero en un año inmensamente difícil para el booking (falta de grandes giras europeas y grupos “alternativos masivos” o regresos dorados), Tomavistas ha conseguido cerrar uno de los cartel más consistentes de la península en está temporada, sin renunciar a su filosofía ni a su particular idiosincracia musical. Sin duda este ha sido el line up más ambicioso de su existencia, repleto de nombres que bien podrían estar en la primera (o segunda) linea de festivales cuatro veces más grandes. Un potente apuesta por grupos internacionales que, sin llegar a tener una audiencia multitudinaria, se cuentan entre esos nombres que cualquier aficionado a la música independiente desea ver (Beach House, Spiritualized, Cigarrettes After Sex, Deerhunter), reforzado por apuestas nacionales que, sin estar aún en lo más alto, deberían estarlo más pronto que tarde (Carolina Durante, Hinds, Cala Vento, Cariño). Un cartel que, no en vano, dista mucho de ser complaciente y tiene su dosis de riesgo. Los organizadores han apostado y la apuesta les ha salido muy bien. Tanto es así que se trata del primer Tomavistas en haber colgado el cartel de “todo vendido”, lo que se traduce en 8.000 entradas diarias. 

Viernes 24 de mayo

La jornada inaugural se abría con Camellos en el escenario Dr Martens. Aún con un público reducido (no en vano eran las 17:30 de un viernes) los madrileños ofrecieron un popurrí de micro-hits muy celebrados entre sus acérrimos seguidores. A medio camino entre la inteligenssia indie, el punk oi! y el rock urbano con aroma canallita, el cuarteto interpretó con su habitual parsimonia las canciones de su debut de culto Embajadores (Limbo Starr, 2017): Gilipollas, Becaria… tan llenas de sarcasmo como mala leche. Pero quizás la más redonda de todas sea Café para muy cafeteros de su último EP Arroz con cosas, lo que hace pensar que el cuarteto tiene cuerda para rato. A continuación, Niña Coyote Eta Chico Tornado sacaban toda su artillería pesada a escena. El dúo compuesto por Úrsula Strong y Koldo Soret es capaz de hacer tanto ruido como un ejercito de siete países. La referencia es facilona pero no es baladí. Los donostiarras suenan como si The White Stripes improvisaran una jam con Josh Homme en las cuevas de Zugarramurdi. Con su tercer LP, el reciente Aitzstar(Autoeditdo, 2019), han renunciado definitivamente al inglés para abrazar de lleno su lengua materna. El euskera no supone barrera idiomática alguna, ni en Madrid ni probablemente en Detroit. Su idioma es el stoner rock crudo y directo y eso se entiende con claridad en cualquier punto del globo. 

Tras estos dos pistoletazos de salida, la acción se trasladaba al escenario principal (Wondo) con Ángel Stanich. El trovador santanderino juega en una liga con sus propias reglas. Profundamente inspirado en el Dylan más lisérgico (el de Blonde On Blonde, el que molaba), le acompaña en directo una de las formaciones más sólidas del indie-rock nacional. Alex Izquierdo (bajo), Jave Ryjlen (teclados), Lete G. Moreno (batería) y Víctor L. Pescador (guitarra) funcionan juntos con la precisión de un reloj suizo, dejando espacio al cantante y compositor para entregarse a todo tipo de devaneos escénicos. Así, Stanich aprovechó la ocasión para lanzar algún que otro guiño per-electoral no exento de guasa (Salvar a las ballenas estuvo dedicada al “Lenin tumbao, fundador de Ahora Madrid”) o incluso “homenajear” a Pitita Ridruejo en su alegato final. Inmediatamente después la música se encendía en el diminuto escenario Jägermeister con Los Estanques. La banda liderada por el teclista /guitarrista Iñigo Bregel se mueve con destreza entre el rock psicodélico, el soul y el jazz con tintes eminentemente sesenteros. Pese a encontrarse con algunos acoples de sonido y tener al público a contra luz, contagiaron al respetable con su energía y canciones tan coreables como Clamando al error, de su reciente LP homónimo Los Estanques(The John Colby Sect, 2019). Al mismo tiempo Las Odio desgranaban también su último trabajo Autoficción(Desvelo, 2019), bastante más punk en directo de lo que pudiera parecer. Aunque el apelativo de riot grrrls puede resultar excesivo; lo suyo es más bien punk cien por cien madrileño, el que bebe de los fastos de la movida. Incluso su ya clásico Indiespañol (con su ritmo de charanga cañi) entronca directamente con Gabinete Caligari.   

