El festival del sello californiano  Burguer Invasión creado por Lee Rickard y Sean Bohrman, etiqueta que cobija a una parte de lo que algunos plumillas han convenido en llamar escena de garage-pop, daba su segundo round tras su paso por Barcelona. Aglutinó a una parroquia de lo más variopinta en la que se dieron cita varias generaciones. Entre público indie adolescente, y asistentes más talluditos, se adivinaba parte de la intelligentsia roquera madrileña. Así que entre la muchedumbre se podían distinguir a músicos de Parrots, Trajano!, Los Coronas, Hollywood Sinners…dispuestos a testar el potencial de la escudería de Fullerton.

El evento, que contaba, con el patrocinio de la marca de ropa de skate Volcom auguraba una tarde de domingo cuánto menos interesante. La velada tuvo dos tiempos bien marcados. Por un lado el del indie pop complaciente y sin demasiados sobresaltos ejecutado de forma impoluta y con un sonido muy nítido a cargo de Younghusband y Cotillon. Los londinenses, que ostentan el nombre de un célebre militar y explorador británico, famoso por sus exploraciones en Oriente y Asia Central, dieron rienda suelta a su libro de estilo con apuntes de Felt, Yo la Tengo o Pavement ante una sala bastante desangelada, dado la hora temprana en que arrancaron. Tras una escueta media hora les tomaron el testigo Cotillon, el trío liderado por el guitarrista, cantante y compositor californiano Jordan Corson, demostró saber estar y siguió un poco la senda abierta por Younghusband. Es decir, más indie pop ascendencia lo-fi ejecutado milimétricamente a la perfección y con un final de noise rock que subió de revoluciones la sala y sirvió de antepuerta para lo que venía.

The Molochs disfrutaron de un lleno hasta la bandera. Los californianos, que parecen sacados de la máquina del tiempo, con una estética sixty tanto visual como musicalmente, pisaron el acelerador y tiraron de rhythm blues británico y pop con referencias clásicas (The Smiths, Suede). Sin hacerle tampoco ascos al folk y sacando la armónica cuando la ocasión lo requería. Dieron buena cuenta de su segundo largo “America’s Velvet Glory” y pusieron el listón bien alto para sus testigos. Quizás fueran Wand los triunfadores de la noche, tanto por la propuesta con la que epataron como por su magistral forma de hacer sobre las tablas. Su afilado repertorio de rock psicodélico con recovecos progresivos y pespuntes de math-rock, evidenció quién lleva la batuta. El maestro de ceremonias Corey Hanson, quién con su virtuosa guitarra y su andrógina voz a lo Billy Corgan incendió la sala con un fuego de proporciones inmensas. Y aunque fueron de más a menos en intensidad y dejaron los temas más épicos y repisados para la receta final se erigieron en caballos ganadores. Pero quizás la sorpresa más grande fue la que propició The Garden (en la foto), un dúo de alocados gemelos de Orange Country, que no tienen vergüenza alguna a la hora de salir al escenario. Su electro-punk trufado de hip-hop, delirios de frenopático e incluso grind-core, supuso un reconstituyente en toda regla, incluso mejor que un chocolate con churros de la vecina San Ginés. Su salida con cabriolas, saltos mortales y volteretas comiéndose el escenario, hace que esta pareja de revoltosos Zipi y Zape se convierta casi en un número de circo. Con solo una batería y un bajo, algo así como el Capitán Entresijos pero en versión Naranja Mecánica, arremetieron entre secuencias, distorsiones, carreras de velocidad y virtuosismo a golpe de timbal para dejar a la sala con la mandíbula desencajada.

El plato fuerte de la noche eran los legendarios Dwarves, conocidos por sus frenéticos y salvajes shows, como el que dieron en la sala Revolver en 1993 junto a The Reverend Horton Heat y Supersuckers, donde hubo hasta un número de masturbación en directo. Llegaron con la hora pegada al culo tras una pérdida de equipaje en Barcelona. Y sin prueba de sonido alguna arrancaron como una estampida de búfalos con su punk rock sin concesiones. Blag Dahlia, su carismático frontman, presentó a los Dwarves como la banda más políticamente incorrecta de San Francisco. Y no se equivocaba al disparar con joyas como “Everybody´s girl”, “Sluts of the USA” o “The Dwarves are still the best band ever” . Tras cuarenta minutos con el piñón a todo trapo y repasando algunos de los temas más punteros de su discografía y de su último y flamante álbum “Take back the night”, pusieron broche a una noche que se podría catalogar de notable.