Ethel Cain regresaba a Madrid tras su celebrada visita a la ciudad en noviembre del pasado año, en este caso para actuar dentro de ese primoroso ciclo que es ‘Noches del Botánico’, en un marco que se antojaba idóneo (e idílico) para recibir a la artista. Es de sobra conocido que Cain ha conectado de frente con un público joven que la venera sin paliativos y ha focalizado en la de Florida a un icono del colectivo LGTBI+. Por eso no extrañó comprobar como un ejército juvenil que vestía sus mejores galas tomaba el recinto, compartiendo espacio, eso sí, con no pocos representantes de la vieja guardia.
Una capacidad, la de conquistar ambos mundos, que no es sino el superpoder de la norteamericana, tan capaz de empatizar existencialmente con veinteañeros como de convencer, en base a una calidad fuera de toda duda, al más exigente veterano. Logro consensuado también a lo largo de la hora y media que duró su concierto, transformado en una etérea liturgia durante la que nadie osó rasgar la magia o perder el respeto ante la oficiante. Bien flanqueada por cuatro solventes músicos y en un escenario decorado con buenas dosis de vegetación, el paso de Ethel Cain quedo torneado como acto casi religioso, entreverado entre generosas bocanadas de dream-pop y shoegaze envueltas en un halo de misterio y acogedora oscuridad.
Una anomalía que la maestra de ceremonias maneja con soltura, también cuando tiene que dar paso a esa veta más pop que, aún certificando el aparatado más efectista del espectáculo, apenas resta credibilidad a la propuesta. Las piezas, todas, encajan en una actuación cocinada a fuego lento, mientras la figura cada vez más creciente de la vocalista señala el camino con canciones como la inicial “Sunday Morning”, “Nettles”, “American Teenager”, “Ptolemaea”, los impagables diez minutos de “Tempest” que remiten a atmósferas propias de The Cure, “Dust Bowl” o “A House In Nebraska”, además de “Crush” y “Sun Bleached Flies” ejerciendo como efectivos bises.
Una selección que desemboca en aquel universo de melancolía y tristeza transformada en belleza propiedad de la autora y que, con detalle y meritoria calma, hace extensible al hipnotizado público. Durante toda la velada, Ethel Cain interiorizó las influencias de Cocteau Twins, Mazzy Star, Cat Power o Beth Gibbons, rezumando un tipo de realismo que se antoja definitorio –desde el plano lírico y en su misma interpretación narrativa sobre las tablas– y ejerce como nexo común cuando se trata de embriagar a unos y otras (y al margen de sexo, edad o condición de cualquier tipo) en torno al poso emocional.

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