Música para hiperestimulados
Conciertos / Hiatus Kaiyote

Música para hiperestimulados

8 / 10
Marcel Pujols — hace 2 semanas
Empresa — Serious Fan Music
Fecha — 04 noviembre, 2019
Sala — Apolo, Barcelona
Fotógrafo — Serious Fan Music

Si algo se notaba en el ambiente solo al entrar en la sala Apolo era que había una expectación entusiasta para el concierto de los australianos Hiatus Kaiyote. Solo habían visitado Cataluña en 2016, en un concierto veraniego en Luz de Gas en el que ya agotaron las entradas anticipadas. Este lunes pasó lo mismo, la gente había conreado su admiración hacía un grupo que no presentaba novedades discográficas –siguen girando mundialmente con sus dos discos “Tawk Tomahawk” (12) y “Choose Your Weapon” (15)– pero al que el paso del tiempo les ha dado halo de mitos del neo soul. Menuda etiqueta…

Se dice de su música que suena como el soul del futuro, pero nada más lejos del presente: suenan a “aquí” y a “ahora”. Al escuchar sus canciones ves a los melómanos millennials, a aquellos que hacen zoom a todo, incluso a fragmentos de canciones que parecían no poder someterse a la alta definición. El soul, el hip-hop, la electrónica, el jazz o la psicodelia son juguetes para el cuarteto de Melbourne, se autodenominaron gente hipercreativa en esta entrevista en nuestras páginas, y se podría decir que hacen música para gente hiperestimulada.

Todas esas cabezas que llenaban la sala de arriba del Apolo tenían muchas ganas de airearse un lunes de noviembre. Al salir al escenario tres cuartas partes de la banda para caldear un poco el ambiente con una intro espacial, los breaks de batería se celebraban como si de un regate de Messi en el Camp Nou se tratara. La admiración eufórica sería la tónica del concierto. Nai Palm, la vocalista, guitarrista e icono de la banda, apareció poco después con un look hip hopero, untada con medallones y joyas por todo el cuerpo, gorra con bandana larguísima y flow a repartir. Empezó todo con “Laputa” y de ahí hasta el infinito y más allá.

La fusión de los cuatro instrumentos principales (voz, bajo, teclados y batería) era de lujo. Las piezas se transportaban en bloque a paisajes muy diversos y con una naturalidad apabullante, la gente quería cambios repentinos y los tenía en la cara, cada diez segundos o menos la secuencia musical mutaba. Una locura que en directo ganaba en espectacularidad. Palm se dirigió por primera vez al público agradeciendo el hecho de que hubiera tanta gente mientras había otro gran festival en la ciudad (suponemos que se refería al protagonizado por los manifestantes y las fuerzas del orden). “Quizás muchos nerds estén por ahí, esperemos que quedé alguno por aquí”, así lo dijo.

hiatus kaiyote

Y los nerds estaban ahí, cautivados por unas harmonías vocales que eran el principal foco de atención. La amalgama de recursos que iba desgranando Palm con la voz hizo que, cuando se ponía también a la guitarra, el instrumento quedase muy en segundo o tercer plano, con dificultades para penetrar con intención en las composiciones. Más allá de este matiz que se fue difuminando por la fuerza del concierto, los dos discos de la banda se desnudaron con bastante equidad. Sonaron “Mobius Streak”, “Swamp Thing”, “Creations” (las dos partes), “Molasses” o “Borderline With My Atoms”, como también canciones que hace tiempo que forman parte de su repertorio pero que se esperan para su tercer disco, como “Chivalry Is Not Dead” o “All The Words We Don’t Say”.

El primer gran bloque del concierto se cerró a la hora con “Breathing Underwater”, uno de los hits que volvió a enganchar a un público atento en todo momento pero en busca de las canciones más memorables del grupo. Unos sorbos de agua dieron paso a la balada hiperbólica “Jekyll”, que convirtió a sectores de la audiencia en aves en época de apareamiento, hecho que hacía perder el tono íntimo de la canción. El grupo aguantaba, siguen siendo jóvenes (recién llegados a los treinta) y el calvario del cáncer que acechó a la cantante en 2018 y que la dejó sin un pecho no afectó para nada a la vitalidad que mostraba en el escenario.

A partir de ahí, el show subió otra marcha, el final se empezaba a divisar. A esas alturas te dabas cuenta que lo más espectacular era como enlazaban los temas, como perdías la noción del tiempo y no sabías exactamente donde te encontrabas. Con la parte drum’n’bass de “Atari” se perdió todo contacto con la Tierra y los cuerpos bailando ganaban a las bocas abiertas. Después, con “By Fire” y una hora y media de concierto en el bolsillo, acabó el tiempo reglamentario. Quedaba el de descuento, que se produjo después de un fuerte estruendo del público que hizo volver a la banda al escenario.

El riff entre metalero y alienígena de “Cinnamon Temple” (otra canción que aún no tiene disco) abrió los bises, que siguieron con “The Lung” y la esperada “Nakamarra”. La canción que les valió la nominación a los Grammy en 2013 era la mejor candidata para concluir casi dos horas de concierto. “Love you I do” cantaba todo el mundo, los móviles en alto, los perreos popularizados, las manos arriba como bendiciendo a un ser superior, los brazos altos balanceándose como en un concierto de rap y muchas cabezas ladeándose al ritmo de los Peta Zetas estimulantes que tenían dentro. Concierto para hiperestimulados, para nada saciados. La próxima vez la sala tendrá que ser más grande.

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