La fiesta volvía al escenario principal con Triángulo de Amor Bizarro, un grupo ya casi fijo en Tomavistas (¡es la tercera vez que actúan en el festival en cinco ediciones!). En esta ocasión además, los gallegos no venían a presentar un nuevo trabajo, por lo que su show no distó mucho del que pudimos ver en este mismo escenario en el año 2016, salvo un par de adelantos del que será su próximo LP (aún sin fecha de publicación oficial) o la reciente Les llevaré mi cruz, de su EP del año pasado El Gatopardo (Mushroom Pillow, 2018). Aunque quizás se notó un poco el impasse actual de la banda (Gallo Negro se levanta, ejem), sus conciertos siempre se resuelven con solvencia. Como la propia Isa (voz, bajo) reconocía con sorna: “Hace tiempo que no salimos de la cueva”. Por su parte, Cala Vento sí que presentaban su último trabajo Balanceo (Montgri, 2019), que les ha llevado recientemente a la portada de esta revista. Poco importa que esta nueva colección de canciones tenga apenas unos meses de vida: el público las cantaba con la misma fuerza que las incluidas en sus dos primeros LPs. Aleix Turon y Joan Delgado tienen la maravillosa capacidad de hacer fácil lo difícil. Con sólo una guitarra y una batería respectivamente, el power duo de L’Empordá crea una atmósfera envolvente en la que las letras se erigen como auténticas protagonistas. Unas letras aparentemente simples, sin metáforas ni exageraciones, con las que consiguen conectar con todo tipo de gente (Gente como tú o como yo).

En estas estábamos cuando llegó el turno de Cigarettes After Sex. Punto y aparte. Una puesta en escena minimalista y oscura nos hacía presagiar ya la magnitud emocional que se nos venía encima. Greg González es un músico capaz de tocar la fibra sensible del espectador más imperturbable. Su delicada y particular voz acaricia nuestra piel como un cuchillo y sus inquietantes letras sobre lo físico y lo espiritual surcan nuestras heridas como una pluma. Desde Affection hasta Apocalypse pasando por Crush, K o Nothing’s Gonna Hurt You Baby… la banda ofreció un  repertorio a la altura de muy pocos.  Tras semejante intensidad sensorial, lo de Wooden Shjips resultó casi un calmante. La banda de Ripley Johnson recoge lo mejor de la música psicodélica de todos los tiempos (de Jimi Hendrix a Amon Düül II) para devolvérnoslo en forma de magma sonoro ascendente sine qua non.

De vuelta al escenario principal, y aún recuperándonos de lo vivido, Beach House hacían su aparición en escena con los primeros acordes de Levitation. Victoria Legrand y Alex Scally son como unos extraterrestres llegados a nuestro planeta con la única intención de entregarnos una música mágica. Sus canciones parecen, cada vez más, exploraciones sonoras sobre estados mentales de somnolencia, letargo, deslumbramiento y alucinación. Una sensación que se acrecienta en directo con sus juegos de luces (primero blancas y negras, después pasando por una gama de monocromos que van del púrpura al escarlata intenso) y su frialdad normativa sobre las tablas. Un gusto por el anonimato (apenas vemos sus caras en ningún momento) y el desafecto shoegazer que se vio roto de forma preciosa por extraordinaria comunión con el público del auditorio. Lazuli, Walk In The Park o Space Song sonaron a auténtica gloria en el Tierno Galván. Y Victoria se emocionó. Tanto que aseguró que este era uno de los conciertos más bonitos de su carrera y que se quedarían a tocar mil canciones más. Obviamente no lo hicieron, pero el tramo final del concierto con Wishes, Master Of None, Lemon Glow, Myth y Dive, una detrás de otra, bien valió el peso de 10.000 más.

  Así de alto estaba el listón, pero esta primera noche aún nos dejaría para el recuerdo el estupendísimo concierto de Toro y Moi. El proyecto de Chaz Bear, que en algún momento se llegó a incluir en la etiqueta chillwave, ha evolucionado hasta conseguir un sabrosísimo coctel de indie, g-funk, música urbana y disco exuberante. Con temas como Ordinary Pleasure o Freelance, su último trabajo Outer Peace (Carpark Records, 2019) puede acabar muy alto en las listas de fin de año y en directo fueron un autentica fiesta. Sobretodo por el carisma y las habilidades como frontman del propio Bear. Por su parte, Digitalism hicieron justo lo que se esperaba de ellos: cerrar el escenario principal por todo lo alto con su electro-house rompepistas.

