La cuarta edición del festival madrileño (segunda en su nueva sede de Valdebebas) discurrió con la normalidad esperable de un evento que se ha decantado, con todas las consecuencias, por las dimensiones colosales y, en lo musical, por una pronunciada diversidad. Sonido decente, horarios milimétricos, público menos nutrido (y por lo tanto, menos agobios), ambiente festivo intergeneracional e internacional. Y por supuesto, magníficos conciertos como los de The National o The Cure. Aunque ninguno llegó, a juicio de quien firma esto, a las cotas sublimes de los de Neil Young y Nine Inch Nails de ediciones pasadas.

Solventado el apagón informático que atormentó a los asistentes durante la infernal primera jornada del año anterior, y con una reducción del aforo en beneficio general -más de 186.000 asistentes en total-, la organización no colgó el cartel de sold-out. Decisiones como terminar con las poco estéticas zonas VIP acotadas frente a los escenarios parecen tan razonables como discutibles los criterios artísticos que llevan a confiar en que el público de Prophets of Rage es el mismo que el de The Cure, o que los incondicionales de Iggy Pop disfruten de Vampire Weekend. Que la música es inabarcable en su riqueza es un hecho que, no obstante, no se traduce automáticamente en la suma de diferentes públicos, como se ha demostrado una y otra vez.

En todo caso, es muy saludable que comencemos esta crónica hablando de estilos musicales y criterios de selección de artistas en lugar de tormentas devastadoras, accidentes trágicos, cancelaciones de última hora o colas interminables para ingresar al recinto o comprar una botella de agua para aguantar el abrasador verano madrileño. Una nube negra parecía haberse cernido sobre el festival madrileño, y en la cuarta edición se disipó.

Lo que quedó es un gran evento de música rock, electrónica y todos sus derivados, enclavado en una de las grandes capitales mundiales de la cultura y la vida nocturna. Los cabezas de cartel mantuvieron la capacidad de convocatoria, pero sin llegar a las cifras abrumadoras del año anterior. Gastados los cartuchos de bandas con el poder de convocatoria global de Foo Fighters, Green Day, Arctic Monkeys o Pearl Jam, no queda mucho margen.

Pese a todo, el ambiente festivo se potenció con detalles como el de los aguadores ambulantes que aliviaban del seco calor madrileño a los asistentes hasta que se pusiera el sol, o la pista de coches de choque de la marca Mahou, donde se celebraron curiosas actuaciones sorpresa de artistas flamencos (entre ellos, Los Chichos, ante el jolgorio de los flipados asistentes), que tenían que competir a duras penas con el volumen de los escenarios a su alrededor.

Odisea para volver

Más allá de los siempre discutibles criterios artísticos, sería ingenuo y estéril a estas alturas cuestionar la mercantilización de cada centímetro de un espacio convertido desde el primer día en parque temático de marcas y promociones. O que un bocadillo cueste ocho euros en la agradable zona de restauración (este año la prensa tuvo su espacio: se agradece). Un festival tan ambicioso como Mad Cool sería inviable sin esta tupida estructura comercial, y los precios los fija la demanda.

Puestos a reclamar mejoras para hacerle la vida más fácil al festivalero empedernido, la vuelta a casa (o el alojamiento) a altas horas de la madrugada no puede convertirse en una odisea de transbordos e incómodas combinaciones de una a otra punta de la ciudad (las lanzaderas llegaban a Plaza Castilla, extremo norte de la ciudad), o costarle treinta euros por jornada. Desconozco si es tan caro para el erario municipal abrir el metro hasta la madrugada durante tres noches, o fletar una ruta de autobuses que deje a los pasajeros directamente en Cibeles, pero en esto hay margen de mejora. Añadamos la distancia kilométrica que hay de la entrada a las lanzaderas, los taxis y los VTC, o la pésima canalización de la fila hacia el bus (que sufrí en propias carnes).

Sorprendió también la decisión de limitar el trabajo de los fotógrafos, que tuvieron que hacer cola en los conciertos más fuertes para no quedarse fuera, pese a haber sido acreditados (por surrealista que suene, parece que lo de las cuotas limitadas a posteriori no es algo infrecuente).

Dicho todo esto, viniendo de las graves incidencias del año pasado que comprometieron incluso la seguridad, la impresión es que se ha avanzado hasta la normalidad. Libre de desgracias y sucesos, Mad Cool, por fin, entró en velocidad de crucero. A continuación, lo que dio de sí hasta donde pudimos ver.

