Se ha puesto difícil lo de contentar a todo el mundo. El Sonorama Ribera, uno de los festivales que más ha hecho por promocionar la música nacional, se ha erigido en una experiencia mastodóntica cuyas mayores virtudes, en exceso, pueden acabar siendo sus mayores pecados. Aranda de Duero, una población con poco más de 32.000 habitantes, soporta el peso de decenas de miles de personas durante prácticamente una semana plagada de música, experiencias gastronómicas y vinícolas, y sobre todo, desenfreno.

Un contexto que parte en dos mitades claramente diferenciadas a la masa festivalera: los melómanos y los del botellón. De la existencia de los primeros tiene gran culpa la organización y las gentes del pueblo, con una apuesta constante por dar voz a las bandas emergentes pero también cabida a lo mejor del panorama musical de las últimas décadas, unido todo ello a unos brazos siempre abiertos en cada establecimiento y local de la ciudad. En este sentido, cabe recordar que Aranda ha servido de trampolín para bandas que hoy llenan salas y estadios, pero también para homenajear a las grandes voces de la música española, que con mayor o menor acento independiente, son parte de nuestra cultura popular. La falta de complejos para diseñar carteles imposibles es una de las señas de identidad del festival, y así lleva años demostrándolo. Pero ese espíritu desacomplejado también sirve para señalar a quienes buscan convertir las calles de Aranda en la piscina de un festival playero. A lo largo de nuestra vida lo normal es que hayamos jugado con pistolas de agua; que también hayamos hecho botellón; que hayamos vivido la experiencia tan emocionante y tortuosa a partes iguales de ir de acampada; que nos hayamos pasado con las copas; y que muchos (me incluyo) nos hayamos puesto más pesados de la cuenta con un grupo de chicas/chicos a los que nos les interesa lo más mínimo entablar conversación. Pero el Sonorama, especialmente a través de sus redes, no se puede convertir en un centro educativo en el que se tenga que enseñar cómo se deja una zona de acampada tras haberla utilizado; cómo se puede estropear un equipo de sonido si lo mojas; o cómo, si intentas tirar agua o un vaso de lo que sea a alguien, deberías procurar que sea a un buen amigo, que parezca que le apetece y que no empapes por el camino a veinte personas más. Son cuestiones sencillas y aplicables que debemos respetar si lo que queremos finalmente es no cargarnos el festival.

Embusteros

Dicho esto, estoy seguro que todos estábamos aquí por la música de un cartel que, aunque menos sorprendente que en ediciones anteriores, también nos ha regalado conquistas y guilty pleasures como los de Nacho Cano, Tequila, La Orquesta Mondragón o Taburete. Estos últimos protagonistas claros de la primera jornada, con un concierto multitudinario en el que temas como “Madame Ayahuasca”, “México D.F.” o “Sirenas” sonaron a éxitos de la música independiente de siempre. Más allá de públicos y polémicas familiares, quizás habría que empezar a reconocerles parte del camino que han recorrido hasta estar en un cartel como el de Sonorama. Antes que ellos, los míticos Tequila habían puesto a bailar a sus acólitos en lo que será su despedida como banda por medio de temas como “¡Salta!” o “Dime que me quieres”, que quedarán para siempre en la memoria colectiva y en la banda sonora de todas las bodas de la geografía hispanohablante. Entrada ya la medianoche, sería el turno de Alberto y su banda Miss Caffeina que se sirvieron de “Ácido”, la televisiva “Merlí”, una versión de “Freed from desire” o la festivalera “Mira cómo vuelo” para alzarse en co-campeones de la noche junto a los de Willy. Especial mención a unos Grises que vivían la despedida de algunos de sus miembros y que son un seguro de vida en cualquier franja horaria. “Animal”, “Wendy” o “Avestruz” se entremezclaron con temas de su último trabajo para desatar una fiesta en la que incluso una accidentada Amancay hizo bailar a su muleta de apoyo. Así mismo, prácticamente la misma masa enfervorecida tuvo que tomar partido en el duelo horario de Varry Brava y Chimo Bayo, cada uno a su estilo, pero cumpliendo con su extasiado guion. Ambas actuaciones funcionando como un tiro en un horario en que piernas y cerebro suelen tomar caminos separados.

