Algún tipo de inconcreto reguero de magia se extiende cada junio por El Ripollès (Cataluña). Lento y paradisíaco, como un río llano pero caudaloso; e intenso y fugaz, como una verbena de noche de verano.

Entre montañas del prepirineo, en el valle que acoge el pequeño pueblo de Sant Joan de les Abadesses, el Clownia Festival este pasado fin de semana cubrió de una fina capa de atemporalidad y onirismo a más de 4500 visitantes que perpetraban una vez más un milimetrado plan para intentar cambiar el mundo a través de la música.

“Primero fue Clownia, la ciudad lejana; luego sus habitantes, y ahora, gracias a todos vosotros, esto ya es un Estado que proclama su libertad cada verano.” Esto salía de la boca de Alguer Miquel (Txarango), líder de la banda artífice del festival, en un parlamento que ejecutó subido al escenario justo antes del concierto de Joan Garriga, que cerraba los cuatro días de conciertos y sonrisas el domingo por la tarde.

Esta edición celebraba sabrosamente los escasos 5 años de vida del festival. ¡Pero qué cinco años!. En su quinto aniversario, se hace innegable que lo que pretendía ser un humilde espacio de música, circo y teatro, ya es hoy un consagradísimo mito entre los festivales catalanes más festivos. Por sensibilidad cultural, por perfección organizativa, por buen gusto musical, por convencida inclusividad, pero sobre todo por una nítida apuesta por un necesario valor añadido: el compromiso social. Y hablamos de ideas políticas, sí, pero también de cultura, de ecología, de solidaridad, de conciencia cotidiana, de voluntad de unir comunidades y sobre todo de sinceridad rebelde en lo más primario y primitivo del ser humano, en las emociones, en los valores y principios individuales y en la plenitud moral de cada uno.

Decía Jean-Paul Sartre que “el compromiso es un acto, no una palabra”, que hay una diferencia entre querer hacer algo y hacerlo, entre intentarlo y conseguirlo. Y es justamente eso lo que hace del Clownia mucho más que un festival, igual que Txarango es mucho más que un grupo de música. Lo que ha hecho grande a los dos ha sido justamente esa mixtura de historias, vivencias y ejemplos de esa sinceridad vital premeditadamente provocados y que dejan allá por donde pasan, conciencias removidas, cambios palpables y solidaridad materializada. Historias como la de Ahmad, su hermano Dolovan y toda su familia.

Fue en uno de los numerosos viajes de Txarango a los campos de refugiados griegos, (esa vez en el EKO Camp, cerca de Idomeni), en dónde los conocieron. En aquel momento de hace ya tres largos años, Ahmad y compañía eran unos refugiados kurdos en ese invierno griego.

En una de esas visitas en las que se servían de sus instrumentos y su música para intentar al menos distraer unos instantes de ese despropósito europeo, fue cuando a esos jóvenes casi niños les absorbió el ritmo de “Resiste y grita”, una canción del último disco de Txarango, inspirada justamente en ese campo de refugiados. La canción se convirtió en su pequeño himno, resquicio de una voluntad de terca esperanza.

Ahora, el porvenir de Ahmad y su familia ha dado un giro: la semana pasada consiguieron los papeles de ciudadanos europeos y aterrizaron en Barcelona con, por fin, una vida por delante. Txarango los invitó a subir a cantar la canción en su concierto del viernes, en el que descubrieron a miles de personas que, no solo se sabían su canción íntegramente, sino que también sabían de su historia, y que en aquel momento, hacían mucho más que solo cantarla: estaban celebrando su llegada. “Clownia 1 – Europa 0”, alguien gritó al final.

Si bien ese fue uno de los momentos más emotivos e intensos del festival, la curva emocional de este, seguiría recorriendo, ahora subiendo y ahora bajando, unas cuantas historias más. Como la que hay detrás del cabeza de cartel indiscutible a nivel musical: The Cat Empire (con el permiso de Amparanoia, de Els Catarres, de Xavi Sarrià –Obrint pas- y de los mismos Txarango).

El concierto del grupo australiano era la joya de la corona del sábado noche, un concierto fruto de la relación casi fortuita entre ellos y Txarango, con los cuales han coincidido en un par de ocasiones tocando por Europa, forjando algún tipo de amistad musical que ya conocíamos después de su cameo en la canción “Som foc” del último disco de los catalanes.

Más historias para la posteridad del festival, esta un tanto curiosa, o que al menos llamó la atención: entre el cartel del festival había el exjugador del Barça Oleguer Presas. Y no es que el defensa haya montado una banda, nada más lejos de la realidad, pues fue invitado al “Espai consciència”, uno de los espacios del festival, el cual, consolidándose este año, acogió de nuevo una serie de charlas, talleres y conferencias entorno al compromiso social y la cultura y economía solidarias, así como una feria de entidades y colectivos comprometidos socialmente, como Proactiva Open Arms, La Directa o la Xarxa d’Economia Social i Solidària. En este contexto, Oleguer participó en una charla sobre fútbol y capitalismo, racismo y machismo, contribuyendo a lo que era sin lugar a dudas, un cartel (el de este “Espai consciència”) que debemos alzar y destacar al mismo nivel que el musical, al menos por lo que respecta a su papel clave para contribuir a eso que decía Sartre.

Durante esos cuatro días, la prisa no hizo parada en Sant Joan de les Abadesses, y entre calmadas conversaciones sentados en la hierba, riendo con algún patoso payaso, se tejieron más historias. Más vivencias de sinceridad vital.

Y es que decir que el Clownia no es un festival cualquiera, puede parecer una frase más, pero lo cierto es que tras cuatro intensas jornadas de música, conversaciones y encuentros, la complicidad humana que en él se genera lo atestigua. Y también las consciencias removidas que de allí salen.

Queriendo ser solo un sutil humilde espacio de convivencia consciente, el Clownia Festival es ya un Estado independiente auto liberado. Un tesoro precioso, un reducto de efervescencia deliciosa. Un país donde todo es posible. Incluso el creer, el confiar, el tener esperanza, el gozar pero de verdad, el sentir muy adentro, el reír, el llorar, el callar y el escuchar. Y cuando los habitantes de este Estado de esta dimensión paralela vuelvan a sus rutinas cansados pero llenos, quizás algún día se sentarán a conversar en la hierba de algún prado un domingo de verano y recordaran de golpe que sí, que “otro mundo es posible”.