Jueves

La calurosa pero agradable tarde de la primera jornada se inició a ritmo de neo soul electrónico elegante (la británica Nao), y con el rock macarra de los jóvenes británicos Sheafs, que calentaron el escenario MondoSonoro. A este escenario se encaramarían también después los navarros Kokoshca, que defendieron con tablas y convicción su pop inclasificable y esquinado. Muy agradecidos estuvieron en el escenario de la Comunidad de Madrid los norteamericanos La Dispute, cuyo esforzado post-hardcore con ribetes emo llegaba a la capital por primera vez desde la formación del grupo hace trece años.

No hubo que esperar mucho para degustar del primer plato fuerte del evento. Y eso que Lauryn Hill, confirmando su fama de imprevisible, se hizo de rogar. Precedida por un set interminable de DJ Reborn -algo que servidor no recuerda haber visto nunca-, la de Nueva Jersey ofreció un festín de música negra para paladares finos -hip-hop, soul, reggae, jazz-, arropada por un grupo de primer nivel, derrochando talento, carisma y autoridad, y evocando el vigésimo primer aniversario del seminal The Miseducation of Lauryn Hill. Una lástima que su actuación coincidiera parcialmente con la de Iggy Pop, y que muchos de los asistentes (como servidor) vivieran en la angustia existencial. Iggy acabó llevándose a unos cuantos.

Iggy Pop

La expectación estaba fundada porque quedan pocos nombres más icónicos para el rock que el hombre que dinamitó sus reglas con The Stooges, sentando los cimientos del punk con su inmensa influencia. Ahora bien, la biología no perdona, y su actuación fue, ni más ni menos, la que se podía esperar a estas alturas. Teniendo en cuenta, además, que su banda no es la que hizo su último y magnífico disco (Josh Homme y compañía). Iggy (setenta y dos tacos de almanaque) se descamisó, tiró de clásicos (The Passenger, Lust For Life, TV Eye, una algo desinflada Search and Destroy), y se dio el acostumbrado baño de masas como misántropo sin remisión. Pero los acordes enfermizos de la inmensa Mass Production me dejan un regusto agridulce: es lo que pasa cuando el tiempo nos alcanza y humaniza a los mitos.

En las antípodas del de Michigan está Bon Iver, que llegaba tras anunciar nuevo disco, i,i. Hay que reconocer a Justin Vernon haber construido un preciosista mundo propio en el que tradición norteamericana, folk, electrónica orgánica y post-rock experimental forman un todo tan personal como etéreo (y a veces, monocorde). Sonido impecable, músicos muy metidos en ese mismo universo -incluyendo dos baterías perfectamente coordinados-, abundante cacharrería electrónica y un Vernon encantador, dieron un concierto tan extático como gratificante por momentos, perfecto prólogo para sus compatriotas de The National, que comparten bastantes de sus armas. El bis (For Emma, de su debut) le aseguró una salida por la puerta grande. No estoy seguro, sin embargo, de que un festival de estas dimensiones fuera el marco ideal.

Noel Gallagher’s Flying Birds

Sin apenas respiro, la nutrida tropa de Noel Gallagher (los Flying Birds) se parapetó tras el escudo del Manchester City y arrancó con ese sonido con el que el británico se ha desmarcado de su pasado: coros femeninos, teclados, sobriedad kraut y psicodelia -llego a pensar que Noel ha visto la luz con Spiritualized-. Noel ni siquiera se explaya con la guitarra y le deja el curro al imperial Gem Archer. Su nuevo single, el sofisticado Black Star Dancing, inspirado por Bowie, brilló. Falsa alarma, porque la segunda parte del bolo retoma las querencias de pop añejo, obsesiones (y limitaciones) de un tipo capaz de escribir canciones estupendas, pero con un ojo demasiado puesto en la enciclopedia del rock. En la recta final, cinco cortes de Oasis provocaron el delirio colectivo (a destacar Wonderwall, Stop Your Heart Out y Don´t Look Back In Anger), sin que a nadie le diera tiempo a mencionar el nombre del hermano descarriado. La impecable versión de All You Need is Love lo evitó.

Apenas se habían extinguido los vientos de la mítica canción de Lennon y McCartney, nos esperaba otro radical bandazo estilístico con Vampire Weekend. Los neoyorquinos, en versión ampliada a sexteto y bajo el enorme globo planetario de la portada de su nuevo trabajo, se mostraron tan juguetones como sólidos. Talking Heads, David Byrne y el Paul Simon de Graceland estarían orgullosos de estos alumnos aventajados que llevan el indie pop a terrenos tan exóticos como bailables e imaginativos, y que han regresado en plena forma tras una buena temporada en barbecho. El innegable encanto de cortes como el single This Life o la irresistible A-Punk, con esa especie de indie-ska disfrutón, les convirtieron en triunfadores de la noche, con un Ezra Koenig en plena forma vocal y banda sobrada, que se atreve con virtuosismos melódicos muy poco frecuentes en el género.