Miss Caffeina

Como notas también relevantes de la primera jornada fuerte del festival, el desembarco de unos The Futureheads que ofrecieron un muy solvente directo en el escenario Negrita plagado de canciones directas y llenas de energía como “The beginning of the twist”, “Good night out” o el éxito que les coronó, “Hounds of love”. Y la sorpresa -más que merecida- protagonizada por Joe Crepúsculo en una Plaza del Trigo hasta la bandera y reventada de bajos, saltos y calor que Crepus hizo funcionar sola de principio a fin con “Pisciburguer”, “La canción del verano” y “Fábrica de baile”.

Ya en la segunda jornada, los directos de Berri Txarrak o Delaporte no tuvieron nada que envidiar a unos Love of Lesbian y The Vaccines que encabezaban el lineup del día. Los británicos, con una larga ristra de hits en su haber, se revelaron como sinónimo de baile por medio de “I can’t quit”, “Post break-up sex”, “Teenage icon” o una “All my Friends are falling in love” que llegó a superar en decibelios incluso a su nacionalizada “If you wanna”. Nada que no sepan hacer también unos Love of Lesbian que siguen haciendo valer su caché como banda de culto del indie español más reciente. Para la ocasión tiraron de un arranque nostálgico con “1999”, del rapero Arkano en “Universos infinitos”, de la siempre infalible “Algunas plantas” y del cierre mágico protagonizado por “Allí donde solíamos gritar”. A pesar de mostrarse un poco menos contundentes que en otras ocasiones volvieron a demostrar a su público por qué después de diez años siguen copando la primera línea de los festivales. Esa efectividad que se echó en falta en los catalanes sí que la pudimos encontrar en el escenario Negrita con unos Berri Txarrak que no han logrado despedirse aún de un respetable que siempre sale satisfecho de sus directos. “Spoiler” o “Katedral bat”, de su último trabajo, no desentonaron junto a “Denak ez du balio” o una “Oreka” ‘columpizada’ para la ocasión, en lo que quedará para los posteridad como uno de los mejores espectáculos rock del panorama nacional. Cuando lo dejen, habría que declarar tres días de luto.

Berri Txarrak

Sin dejarnos llevar por la tristeza, hubo tiempo para pasarse por el escenario Urban Stage, con la incomodidad que supone desplazarse fuera del recinto, para ver unos Delaporte disputándose con “Ni un beso” o “Un jardín” su asalto futuro a los principales escenarios del festival, que poco tardará en llegar. En ese mismo escenario, los Cupido nos hicieron recordar por qué son los autores de una de las melodías más pegadizas del año (“No sabes mentir”) y por qué con un remix se van a comer el final del verano (“Autoestima”). Así mismo, recogiendo el testigo de Joe Crepúsculo como sorpresa de la jornada, los madrileños Kitai, tal y como sucedía en el mismo lugar en 2016, abarrotaron la Plaza del Trigo para ofrecer un ‘remember’ de éxitos como “Take on me”, “Highway to hell” o “Livin’ on a prayer” con el apoyo inestimable de miembros de Miss Caffeina, Izal, Varry Brava o Vetusta Morla, entre otros.

