Son algo menos de las seis de la tarde, el suelo incandescente del patio del Matadero y un sol abrasivo nos dan la bienvenida prometiéndonos a todos salir más rubios de lo que entramos. Los pocos que estamos nos arrinconamos bajo una sombra lateral mientras se esboza un pronóstico claro: pintan bastos.

La llegada de Soleá Morente al escenario es puntual, por lo que no ha transcurrido el suficiente tiempo para que el panorama cambie: no mucho más de cien personas son las que componen un público encontradizo, casual, que recorta y hace más evidente el espacio vacío que tenía que llenar ese público tan ecléctico como ortodoxo, según convenga, que nace bajo el flamenco, y que en un día como hoy evitaría la desolación de Soleá. Sin embargo, las circunstancias no achican a la madrileña. Pese a que las propias inclemencias del sol la obliguen a retirarse un momento del escenario, da lo mejor de sí en temas como “Ciudad de los gitanos”, demostrando como el directo no tiene nada que envidiar al estudio. La banda sonríe, grita, se mueve, y esa alegría que desprende hace que los tímidos que huían del sol acaben bailando, jaleándoles y, sobre todo, pasándoselo bien. Entonces, un tipo me dice “canta cómo los ángeles, ¿verdad?” y da comienzo el tema que cerrará el concierto. Entra en escena La Bien Querida, que lejos de cantar “Vampiro” como nos tenía acostumbrados en “Tendrá que haber un camino”, interpreta “Tonto”, que sobre claros tintes electropop combinan mano a mano lo delicado de una y lo salvaje de la otra, recordándonos lo que hace tan característica la música de Soleá.

Con la llegada de Uknown Mortal Orchestra, el patio parece otro, la gente se ha multiplicado y cantan la canción más indicada para un día como éste, “From The Sun”, dando paso a un solazo de batería de Riley Geare. Pese a este inicio, lo cierto es que temo un directo un tanto anodino, algo semejante al que dieron en la sala Penélope. Sin embargo, cuando me quiero dar cuenta, parece que la guitarra electrifica a un Ruban Nielson que baja para perderse entre el público o tirar botellas de agua a los más sedientos a ritmo de “Funny Friends”. Está siendo muy buen concierto, y aunque Jake Portrait y Quincy McCrary no estén demasiado entregados, la motivación de la otra mitad de la banda lo compensa. Entonces, suena “Multilove” y la gente enloquece, la correa de la guitarra de Ruban se rompe y ni siquiera permite que se la cambien en busca del mantenimiento de los ánimos. Tras esto, el fin del concierto llega con “Can’t Keep Checking My Phone”, logrando un ambiente suave y muy alejado del que me había encontrado a las seis de la tarde.

Son las ocho. Patillas, tupés imposibles, estampados de leopardo y posturas de James Dean ocupan las primeras filas. Ha llegado Imelda May. Lo primero que llama la atención es que la irlandesa ha suavizado mucho su estética tan psychobilly, renunciando al tupé dorado y al colorismo en general, para apostar por la sobriedad. Casualidad o no, la que siempre me había parecido una bestia del erotismo se muestra en forma, sí, pero mucho más suave que otras veces. El concierto revisa su carrera con temas como “Big Band Handsome Man” o “Its Good To Be Alive”. Poco a poco, y con temas como “Psycho”, Imelda va subiendo la temperatura, hasta alcanzar el máximo punto de ebullición con lo que será un clásico del rockabilly “Johnny Got A Boom Boom”, para acabar con una versión del “Bang Bang (My Baby Shot Me Down)” de Nancy Sinatra sentada sobre el contrabajo y bajo una oscuridad de los más sensual.

Cuando Imelda acaba, ya no resulta tan fácil moverse. La llegada de Parov Stelar se hace evidente y nadie quiere estar lejos del dj. Cuando se encienden las luces la sorpresa es grata, Parov no está solo con una mesa de mezclas y dos platos. Está subido a una plataforma en la parte derecha del escenario dejando todo el espacio a una banda de músicos compuesta por una voz, una batería, un trombón, una trompeta y un saxo que se lució sin parar. El concierto empieza y temas como “Catgroove”, “All Night” o “Boot Swing” se suceden. La camiseta se me levanta con los golpes del bombo, miro hacia atrás y la conclusión es clara: Parov se ha comido el festival, y además sin darse ningún protagonismo, cediéndoselo todo a su la banda. Lo ha bordado.

Ya son la una y es el turno de Molotov Jukebox. Encargados de cerrar el festival, dan un concierto en el que “La chica de Juego De Tronos” Natalia Tena, demuestra que no es solo eso, sino que también forma parte de una banda capaz de hacer bailar a gente que lleva más de seis horas de festival en las rodillas, e incluso de lograr un principio de pogo que finalmente no llega a ser. El público baila sin parar y a la banda se le ve a gusto, contenta; tanto, que Natalia dice en un español impecable: “Es un puto lujo”, frase que combina perfectamente con el brindis final con el que se cerró el festival.