Deer Tick no son de seguir dictámenes, ni siquiera parecen dispuestos a mantener cierta coherencia interna. ¿Quién la necesita? Su discografía es escurridiza en cuanto a géneros: de la americana más cruda al pop-rock y al folk irlandés tabernario, pasando por medios tiempos y baladas mayúsculas. Y claro, sus directos no iban a ser menos. La última vez que los vimos, hace unos meses en Sydney, parecían haber dejado su faceta rockanrolla aparcada: no hubo besos de tornillo, ni cervezas volando ni esas canciones que te despiertan con un bofetón sonoro. No fue el caso de su concierto en la sala Caracol. La noche arrancó con “The dream’s in the ditch”, “Clowin’ around” y “The Bump”, lo que podría leerse como una sutil declaración de intenciones, reafirmada por “Easy” y su nuevo tema “White city”, una versión de The Pogues -grupo de referencia para McCauley, líder del grupo-, que aparecerá en su nuevo disco previsto en febrero. 

Los de Providence recuperaron temas de toda su discografía para delicia de los fans entregados en las primeras filas. Aunque es recomfortante comprobar que canciones nuevas como “Card house”, “Jumpstarting” o “Look how clean I am” son mucho más que un burdo relleno para un grupo que teóricamente alcanzó su cenit con “The Black Dirt Sessions”. Volvieron las guitarras espídicas y tirarse por el suelo, los ojos cerrados en trance del guitarra Ian O’Neil, las posturitas de Chris Dale, bajista del grupo o la dulce voz de Dennis Ryan al interpretar “Me and my man”. Admitamos ya que queremos hacer el amor a las cuerdas vocales de John McCauley. A camino entre cantautor y redneck, sin filtros ni postureo y un diente de oro que brillaba al gritar “Baby! I say baby”, mientras la batería le replicaba, antes de dar paso a una musculada versión de “These old shoes”. “20 miles” -ahora sí, coreada por toda la sala- “Ashamed” o “Baltimore Blues no.1” fueron como sentarse frente a una chimenea, mientras fuera, la lluvia martilleaba sin descanso la calle vacía. Tras la insistencia de un fan, interpretaron “Dirty dishes” en una versión casi acapella, tomándose su tiempo, saboreando el encanto de los vencidos que desprenden sus letras. A saber si tardaran otros seis de años en venir, cómo será su próximo disco o si por fin el éxito cosechado entre la crítica tendrá su equivalencia “mainstream”. De momento, nos quedamos resguardados al calor de unos camaleónicos Deer Tick.