La comunión de la diva con sus Little Monsters
Conciertos / Lady Gaga

La comunión de la diva con sus Little Monsters

8 / 10
Alber Carreras — 16-01-2018
Empresa — Live Nation España S.A.U.
Fecha — 14 enero, 2018
Sala — Palau Sant Jordi, Barcelona
Fotógrafo — Cedidas por la organización

La noche del 14 de enero fue una velada de reencuentros. Era la primera parada de la reanudada gira europea “Joanne World Tour”, después de su anterior cancelación por culpa de la fibromialgia que padece la cantante. Por un lado el volver a sentir el calor de sus queridos Little Monsters europeos, que estaban un tanto impacientes de volverla a ver, y por otro lado la de reencontrarse con ella misma, venciendo sus demonios, para recuperar su trono dentro del panorama musical. Pero la gran diferencia de Lady Gaga con otras divas del pop es que ella sufre como el resto de los mortales (como contaba en su reciente documental para Netflix “Five Foot Two”). Por eso sabe contactar con su público como ninguna otra. Se preocupa por sus fans, quiere estar cerca suyo pese a sus extravagancias propias de otras galaxias. Y ahí radica el poder de Lady Gaga: la conexión con su base de seguidores.

En Barcelona se mostró como un ciclón de principio a fin, con un largo show de dos horas de duración dividido en varios actos. Completamente recuperada de fuerzas, con un gran poderío vocal que hizo vibrar a los 15.600 asistentes con un montaje de los más espectacular. El escenario principal se desmembraba en varias plataformas que iban moviéndose en diferentes alturas y grados de latitud, y donde once bailarines hacían piruetas, mientras intentaban no quemarse por las llamas que esporádicamente escupían fuego como si fuera un concierto de Kiss; una pantalla gigante de altura cambiante proyectaba videos entre canciones mientras la cantante cambiaba de vestuario. Pero lo más sorprendente fueron los tres escenarios que había en la pista, unidos por pasarelas flotantes que subían y bajaban de unas estructuras con forma de vainas, donde se proyectaban vídeos y se escondía todo un arsenal de luces multicolores. Un despliegue total de medios con un resultado de impacto.

A nivel musical, una banda muy musculada tocó en directo, sin casi pregrabados, cosa poco habitual en este tipo de giras, cumpliendo en todo momento las diferentes necesidades de las composiciones de Lady Gaga. También había interés por ver cómo encajarían en el show las nuevas composiciones de “Joanne” -su disco más personal según sus propias palabras-, en el que homenajea a su tía desaparecida en 1974 y que marcó mucho a su familia. Se trata de un álbum menos bailable, con lugar a más baladas o a toques country, pero en directo la mezcla del viejo material con el nuevo funcionó perfectamente, equilibrando hits rompepistas con canciones más pausadas.

Empezó el show de lo más rockera con Diamond Heart” y “A-YO” dónde sonaron hasta punteos de guitarra heavy metal. Con “Poker Face” llegó el primer hit de cosecha antigua con un baile a lo Coyote Dax; siguió “Perfect Illusion” más contundente que en su versión grabada. En el segundo acto sonaron “John Wayne”, “Alejandro” y destacó “Scheiße’” por sus ritmos dance de los noventa. En el tercer acto, “Just Dance” hizo remover los cimientos del Sant Jordi y “Telephone” sonó en una versión demasiado corta. El concierto se podría haber resentido de tantos parones para los cambios de vestuario de la diva y los cambios escenográficos, pero, aunque faltó algo de fluidez, fue un mal menor ante tal faraónico montaje. En el acto cuarto empezó el festival de las pasarelas flotantes, el ir y venir entre los escenarios ubicados en la pista. En un uno de ellos se quedó sola, guitarra en mano y dedicó “The Edge Of Glory” a la ciudad de Barcelona y a las personas desaparecidas en el atentado de hace unos meses. Durante todo el concierto se mostró con muchas ganas de hablar con su público, explicando todas las vicisitudes que había pasado, tiró de tópico cuando comentaba lo mucho amaba la Ciudad Condal, lo agradecida de tener unos fans tan fieles y que habían pagado su entrada y repitiendo la frase “¡Os quiero mis pequeños monstruos!”. Estableció un buena comunión con sus fieles, llegando al cénit cuando hacia al final del concierto, leyó una nota de agradecimiento que le dieron una pareja de fans. Se emocionó, bajó al público a saludarlos y para hacerse unos “selfies” con ellos. Posteriormente se fue despidiendo con un movido “Bad Romance”, seguida de “The Cure” y cerró en formato íntimo sola a piano con “Million Reasons” en comunión total con la audiencia, móviles en mano.

Un concierto en el que pasó de todo, como hacer “zapping” pasando por todos los canales que hay en la dimensión desconocida de la televisión. Amor, superación, tragedias griegas, momentos dignos de culebrones venezolanos, fuego, llantos, emociones a flor de piel, explosiones, ninjas voladores, deportes de riesgo, purpurina, vestidos de encajes, ritmos arrebatadores, bailes frenéticos, momentos íntimos y delicados… Pues sí, todo esto y más es lo que a día de hoy ofrece un concierto de Lady Gaga, un montaña rusa de subidas y bajadas emocionantes al alcance de pocas artistas de la actualidad.

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