Todavía están sonando los últimos acoples de despedida del concierto de Quentin Gas y Los Zingaros, y la megafonía del festival ya está lanzando una arenga cantarina glosando las bondades y virtudes de la nueva Bogotá. La ciudad se encuentra volcada en una campaña encaminada a lavar la imagen de violencia, a todas luces injusta, que series como “Narcos”se han encargado de volver a popularizar. Y ¡qué mejor! que aprovechar el magnífico escaparate que te ofrece el autoproclamado como mayor festival gratuito del mundo para enmendar la plana.

Rock Al Parque es una rara avis dentro del mundo de los festivales. Y no lo es porque sea gratuito y esté organizado por la Alcaldía Mayor de Bogotá. En eso se asemeja a cientos de eventos de autoría pública. Digo que es peculiar porque se desarrolla en un parque inabarcable que acoge tres grandes escenarios que inician su programación a las 3 de la tarde para finalizar como un reloj a las 10 de la noche. Además en el parque Simón Bolivar es imposible encontrar un solo punto en el que te vendan una mísera cerveza con alcohol, pero eso no impide que puedas comprar dulces confeccionados de marihuana delante de la pasmada mirada de cientos de policías que pasean aburridos sin interpelar a nadie. Y luego está la programación. Al no estar sujeta a criterios comerciales encaminados a vender entradas, los programadores tienen una libertad absoluta para contratar y la ejercen. Solo hay que ver lo variopinto del cartel de esta edición en el que predominaban las bandas de sonidos digamos extremos.

Sin ir más lejos el sábado 18 de agosto era sin duda el día consagrado al metal más extremo y la inclusión en el cartel de bandas como Dark Funeral, Suffocation, Dark Tranquility, Cattle Decapitation lo confirman. Cuesta imaginar un evento gratuito financiado por un estamento público en nuestro país que se atreviera a juntar a semejante elenco de bárbaros musicales. Entre todos ellos, y de qué manera, también brillaron nuestros Angelus Apatrida. Y es que a los de Albacete se le notó el rodaje a la hora de desplegar, en plena hora de la siesta, un show rotundo y sólido que provocó las primeras reacciones de satisfacción de los aficionados que iban llegando de forma escalonada pero constante al recinto. Y aquí me veo obligado a hablar de otra de las peculiaridades del festival y me refiero al público. Gente en su mayoría muy joven con muchas ganas de pasarlo bien, generando un ambiente fantástico en el que se tejía ese hilo invisible tan propio de la comunidad metalera. Un entusiasmo que se veía reflejado en la gran cantidad de pogos que se organizaban a lo largo de la enorme explanada del escenario principal con capacidad para unas treinta mil personas.

Juniper & Okwes Foto: Sergi Marqués

El Domingo el cartel abrió  un poco su mirilla estilística y, aunque siguieron predominando bandas muy duras en el escenario principal como Walls Of Jericho o Suicide Silence, en los otros dos espacios más modestos pero bastante grandes, podías encontrar propuestas mucho más variadas, hasta el punto de no acabar de entender muy bien cual es el patrón por el que se rigen los programadores. De lo que fui capaz de ver me quedo con el show de Antibalas. Numerosa banda estadounidense fruto de la globalización, que sabe fusionar con talento la herencia africana (Fela Kuti) con la caribeña (enorme versión de “Che Che Colé” de Willie Colón mediante) para poner a bailar a todo el mundo con un frenesí tribal que saben bordar como pocos. Otros que provocaron el baile y la entrega del público fueron los congoleños Jupiter & Okwes. Sus integrantes difícilmente olvidarán la pasional entrega del público que acabó coreando su nombre ante su evidente satisfacción. Por el contrario los ingleses HMLTD, pese a tener la propuesta musical y escénica más festivalera, no acabaron de convencer del todo. Sobre todo porque su propuesta suena a refrito glam de la triada David Bowie, Gary Numan, Sparks, pero sin su talento, gracia y clarividencia.

