Portosanto se plantaron en el escenario de la Sala Mardi Gras para presentar “Ten que haber un sitio para nós” (Ernie, 26), en una fecha denominada por la propia banda como su “primera gira de despedida”. Porque Portosanto es un grupo con identidad propia, un proyecto en donde la música importa, sí, pero que evidencia que la verdadera base del proyecto reside en una amistad que viene de lejos. La misma que vio nacer y morir a los extintos Oh! Ayatollah. Un sonido fresco lució desde el primer tema, sin necesidad de excesos ni ornamentos. Guitarras asentadas, ritmo firme y sensación de equilibrio que no busca deslumbrar sino sostener la canción.
Sin embargo, lo realmente distintivo no está solo en lo musical, sino en la forma de habitar el escenario, en donde los músicos se mueven con la soltura de quienes se conocen de verdad. Sin rigideces ni distancias, con una naturalidad imposible de fabricar en un ensayo aislado. Portosanto funciona como extensión de esa complicidad. No hay rastro de proyecto artificial ni de construcción pensada para el escaparate. Más bien al contrario, resulta un espacio donde cinco amigos —Nuno García Pico (de Grande Amore), Xoel Xeada, Anaís Fernández, André Real y Simón Cuba— han decidido estirar el tiempo juntos a través de la música, y en donde cada concierto es una excusa para seguir compartiendo algo más que canciones, tal y como ellos mismos reconocen.
Pero reducir lo positivo del grupo a la amistad sería injusto, ateniendo a un apartado musical que suma calidad suficiente como para sostener el proyecto por sí mismo. El nivel es el de una banda que no acusa el tiempo sin subirse juntos a un escenario. No suenan a primer disco ni a primeros conciertos. Al contrario, ofrecen una ejecución de nota muy alta, además de una compenetración natural y un estilo que puede evocar otras épocas y otras bandas, pero que se presenta con personalidad propia. El directo es, quizá, su mejor argumento. No existe esa distancia habitual entre lo grabado y lo que sucede en escena. La banda suena exactamente como lo que es: cinco personas tocando juntas con un objetivo común. Y esto importa, porque si el disco ya funciona muy bien en estudio, en directo gana garra, cuerpo y poderío. Entre canción y canción aparecen, de paso, momentos marca de la casa: humor espontáneo, reflexiones que surgen de la nada con naturalidad y refuerzan esa sensación de cercanía.
La conexión con el público fue inmediata. La mayoría sabía perfectamente a lo que venía y cantó todas y cada una de las canciones, incluido uno de esos momentos que parece será tradición y en el que el público pasa a ser parte esencial del concierto. Y así llegó el final, pero no ese final de despedida que sugiere el título de la gira, sino uno que deja claro que Portosanto tienen mucho y bueno que ofrecer. Hasta cuándo y hasta dónde, solo el tiempo lo dirá. Pero, pase lo que pase, estos cinco amigos pueden quedarse tranquilos, porque han vuelto con un disco excelente bajo el brazo, secundado con un directo aún mejor sobre las tablas. Y, sobre todo, han vuelto para compartir tiempo haciendo lo que más les gusta y seguir prendiendo la chispa de estar juntos. Después de verlos en concierto, todo parece tener sentido.

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