Cuando lo que defiendes habla por ti es mucho más fácil disfrutar de la batalla. Tiene todo más sentido, nos sale todo mejor. Incluso cosas que nos decían que nos salían mal. El sábado en la Joy vimos a Los Punsetes más centrados que nunca, intensos, capaces, convencidos, cómodos. Defendiendo un cuarto disco que no ha bajado un ápice la incuestionable calidad de su meteórica carrera y que nos ha traído otro ramilletes de clásicos instantáneos que sumar a los que ya nos sabíamos de memoria.

La sala señera de la calle Arenal estaba repleta de entusiasmo y solo faltaba encender la mecha y dejar que todos girásemos en medio de la noche siendo consumidos por el fuego. Lo hicimos y ellos lo hicieron locos de ganas de agradar desde que se subieron al escenario. Allí demostraron carácter (solo un grupo con un carácter especial empieza un recital con la última canción de su último álbum), disciplina (maravillosos momentos de “Tan lejos, tan cerca” o “Un corte limpio”) e intuición (llega un momento en la vida en el que solo se puede escuchar “Pinta de tarao”).

Allí se hicieron mayores mientras bajo el escenario los niños jugaban a ser rebeldes a tiempo parcial. Allí nos hablaron de tus amigos, de los míos, de nuestra opinión de mierda, de las parejas (de policías) y hasta de los cervatillos, que por otra parte salieron indemnes del incendio. Allí, en su ciudad, en Madrid.