El domingo también fue el día de dos de los grupos que más interés me habían despertado del cartel por distintos motivos. Por un lado estaba programada la actuación de Quentin Gas y Los Zingaros en la que era su primera visita al continente, y por otro estaba la esperada actuación de los rusos Pussy Riot sobre los que siempre planea la eterna sombra de la duda. Pues bien, en cuanto a los andaluces cabe decir que la sensación fue algo agridulce. Empezaron con evidentes problemas de sonido que impedían apreciar los matices de su rock psicodélico de aires sureños y,  si bien es cierto que la actuación fue de menos a más, no lo es menos que no llegaron a tejer el envoltorio sonoro suficiente para dejar al público noqueado. Seguro que han tenido tardes mucho más brillantes y es una lástima, porque a mi  me pareció una oportunidad desaprovechada de cara a ganar adeptos al otro lado del charco. Todo lo contrario que la actuación de Pussy Riot. Si bien es verdad que también tuvieron que enfrentarse a diversos problemas técnicos que afectaban a las pistas que lanzaban desde su ordenador, no es menos cierto que demostraron haber puesto mucho más atención a su propuesta escénica porque, con el colectivo ruso uno nunca sabe muy bien a qué atenerse. Si bien hasta la fecha parecía que la música era un simple envoltorio de choque para sus arengas políticas, su actuación demostró que le están prestando más atención para no caer enclavados en un festival en lo anecdótico, que es el mayor riesgo al que se enfrentan sobre un escenario, acabar resultando un chiste. Pues no. En Bogotá demostraron que más allá del mensaje, que continua siendo lo más importante, su propuesta empieza a tener cierta volada, con influencias que van de Atari Teenage Riot a Die Antword pasando por Sleaford Mods e incluso con alguna base más propia del trap. La única pega que puedo ponerle es que Nadezhda Tolokónnikova parece que no acaba de creerse del todo su rol de cantante y está demasiado arropada por las pistas pre-grabadas de los coros. Aunque si hay que destacar un par de cosas de su actuación, no podemos obviar que la cantante salió con la cara enmascarada por el pañuelo verde que ha simbolizado las protestas de las mujeres argentinas a favor de la ley del aborto. Prenda que le había entregado esa misma tarde y durante una entrevista un amigo periodista del diario Clarín. Otro momento cumbre se su actuación, fue cuando más de una docena de bailarines del colectivo LGTB de Colombia se subieron al escenario para danzar e incluso protagonizar un brillante discurso político en contra de las actitudes “machitas” de ciertos hombres que los desprecian por su condición. Brillante.

La M.O.D.A. Foto: Sergi Marqués

El lunes la programación del festival resultó ser todavía mucho más abierta y ecléctica que los días anteriores. También la más interesante. Sin embargo como me habían programado el vuelo de regreso para esa misma noche, no pude presenciar la actuación de Pennywise, Tokyo Ska Paradise Orchestra, Lee Ranaldo y las gallegas Bala. Una lástima, en especial con estas últimas, ya que tenía muchas ganas de ver qué tal se desenvolvían al otro lado del charco. Sin embargo, sí pude presenciar un par de actuaciones que me dejaron un gran sabor de boca. La primera de ellas, por inesperada, fue el show que protagonizaron los brasileños Lineker É Os Caramelows. Un combo liderado por una gigantesca cantante trans de potente voz que puso a bailar a todo el respetable con una mezcolanza de soul, funk y pop brasileño muy bien ejecutado y generador de un buen rollo contagioso que nos dejó a todos con una sonrisa de oreja a oreja. La segunda actuación fue sin duda uno de los shows más brillantes de esta edición del Rock Al Parque, y me estoy refiriendo al protagonizado por La Maravillosa Orquesta del Alcohol. Lo primero que me sorprendió fue comprobar como su música había calado ya en este confín del planeta y como las primeras filas cantaban las pasionales letras del grupo burgalés a pleno pulmón. Es más, la banda incluso tuvo la deferencia de incorporar “Hay un fuego” por petición a grito pelado de varios de esos mismos entregados y cantarines seguidores. Aunque si una cosa dejó clara el combo capitaneado por David Ruiz, es su solidez a la hora de interpretar un cancionero que disco a disco ha logrado una importante volada y que cada día atesora una mayor personalidad. Si antes era casi obligado establecer constantes comparaciones con otros grupos, ahora tras siete años de carretera, ya podemos afirmar que la MODA mantienen su propio vuelo. Solo hay que ver la firmeza con la que David se erige en una especie de Bruce Springsteen hispano, perfectamente arropado por sus compinches Joseliro (Arcordeón) y Alvar (saxo) a los coros. Claro que nada de esto tendría validez sino fuera por temas de la talla de ¨1932”, “Los hijos de Jhonny Cash”, “Los Lobos” o “La Inmensidad” por citar cuatro canciones que interpretaron en el escenario colombiano, demostrando que no se conforman tan solo con presentar los temas de su último disco. En definitiva, un rotundo éxito que a buen seguro deparará futuras visitas de la banda.

Por último no quiero finalizar esta crónica sin dar las gracias al equipo de Procolombia e Idartes  por invitarnos a cubrir el evento y por lo bien que nos han arropado durante estos cuatro días en los que pudimos comprobar en primera persona que la nueva Bogotá es una ciudad dinámica con muchas ganas de darse a conocer al mundo, y que además atesora una gran oferta gastronómica y una vida nocturna que demuestra las ganas de dejar atrás un pasado protagonizado por el conflicto y que mira de forma esperanzadora hacia el futuro.