En su octava edición, Keroxen se reafirma como ese cóctel exótico y curiosón que a uno le apetece derramarse por encima lentamente. Los ingredientes principales de esta mezcla tan atrayente son su ubicación -un tanque de queroseno de gran capacidad situado en la isla de Tenerife y reconvertido en lugar de conciertos- y una programación musical exquisita, que este año ha mezclado en una habilidosa aleación química artistas tan maravillosos y dispares como Porest, Eric Copeland, Dengue Dengue Dengue o los japoneses Group A.

Keroxen es, dentro y fuera de la isla, una auténtica rareza ideada y dirigida con mimo por Néstor Torrens, conocido artista canario. El festival se caracteriza por ser underground dentro del underground, vanguardia pura, una mezcolanza perfecta que incluye momentos enloquecedores, como cuando en mitad de la noche se saca una pata de jamón asado a una mesa iluminada en medio de los pasillos circulares del Tanque y un habilidoso cortador va desprendiendo pedazos al mismo ritmo al que la jauría de público, embriagado de música, baile y noche, va devorándolos con una alegre desesperación. Este tipo de escenas tradicionales del festival, unidas a la potente programación, terminan de formar un puzzle impactante, pero que no extraña demasiado en una isla que vio nacer un importante núcleo del surrealismo.

El último fin de semana, caracterizado por la mezcla de grupos patrios con bandas de diversas partes del planeta, fue una explosión de bailes arrebatados, sudores y apasionada entrega por parte del público. El despliegue de talentos no fue para menos. La primera noche empezó con los gaditanos Hölograma y su indie kraut espacial, que van lanzando con calma desde el escenario, dejando un regustillo a Deerhunter. Les siguieron Bala, esas dos chicas prodigio gallegas, bestias incansables de la distorsión, el fuzz y el grito salvaje. Era maravilloso verlas discurrir, dejándose la vida, como si siempre fuera poca distorsión y poco grito, hasta el punto de tener que detenerse agotadas por su propia fiereza en algún momento -muy a su pesar, porque son animales arrolladores, capaces de crear un directo casi sin pausas. La psicodelia sesentera y colorista de los catalanes Ocellot difuminó el poso de bella energía oscura que Bala había dejado sobre el escenario. Su pop electrónico y psicodélico devolvió cierta calma a un público que ya empezaba a menear el cuerpo. Les siguieron Schwarz, un maridaje perfecto de rock psicodélico con toques electrónicos y una pizca de tropicalismo, aunque quizás sus partes más ambient bajasen un poco el tono de un público que ya andaba despendolado. Cerró la noche el neoyorquino Eric Copeland, un ser que despertó gran curiosidad entre el público. La máquina de humo lo sumía en una nube, y se le veía solo y cabizbajo, entregado con tímida fiereza a su electrónica sórdida y animal, como un personaje atrapado en el ambiente desquiciado de un after. Es cierto que, en un inicio, su directo desconcertó a muchos, porque la acústica del Tanque (que a veces aumenta la reverberación) hacía difícil seguir esa superposición de capas de sonido y el efecto de voz habitual en sus directos. Finalmente, su libertad experimental ganó los corazones de gran parte del público. Incluso hubo cierta elegancia en ese final casi truncado, que dejó a los más bailongos de la pista un tanto descolocados, con ganas de diez horas más de Copeland.

La segunda noche empezó con una lluvia tropical suave que, en lugar de ir en perjuicio del sonido -el tanque es de metal, y se hablaba de una tormenta que había afectado al sonido en una edición anterior- regalaba al espacio una atomósfera especial de paraíso monzónico que abrazaba la fiesta con calidez. Un ambiente ideal para la programación especial de cierre, esa fiesta de psicodelia tropical mezclada sabiamente por las cabezas mágicas del colectivo canario-argentino-madrileño Chico Trópico y aderezada en todo momento con los visuales del artista canario Lasal. Abrieron la jornada los Dj’s canarios El Fenómeno de Taganana, con su habitual mix de reliquias populares latinoamericanas. Les siguieron los propios organizadores de la fiesta de cierre, Chico Trópico, haciendo gala de su habitual maestría performativa. Nada faltó en su show. Procesión de oscuro carnaval pagano y una extraña criatura sin rostro que permaneció bailando y tocando unas maracas hechas con vainas secas de flamboyán. Comenzaron con una revisión de un tajaraste, clásico del folklore canario. La ejecución y esa vuelta a la raíz isleña sobrecogieron al público. Después continuaron explotando con la experimentación tropical y psicodélica latinoamericana, ocultos tras sendas máscaras tuneadas para la ocasión, abriendo el camino a los argentinos Síquicos Litoraleños, también parapetados en su inquietante disfraz, que terminaron de armar el carnaval, deleitando al público ya enloquecido con su lisérgico folk ruidista.

Les siguieron Porest, grupo californiano que provocó una voladura de cabeza generalizada: sus conciertos muestran una especie de realidades paralelas teatralizadas, en las que cantan o casi declaman, acompañándose de una psicodelia combinada con samples y teclados enloquecidos, una crítica a la intolerancia religiosa y a la caña infernal que le damos a Oriente Medio desde nuestro querido primer mundo. Mark Gergis, uno de los integrantes del grupo, sostiene que Porest es en realidad una especie de venganza artística hacia los compañeros que le daban cera en el cole por ser mitad árabe. Desde luego, la fuerza de esa venganza está muy presente en las toneladas de acidísimo sarcasmo que derraman Porest en su espectáculo. Simplemente grandiosos.

Para terminar, Meridian Brothers acabaron de reventar la fiebre bailonga, vestidos de riguroso raso rojo. Era el último concierto de esta edición del Keroxen, y el público cayó en un desmadre sudoroso y gritón, pidiendo más y más a los Meridian. En las primeras filas se vivieron momentos de auténtica fascinación extática por esa orgía de ritmos tropicaloides enloquecidos que regaló el grupo colombiano. El desmadre reinante en la pista de baile dejaba claro que el festival propiamente dicho -aún quedaban las pinchadas de la fiesta final en un club cercano- había llegado a su culmen. El Tanque cerró sus puertas y la plaga de baile se trasladó fluidamente a un club al borde del mar, donde Mark Gergis (Porest) y Grita (David, de Caballito) se turnaron de forma magistral para dar de comer esquizofrenia sonora a la multitud hambrienta.

Las preguntas que quedan flotando tras un fin de semana de intensidad keroxénica son más o menos las siguientes: ¿Es real un festival así en una isla como Tenerife, con una cierta indolencia generalizada hacia los eventos culturales (salvando determinados círculos, claro está), o una especie de espejismo muy nítido que surge año tras año como una aparición celestial? De ser real y no una especie de sueño alucinatorio, ¿cómo podría acercarse a más público este tanque de queroseno lleno de magia rara? ¿Accedería alguien a gastarse los billetes que suelta para acceder a cualquier otro festival nacional por un pack completo de Keroxen? ¿Sobrevolarían un poco de Atlántico, paralelos a la costa africana, para aterrizar en este oasis-circo-fiesta lisérgica en forma de tanque plateado? Deberían.