Marciano, extratosférico, que si Dios en la tierra, que no es humano, que su mundo es otro… ¿Cuantas veces habremos leído expresiones de este tipo a la hora de referirse a Messi? Un montón. Tantas que al final creo que fue Luis Enrique el que dijo que el argentino había acabado con todos los adjetivos superlativos a la hora de referirse a su juego. El diccionario simplemente no daba para más. Pues bien, tomemos buena nota de ello porque lo mismo sucede con el concierto que Pearl Jam ofrecieron anoche en un Palau de Sant Jordi abarrotado. No hay palabras. Pese a ello me he lanzado a escribir esta crónica que va a tener más de loa y alabanza que de reseña periodística. Estáis avisados. Y es que pocas veces puede ver uno tantas caras de felicidad y tan unánimes a la salida de un bolo. La gente parecía flotar un palmo sobre el suelo y, entre sonrisas y abrazos, todos estábamos convencidos de que pocos conciertos tan completos vamos a ver en lo que resta de año. Y eso que esta semana de bolos en Barcelona es de las que roza el infarto.

Todo salió bien desde el principio. Un sonido inmaculado, una selección de temas de ensueño y una puesta en escena sobria y elegante, exenta de artificios que le resten valor a lo que realmente importa: la música. Daba igual que no hubiera disco que presentar (el último en estudio “Lightning Bolt” data ya de 2013). Es más, hubo fans que intuían algo positivo en este dato, pues restaba a la banda la obligación de presentar un álbum y podrían centrarse en las canciones que el aficionado quiere escuchar. Las de toda la vida. Las que marcaron la juventud de buena parte de los presentes. Y es que si uno piensa en la banda de Seattle, piensa en los primeros años noventa y en esos primeros tres discos que contribuyeron a construir como pocos el crepitar roquero de la década. Por eso incluir en el set list y del tirón “Daughter”, “Jeremy” y “Go” es para quitarle el hipo a cualquiera, y más si la excelente interpretación vocal y entrega de Eddie Vedder borraba de un plumazo las reticencias que había provocado su reciente cancelación de un concierto en Londres por la pérdida de su voz. La verdad es que visto lo visto es un argumento que ahora cuesta de creer. Pero habrá que darlo por bueno. Aunque si hemos de remarcar un momento de intensidad máxima, que casi provoca la explosión de la pilas de más de un marcapasos, sería el final del primero de los dos largos bises que se marcaron. Es cuando encadenan “Black”, “Once” y, por encima de todo, “Rearviewmirror” que la cosa provoca una explosión de júbilo y placer que te vuelve a recordar porqué la gente asiste a eventos de este tipo, que poco tienen que ver con el hedonismo futil y vacuo de un festival. Aquí no hemos venido a pasarlo bien luciendo el palmito y oteando un posible ligue. Aquí hemos venido a que la banda sonora de nuestras vidas se desplegue con la intensidad que merece. Y lo han conseguido. Habrá quien echara en falta canciones como “Spin The Black Circle”, “Last Kiss” o  la siempre intensa “Garden” (sí hicieron “Porch y “Oceans” de su primer álbum), habrá quien hubiera preferido que en los últimos bises la versión incluida fuera el “Rockin’ In The Free World” de Neil Young en lugar del Baba O’Riley de The Who  o , ya puestos a pedir lo sublime, que Tom Morello se les hubiera unido con su guitarra en lugar de contemplar el show desde un lado del escenario pero, a pesar de las múltiples variantes que las cábalas de cualquier fan puede llegar a hacer , nadie puede negar que la banda se encuentra en un gran estado de forma y que todo sonó como debía.

Para finalizar podría decir que es posible que ahora se pongan a grabar un disco que ojalá esté a la altura del que tenía un aguacate en la portada (2006), pero casi que me da igual. Está claro que el rock alternativo como tal no está de moda, y son pocos los grupos jóvenes que lo defienden de forma digna, a no ser que le pongas un sello de “autor” que escasea.  Sin embargo, mientras existan directos como el de ayer, la llama de la música permanecerá viva. Al menos la música elaborada con la contundencia de una base rítmica que funciona como un metrónomo, a la que cabe sumar el soterrado trabajo de una rítmica brillante, más el lucimiento acertado y sobre todo medido de la solista. Esa suma de las diferentes partes es básica para sustentar el derroche de personalidad de un cantante como Vedder. Pocos hay como él, y eso es lo que Pearl Jam saben explotar a la perfección con su medida épica.