Sábado 25 de mayo

En consonancia con el espíritu familiar de Tomavistas la jornada del sábado se inauguró a horas casi matutinas (¡las 13:30!) con Cariño. El trio formado por Paola Rivero, Alicia Ros y Maria Talaverano se ha convertido en la última revelación del indie pop nacional, con presencia fija en casi todos los festivales de la temporada (de Primavera Sound a Mad Cool, pasando por el FIB). Un hito casi inédito para una banda que aún no ha publicado su primer largo. Pero es que con temas como Canción pop de amor, Bisexual, Mierda seca o la última incorporación a la colección, La bajona, su lugar está más que justificado, no sólo en los escenarios sino en los corazones de los amantes del pop en castellano; muchos de los cuales se acercaron a su concierto pese a lo maratoniano de la jornada. Así, para la actuación de Soleá Morente (acompañada de la banda de granadina Napoleón Solo) el recinto estaba ya rebosante de público. La hija ‘indie’ del gran Enrique ha dado una vuelta de tuerca a su propuesta con el discutido Ole Lorelei (Sony, 2018), donde se acerca al injustamente denostado “sonido caño roto” y a las nunca suficientemente reivindicadas Las Grecas.

Otro que continua su propia senda es Enric Montefusco. Presentando su segundo trabajo en solitario Diagonal(Primavera Labels/Universal, 2019) el barcelonés volvió a ofrecer un recital de música popular sin artificios; con su ya tradicional versión desenchufada paseándose entre el respetable para cantarle a su misma altura. Cercanía y filosofía colaborativa de un músico cada vez más inclasificable. Pese a la abrumadora mayoría de indie y rock, también hubo espacio para propuestas eminentemente electrónicas como la de r.e.a.l., una suerte de synhtpop sugerente y elegante perpetuado por dos gallegas a las que habrá que seguir la pista. 

El escenario principal se estrenaba el sábado con Stonefield. Un grupo de cuatro hermanas australianas cuyo último trabajo ha sido producido por Stephen McBean de Black Mountain y publicado en el sello de King Gizzard & The Lizard Wizard. También del otro lado del hemisferio (en este caso de Nueva Zelanda) llegaban al Tierno Galván el cuarteto The Beths. Jangle pop en estela de sus compatriotas The Chills, The Bats, The Verlaines o cualquier otra luminaria del llamado Dunedin Sound. Una solida (y madura) formación liderada por la vocalista y compositora Elizabeth Stokes que sirvió sobretodo para reforzar la apuesta internacional del festival. 

Uno de los momentos más esperados llegaría de la mano de Morgan, en el que ha sido, probablemente, uno de los momentos álgidos de su carrera hasta la fecha. La banda formada por Carolina de Juan (piano, voz), Paco López (guitarra, Ekain Elorza (batería), Alejandro Ovejero (bajo) y David Schulthess (teclado) se está haciendo cada vez más grande gracias a dos factores fundamentales: sus capacidades como músicos y sus cualidades humanas. Ambas perfectamente visibles en el escenario. La banda trasmite, a través de sus canciones y de su actitud, una sensación de humildad, tesón y voluntad de trabajo encomiable. Sin necesidad de grandes aspavientos, sólo a través de la honestidad de sus canciones, consiguieron meterse en el bolsillo a convencidos y escépticos por igual. Como auténticos artesanos musicales, la banda construye su sonido sobre el rock de raíz americana y el soul clásico. Todo ello coronado por una impresionante voz (la de Carolina), que suena igual de bien en castellano que en inglés.

Siguiendo con esa clase (y si nos ponemos con ese estilo), Cass McCombs ofreció un recital de indie-rock, lo-fi y alt-country para sibaritas. Abriendo con la estupenda Sleeping Volcanoes de su reciente Tip of the Sphere(Anti, 2019) y repasando canciones de su ya extensa discografía como Bum, Bum Bum.  Llegó, vio y venció. También vencieron (y de que manera) Yawners. Este joven dúo de rock alternativo formado por Elena Nieto (voz, guitarra) y Martín Muñoz (batería), lleva años dando guerra por el underground madrileño, pero su segundo LP Just Calm Down(La Castanya, 2019) puede (y debería) suponer un antes y después. No hace falta más que ver como el público se agolpaba en el pequeño escenario Jäger para disfrutar en primera fila de canciones como The Friend Song, Please, Please, Please o la extrañamente divertida La escalera.   

Un aperitivo perfecto para uno de los platos fuertes de la noche: Carolina Durante. La banda madrileña se estrenaba casi como cabeza de cartel nacional en un festival. ¿Son la gran esperanza del indie nacional? Por lo pronto sus coordenadas nada tienen que ver con las de Vetusta Morla o Love Of Lesbian, pero parece que están en condiciones de alcanzar un estatus de gigantes en tiempo récord. ¿Un gol por la escuadra a una industria que estaba ya entrando en el anquilosamiento? Podría ser a tenor de las canciones de su flamante debut en largo, el homónimo Carolina Durante (Sonido Muchacho, 2019). Pegadizas, sí. Pero no tanto como su gran éxito viral Cayetano o la prestada a Marcelo Criminal Perdona (Ahora sí que sí). Carolina Durante son básicamente una banda de punk rock. Tienen mucho de Los Nikis, si. Pero también de Parálisis Permanente o Décima Víctima. La crudeza de Las canciones de Juanita, Joder, no sé o El perro de tu señorío así lo atestiguan. Pero su gran baza sea probablemente la frescura y el descaro con que las ejecutan, que les permiten conectar con la misma facilidad con nostálgicos de los ochenta como con millennials faltos de referentes. 

