El Valladolindie –autodenominado “El festival más largo del mundo”– ofrecía una nueva parada en su discurrir, con una fecha que se antojaba especial por doble motivo. Primero porque significaba el regreso a la capital castellana de Cooper, años después de su anterior visita. Y segundo porque el evento se fijaba a la hora del vermú, lo que propició que un buen número de chavales acompañasen a aquella vieja guardia fiel al artista. Alejandro Díez y compañía venían a presentar en vivo las canciones incluidas en “Tiempo, Temperatura, Agitación” (Elefant, 18), notable álbum que en breve cumplirá un año desde su publicación.

Parece claro que, sobre los escenarios, el proyecto del leonés se encuentra en su momento más ambicioso, después de un periplo de dos décadas que incluye infinidad de giras y un generoso reguero de discos y EP’s. Porque el vocalista se acompaña ahora de una solvente banda de cuatro miembros, completada durante buena parte del concierto con dos músicos adicionales que, a los vientos, aportan (aún más) empaque y lustre a una sección sin fisuras. El combo ejecutó una actuación de intensidad creciente, pero en realidad activa y directa desde el minuto uno. Esta fiesta no permite desperdiciar tiempo, y cada gema interpretada desde el escenario añade un nuevo eslabón a la valiosa secuencia seleccionada.

Fue así como vibraciones positivas inundaron la sala y contagiaron al público, al ritmo marcado por temas recientes como “Ya llegó el verano”, ese clásico instantáneo que es “Salto”, “Infinito” o “Graciela”. Composiciones que encajan con naturalidad en el repertorio, y aguantan la comparativa con himnos power-pop, mod y nuevaoleros del tipo “Hyde Park”, “El Circulo Polar”, la maravillosa melancolía de “El asiento de atrás”, “Cerca del sol”, el latigazo eterno de “Rabia”, “Cierra los ojos”, o el recordatorio a Los Flechazos con “A toda velocidad” y “Las Luces Rojas”. Todo salpicado con la pasión y contagiosa sonrisa del autor, hasta motivar una felicidad reconfortante e ininterrumpida durante noventa minutos.

La familiaridad y calidez latentes en la voz de Alejandro Díez son patrimonio de la música pop de este país desde hace ya tiempo, en una cercanía probada una vez más a su paso por la sala Porta Caeli. Y es que, si hablamos de ese tipo de pop luminoso de guitarras ampliamente empático, a día de hoy pocos grupos de la escena pueden igual el nivel de Cooper en directo. Por una ejecución tan contundente como medida, pero también por un fondo de catálogo apabullante que no ofrece tregua alguna al satisfecho espectador.