En el doble llenazo provocado por los angelinos –al día siguiente otras quince mil almas abarrotando el forzoso santuario colegial- y en la complaciente elección de su repertorio –“Around The World”, Give It Away”, “Under The Bridge”, “Universally Speaking”, “Californication”, “The Zephyr Song”, “Don´t Forget Me”, “Parallel Universe”, “I Could Have Lied”… imagínate-, cristaliza la teoría de que la despresurización funk a la que se han sometido en el último quinquenio deviene arma de doble filo. John Frusciante pertenece a esa estirpe de guitarristas ungidos por el talento y la voz propia, pero en su camino hacia el clasicismo rock y, especialmente sobre las tablas, se debate entre su fraseo entrecortado, cálido y limpio y las soflamas de Eddie Van Halen y Jimmy Page. Nada que objetar, al menos por mi parte, pero gustaría saber de qué manera haría sonar ahora las grandes canciones que encierran discos como “The Uplift Mofo Party Plan” o “Mother´s Milk”. Perfidia, al fin y al cabo, porque a veinte años vista de su formación y con el viento del mainstream hinchando la lona de sus velas, el cuarteto norteamericano no sólo es capaz de convencer al más escéptico sobre lo conveniente de su sorpresiva reflotación –la mitad de “By The Way” vale, y mucho- sino que también se muestra sobrado de empatía para dibujar una sonrisa de satisfacción y aquiescencia entre la variopinta y multitudinaria grada. Milagroso. Tanto como que, superado el primer tercio del concierto, alguien diera con el botón oportuno para que la caldera de Carabanchel sonara como debía.