Viernes

El bochorno del día no acabó en tormenta, pese a las amenazadoras nubes que sobrevolaban el recinto, sobre el que cayeron algunas gotas. En el escenario MondoSonoro el joven quinteto asturiano Staytons contagió a los asistentes su vitalidad y convenció con su impresionante pericia instrumental. Horas más tarde, el trío femenino de Lavapiés Cariño haría lo propio ante una nutrida parroquia que coreó con ganas sus letras gamberras y lúcidas de amor y desamor. Melodías de engañoso tontipop soleado, caja de ritmos a piñón fijo y guitarras de inmediatez ramoniana para canciones de pop redondo y sarcasmo inteligente como Mierda seca, que forman parte de su celebrado debut Movidas.

Cariño

Todavía bajo el sol de la tarde, Sharon Van Etten y su banda combinaron los momentos de oscuridad fascinante de su repertorio más antiguo con los cortes más blanditos de su nuevo disco, sin que el set se resintiera. El carisma de la norteamericana (y su voz) se impusieron desde el principio. Nos esperaba justo después una de las sorpresas: Miles Kane, camisa de flores y gorro playero naranja como si viniera directo de la Costa del Sol, incendió el escenario Madrid Te Abraza con un cóctel canalla de rock sucio, funk y disco: la versión de Hot Stuff de Donna Summer fue de lo más divertido de todo el festival. El de Liverpool, acompañado por excelentes músicos, se lució con la guitarra y mostró sus dotes como cantante, con un tono de voz casi idéntico al de Alex Turner.

Se había puesto el sol y salían al escenario más grande The National, que volvieron a ser una fuerza imponente sobre un escenario. Su actuación fue memorable, pese a que, incomprensiblemente, faltara volumen. Apoyados por un trío de vocalistas femeninas, los de Ohio interpretaron parte de su nuevo trabajo, además de hits incontestables de la casa como Fake Empire, Don´t Swallow The Cup, Bloodbuzz Ohio o Day I Die. Un Matt Berninger progresivamente desatado con sus acostumbradas travesuras y ese sano sentido del humor surrealista con el que tanto disfruta y con el que parece quitarle hierro a la gravedad de su estilo (ponerse gafas de sol encima de las suyas…), volvía a ejercer de kamikaze sumergiéndose entre un público que manoseó sin contemplaciones a su estrella, el profesor despistado y simpático metido a estrella de rock. La imagen del cantante perdido entre cabezas, móviles y manos en la catarsis final de Terrible Love, quedará en los anales del evento.

Casi no dio tiempo a cambiar el chip: la pieza clásica que hizo célebre la gran película de Kubrick Barry Lyndon -aventuras y desventuras de un ambicioso y complejo buscavidas irlandés en la Europa del XVIII- abrió y cerró el concierto de Smashing Pumpkins, que salían a escena delante de unas inquietantes grandes figuras. Billy Corgan, ataviado con una especie de sotana negra y brazalete con las iniciales SP, marcó territorio con un larguísimo solo de guitarra en su entrada de Siva. Claro que, luego llega el riff de guitarra de Zero y es difícil poner objeciones, pese a ese sonido comprimido y acartonado puramente noventero. La banda cumplió y convenció a sus acólitos con su cancionero clásico más robusto (Cherub Rock) o sensible (1979). Al final, Today nos llevó de vuelta por un momento a aquel verano de 1993 en el que la música alternativa se asomó al mainstream. La gente se lo agradeció a un emocionado Corgan: el pálido vocalista con aspecto de Nosferatu se llevó la mano al corazón.

Smashing Pumpkins

La jornada del viernes se cerró en el principal escenario con los madrileños Vetusta Morla, que culminaron la hazaña de ser el último grupo del escenario Mad Cool, cuatro años después de participar en la primera edición del festival. Empeñado en romper records hasta hace poco reservados a los anglosajones (el penúltimo, esos 38.000 espectadores reunidos en un único concierto), el sexteto no desaprovechó la oportunidad, empezando con Deséame suerte y prosiguiendo con lo más distinguido de su repertorio: Maldita dulzura, la rítmica Palmeras en La Mancha, Copenhague, Consejo de sabios… Interpretaron sus canciones con la habitual solidez y convicción ante un público entregado que lo coreaba todo, y también guiris que atendían atentos al fenómeno. El vocalista Pucho hizo referencia a su cercano local de ensayo, al poder del amor en momentos de confusión generalizada, y reclamó al ayuntamiento no revertir Madrid Central. Por encima de todo, los de Tres Cantos han conectado musical y emocionalmente con una base fiel y muy diversa, algo de un mérito incuestionable en estos tiempos de volatilidad.

