Espacios como el Auditori de Barcelona acostumbran a cohibir e imponen cierto respeto tanto a público como al artista. Los primeros se sientan en sus butacas y aguardan en silencio a que les conmuevan, mientras los segundos deben sacudirse los nervios con las primeras notas para lograrlo. Todo ello genera un ambiente algo sepulcral en el que la interacción se enfría hasta el carámbano, y dificulta el diálogo de bar entre el artista y su público que puede generar cierta complicidad íntima que complemente el devenir de las canciones.

Salió Chan Marshall al escenario vestida de riguroso negro y ropa holgada, confesando de buenas a primeras que está embarazada y recibiendo por ello la primera ovación de un público que solo alcanzó a cubrir poco más de la mitad del aforo del Auditori. Empezó colgándose la guitarra para desmenuzar su cancionero hasta lo irreconocible, dejando constancia de cierta inseguridad y un nerviosismo que se manifestaba en un constante movimiento del soporte de micro, como si no acabara de encontrarse cómoda ni con la situación, ni con su propia forma de manifestarse.

Parecía que todo pendía de un finísimo hilo que podía romperse en cualquier momento y finalizar, como en otras ocasiones, en una poco alentadora tragedia. Pero a pesar de las dificultades y cierto sufrimiento, acaba una primera parte protagonizada por unos riffs cadenciosos y un minimalismo austero en el que su arenosa voz, tocada por un nada disimulado resfriado (se sorbió los mocos y tosió en repetidas ocasiones), era la única protagonista. Menos mal que se sentó al piano donde, sin ser Randy Newman, demostró más destreza instrumental y logró calmarse un poco para coger confianza y lanzarse otra vez con la guitarra en ristre a embarcarse en un delirante soliloquio con el público en una charla que alargó demasiado, creando cierta impaciencia que no mejoró con el proceso de deconstrucción que hace de temas propios y versiones, interpretadas de forma tan austera y esquelética, que no acabaron de provocar el ambiente de emoción que este tipo de conciertos precisa para ser memorable.

Cat Power se encuentra en un proceso de maduración de su propuesta hacia no se sabe donde, porque ni los mimbres sintéticos que conforman su último trabajo aparecen en escena, ni el clasicismo sureño de su visita en 2007, que la dotaban de una robustez que no gustó a sus primeros seguidores, parece que vayan a formar parte de su espectáculo de nuevo. Quizás fueron estos mismos seguidores los únicos que disfrutaron de la actuación militante de ayer noche aunque, de lo que no me cabe la menor duda, es que artistas más veteranas como Marianne Faithfull, pueden marcarle el camino a seguir cuando se encuentre en el mar dudas en el parece constantemente sumida.