Pero si existe dentro nuestras fronteras (y fuera de ellas) una banda cuyo desenfado y destreza sobre las tablas supera a la media esa es Hinds. En su quinto aniversario como grupo, el cuarteto madrileño se ha convertido por méritos propios en una de las formaciones más solventes del planeta. Con miles de kilómetros de carretera a sus espaldas y giras interminables por medio mundo, Carlotta Cosials (guitarra, voz), Ana Perrote (guitarra, voz), Ade Martin (bajo) y Amber Grimbergen (batería) ya no necesitan demostrar nada. Y aún así lo siguen haciendo. Cada concierto de Hinds es una nueva oportunidad para cerciorarse de que su éxito no es ni pasajero ni arbitrario. Frente a un público un tanto pureta con tendencia a la crítica fácil ofrecieron una master class de garage y surf rock con un trabajo rítmico finísimo. Dejando fuera los medios tiempos (Carlotta ya avisaba de que sería un setlist “marchoso”) y sin mucho paréntesis entre canciones, repasaron algunas de las piezas más sabrosas de su repertorio (Garden, New For You) para regocijo de fans y recién convertidos. Sólo una pega. Bueno dos. Se hizo corto y deberían haber tocado en el escenario grande. 

Y llegó el turno de Spiritualized. La banda de Jason Pierce ofreció un show de una densidad arrolladora, sin apenas concesiones para el oyente menos familiarizado con su trayectoria. Rodeado de una cegadora luz dorada y flanqueado por una banda cuasi sinfónica y tres imponentes cantantes de gospel, el ritual de Pierce comenzaba con la abrasiva Come Together; uno de los pocas sorpresas que nos regalaría el grupo, con un guión atado y bien atado de antemano. Lo crean o no Spiritualized tocaron, en riguroso orden, las nueve canciones que conforman su último trabajo And Nothing Hurt(Bella Union, 2018). Suerte que es un disco excelente con temas tan redondos y emocionantes como I’m Your Man o The Morning After. Pero se echo en falta algo más de espontaneidad y, sobretodo, canciones tan necesarias para nuestra vida como Shine A Light o, muy especialmente, la seminal Ladies And Gentlemen We Are Floating Into Space que, iluso de mí, pensé que reservaban para el final del bolo.        

Tras este jarro de agua fría, corrimos a refugiarnos en las garras de Mucho, el proyecto musical (¿personal?) de ese geniecillo multiinstrumentista que responde al nombre Martí Perarnau IV. Como Pierce, centró gran parte de su repertorio en su trabajo más reciente: ¿Hay alguien en casa?(Autoeditado, 2019). Con una prominencia cada vez mayor de sintetizadores y teclados (el rock de sus orígenes queda ya lejos) ofreció un show divertido en el que intercaló nuevos temas como El enemigo ahora vive en todos nosotros o Ahí te quedas, Perarnau (no obstante, Ricky Falkner sigue fiel a su lado) con algunas perlas del pasado reciente como Pidiendo en las puertas del infierno y muchos samplers (de Daft Punk al Amante bandido de Miguel Bosé)

Otro de los nombres propios de la noche (y del festival en su conjunto) fue el de Deerhunter y más específicamente el de su carismático y extravagante líder Bradford Cox. La banda de Atlanta es tan decididamente inclasificable que aún tras verles en directo es difícil discernir si lo suyo es post-punk, pop psicodélico o rock experimental. Probablemente todo ello junto y alguna cosa más. Abriendo el set con la rarísima Cryptograms hicieron un repaso exhaustivo a su barroco nuevo álbum Why Hasn’t Everything Already Disappeared?(4AD Ltd, 2019) sin descuidar a sus seguidores más longevos con temas como Helicopter, Revival, Desire Lines o Agoraphobia, que deberían ser ya considerados como clásicos modernos. 

Ya bien entrada la madrugada Joe Crepúsculo (o lo que es lo mismo Joël Iriarte) puso al público a sus pies con su guateque cósmico. Es increíble la cantidad de hits que tiene en su haber: Rosas en el mar, Pisciburger, Música para adultos, Quizá o, por supuesto, Mi fábrica de baile sonaron a gloria bendita. Puro hedonismo discotequero con unas letras tan ingeniosas como adictivas. No falto a la farra su ya inseparable Tomasito, cuyas palmas y coros sirvieron de comparsa inigualable. Pero el gran fin de fiesta llegaría con los británicos Friendly Fires, encargados de cerrar el festival con temas del calibre de Paris. Una forma redonda de clausurar un quinto aniversario prácticamente perfecto.