A punto de llegar a su 25º aniversario, un festival decano, en su enfoque netamente indie, como el Minifestival no pierde sus señas de identidad. La cuestión es que la fórmula sigue funcionando, al menos en lo que a atraer a adeptos a la causa se refiere. Y sí, fue un éxito, aunque el tono fue algo irregular, pero más que nada porque Kristin Hersh fue tan Hersh que todo lo que se movió en su radio de acción quedó reducido a un vago recuerdo. Así fue desde el pistoletazo de salida, con la actuación de los barceloneses Estruç.

Aquel indie rock de los noventa está ahí, en sus enzimas creativas, incluso más presente que en su fecha original de envasado. Siendo así, el trío no tuvo más que buscarle las cosquillas a su amplio surtido de referencias y paralelismos. Y es que, ya sea por efecto mariposa o no, la sala se pobló de ecos a Deerhoof, Codeine, Tsunami y puntuales brotes grunge nirvaneros que ayudaron a contentar a un respetable que no dijo ni mu durante la exposición que Ota y los suyos hicieron de su LP “Peça fugaç”.

No tuvo la misma suerte el cuarteto de Filadelfia Free Cake For Every Creature, cuyo pop cristalino de baja fidelidad fue saqueado por sendos graznidos de urracas a lo largo de su actuación. Una pena, teniendo en cuenta la atmósfera que estuvieron a punto de lograr, a través de un repertorio donde fueron desgranando porciones mínimas de un repertorio de cristal de bohemia, fuertemente anclado en el recuerdo de la Liz Phair original.

Desde el otro extremo, el de la intensidad a pecho descubierto, los londinenses Night Flowers sonaron tan épicos que parecían el resultado de cruzar a Gene con Beach House. Toda la falta de carisma de las anteriores actuaciones quedó subsanada por su solista, Sophia Pettit, quien, descalza y ataviada como en un vídeo ochentero de Kate Bush, hizo del escenario su improvisado espacio teatral, e incluso llegó a bajar a los toriles con el público. Por el camino, sonaron tan convincentes como expresivos en “Cruel Wind”; sin duda, uno de los momentos que más cautivó a la audiencia presente.

Night Flowers

Eso sí, para hacer prisioneros de su música, Kristin Hersh fue la carcelera mayor. La niña-mujer llegó sola, únicamente con su guitarra colgada al hombro. Bueno, sola y con esa voz bipolar, capaz de congelar almas con un simple susurro o por medio de toda clase de gritos mordidos. Con la mirada perdida en el espacio, sus pupilas eran las de un lobo en la noche buscando su presa. La abstracción fue tal que a poco más y nos olvidamos que rescató incunables de su debut en solitario, como “Your Ghost” y “The Cuckoo”.

Impasible, como una estatua de sal, Hersh hizo de lo mínimo un recuerdo imborrable, la de una artista capaz de dejar en ridículo a aspirantes a herederas como Mitski y Angel Olsen. De una expresividad vocal con más matices que una obra de Gaudí, la de Throwing Muses incluso tuvo arrestos para tirar de humor y demostrar que su interpretación no era tal, sino pura empatía. Todo fuego y humanidad al límite de los sentimientos más crudos y etéreos. En definitiva, no salió a hombros porque, así como no podía ser de otra forma, nada más cerrar su set, se fue como si ahí no hubiera pasado nada.

Como colofón final, Cariño incitaron a la invasión de hordas “modernas” entre el público. De los chándales a lo Parchís a los peinados tipo Eva Nasarre, el Espai Jove Les Basses se trufó de un colorido acorde a lo que el trío madrileño ofreció: gominola pop a cascoporro. Así lo corroboraron a lo largo de una actuación donde Paola, Alicia y María hicieron trabajar más al técnico de sonido que en un concierto de OT. Más allá del tiempo invertido en subidas y bajadas de volumen, púas rotas y charletas a pie de escenario, los caramelos más concentrados de su cancionero sonaron refrescantes y con sumo desparpajo.

Ellas se lo pasan bien y lo transmiten. Otra cosa es que su fórmula -como un cruce alto voltaico entre Ramones y L-Kan– dé para más en el futuro. Por el momento, nada que objetar mientras se sigan sacando de la manga trallazos con la dimensión “Bisexual” y “Nada es igual”.