Ya en el último día grande de festival, Crystal Fighters, la vuelta de Nacho Cano o Carolina Durante eran algunos de los directos más esperados en una jornada en la que Balthazar terminaría por caerse del cartel. Los londinenses Crystal Fighters ofrecieron un show intenso, bailable y coreado hasta la extenuación. La fórmula buenrollista sigue surtiendo efecto pero quizá haya dos cosas que puedan invitarles a reflexionar. La primera, hasta dónde quieren seguir explotando ese rollo surfer-vegano-tropical que no acaba de funcionar (ahí están los streamings) comparado con “Follow”, “I love London”, “Champion Sound” o “I do this everyday”, éxitos de su primer trabajo y que fueron los más aclamados. Y en cuanto a la segunda, solo que a lo mejor habría que replantearse el sonrojante parón para pedir al respetable que una sus manos para ese “feel the love” sin demasiado sentido. Por lo demás, directazo irrefutable. Otros que producen sonrojo pero no por sus acciones sino por su asquerosa juventud y desparpajo son Carolina Durante. Desde “Las canciones de Juanita” y “Cementerio”, pasando por “Joder, no sé”, “Perdona” o “Nuevas formas de hacer el ridículo”, los madrileños despliegan un sinfín de melodías coreables y pegajosas impropias de una banda novel. Quienes los sigan desde sus inicios habrán caído en la cuenta de que cada día suenan mejor que ayer.

Crystal Fighters

Pero sin duda, con el permiso de todos los artistas del festival, la actuación más esperada era la vuelta de un Nacho Cano (foto principal) haciendo las de Raphael en 2014 o el Dúo Dinámico en 2016. Cano, sabiéndose estrella del cartel, contó con un elenco de primer nivel para acompañar cada uno de los éxitos de la imborrable discografía de Mecano. Así fue como, anunciando a cada artista al inicio de la canción, fueron pasando por el escenario Alberto/Ángel de Miss Caffeina (“Héroes de la Antártida” y “7 de septiembre”), Rafa Sánchez de La Unión (“Sildavia” y “Lobo Hombre en París”), Maryan de Kuve (“Aire”), Javiera Mena (“No controles”), Gabriel de Shinova (“Barco a Venus”), Tomatito (“Por la cara”), Zahara (“Un año más”), Santi Balmes (“La fuerza del destino”), Javiera Mena y Shuarma (“Mujer contra mujer”), Paco Clavel y Rocío de Las Chillers (“Maquillaje”), Mikel Izal (“Hoy no me puedo levantar”), Rulo… Sin lugar a dudas, un espectáculo repleto de nostalgia, coros y confeti que en algunos momentos tuvo grandes lagunas de sonido y del que quizás mucho esperaban más, a pesar de los incesantes intentos y logros de Nacho Cano arengando al respetable.

Una noche de sábado que tuvo también su brillo en actuaciones como las de Zahara, con ese final extendido de “La bestia cena en casa” en los que la cantante echó el resto; con Fangoria y sus éxitos infalibles de siempre; Rulo y la nostalgia generada por temas como “P’aquí y p’allá” o “Por verte sonreír”; y unos Shinova que han pasado del showcase en Aranda a copar escenarios principales repletos de fuegos artificiales y un setlist que puede permitirse ya obviar canciones tan redondas como “Viajero”. En definitiva, la mejor jornada de esta edición que sirvió también para acabar con el juego de escapismo de unos Viva Suecia que, a pesar de los infortunios, eran la sorpresa a voces de una Plaza del Trigo que se volcó con ellos de principio a fin.

Fangoria

Probablemente el crecimiento natural de un festival que funciona tan bien sea el principal culpable de que hoy la Experiencia Sonorama se haya visto más comprometida que nunca. El cambio de recinto a uno mucho más amplio ha generado incomodidades propias de una versión beta: masificación, Plaza del Trigo inaccesible si no se acampa, barras hasta la bandera y servicios algo desperdigados. No debemos olvidar que todo ello viene de serie cuando adquirimos el tiquet de un festival y cuando sonreímos nerviosos antes de tomar rumbo a Aranda de Duero. Pero lo que sí se puede hacer es poner cada uno de su parte para que todos esos inconvenientes sean pequeñas anécdotas que acompañen al relato principal, que no es otro que ir por la música y salir pensando en adquirir el abono del año siguiente. Cuando la borrachera apriete y solo queden un par de neuronas hábiles, quizás valga la pena acordarse de los motivos que hacen grande a este pueblo y a este festival: la música, los brazos abiertos y el respeto.