Vetusta Morla

Sábado

El último día los medios se hacían eco de la detención de una mujer que había robado casi tres decenas de móviles (¡!) y dinero en efectivo. Un sol de justicia y ráfagas de viento sahariano recibieron a los valientes que llegaron a primera hora. Johnny Marr y sus muchachos compensarían su esfuerzo con creces. Alternando material de su último y notable disco con canciones de The Smiths y Electronic, el de Manchester, excelso guitarrista que por fin canta decentemente, se ganó a todo el mundo con su actitud positiva y un glorioso There Is A Light That Never Goes Out final dedicado a todos los asistentes. “Not everyone is a dick in England”, aseguró. Los cincuenta minutos volaron. Cat Power (es decir, Chan Marshall) demostró que quien tuvo retuvo y brilló con su voz prodigiosa, aunque dio un concierto exigente: no era la mejor hora ni el mejor escenario para una propuesta de esta enjundia, pero escuchar clásicos modernos como The Greatest nunca está de más. Lo contrario sucede con los resucitados Gossip, aunque servidor tiene la impresión que, a pesar de las bromas constantes de Beth Ditto, uno está escuchando la misma canción en bucle.

Delaporte

The Twilight Sad convencieron en el escenario MondoSonoro, con un derroche de pasión y emociones oscuras que anticipaban el plato fuerte de la noche. Hasta tal punto se metió el respetable en el bolo que el vocalista James Graham se emocionó, emplazándonos a disfrutar de sus colegas Mogwai y sus mentores The Cure. Además de los escoceses, levantaría pasiones algo más tarde en el mismo escenario el dúo de electrónica pop Delaporte. La energética fusión de electrónica y ritmos latinos de Sandra y Sergio, cuyas variadas referencias convergen en un sonido propio, fue muy bien recibida por un público que abarrotó la carpa y cantó a pleno pulmón los temas de su disco de debut.

En el escenario de la comunidad de Madrid, Mogwai estuvieron a velocidad de crucero, que es como decir que dieron otro buen bolo: les he visto una decena de veces y nunca han estado por debajo del notable. Esta vez apostaron por la contención (Take Me Somewhere Nice, I´m Jim Morrison, I´m Dead) aunque se despacharon con la enésima y demoledora relectura de Mogwai Fear Satan y sus guitarras incendiarias.

Prophets of Rage

Después de que Prophets of Rage pusieran patas arriba el escenario Madrid Te Abraza con una vigorosa y fiel relectura de Killing In The Name Of, iba a llegar el plato fuerte de la jornada (y del festival): The Cure se retrasaron quince minutos, levantando la inquietud entre un público que, poco antes, se había abalanzado a la parte de atrás del escenario para buscar la foto de Robert Smith y compañía bajándose del autobús. Lo de los británicos es un misterio: conozco a fans muy fans (incluso más que yo) que afirman que están acabados. Razones no les faltan: no sacan disco desde otoño de 2008. Apenas tocan material de los últimos veinticinco años (ni falta que hace). Ni siquiera está ya el guitarrista Porl Thompson, sustituido por el competente Reeves Gabrels (Tin Machine). Por no hablar del añorado Boris Williams. Pero se suben al escenario y de la nada surge la magia.

La banda empezó pletórica con Plainsong y un sonido poderoso y prístino. Después llegó una demoledora cadena de canciones para la eternidad: de High a In Between Days, Push, Lovesong y A Forest. Robert Smith canta cada canción con como si fuera la primera vez, arropado por los bajos implacables del inquieto y carismático Simon Gallup y las tablas y compromiso de la banda, que cuidan cada matiz melódico. Nada menos que siete canciones cayeron de su obra maestra Disintegration, que cumple este año tres décadas sin que nada ni nadie desafíe su majestuosa relevancia. Alcanzaron el cielo (o los abismos, según se mire) con canciones como la apocalíptica From The Edge of The Deep Green Sea, cumbre de su alma más densa y oscura. La cosa iba para concierto histórico, sí, o al menos tan emocionante como el último de Madrid en el WiZink Center. Pero tan arriba empezaron, que fue inevitable que perdieran fuelle en la última parte y el bis, culminado con unas Why Can´t I Be You y Boys Don´t Cry algo desfondadas. Es el peaje que se paga cuando se rozan las dos horas y media de show sin el pacto con el diablo que parecen haber firmado elegidos como el Boss o Neil Young. Quizá sea el momento de que Robert y compañía concentren más su fabuloso repertorio.

The Cure