Satán vende. Y si no que se lo pregunten a los polacos Behemoth, quienes protagonizan desde hace un par de años uno de los casos más llamativos y dignos de estudio del metal reciente. Tenemos ejemplos ocasionales a lo largo de las últimas décadas –Pantera, Slipknot, Lamb of God–, pero un grupo como Behemoth, que combina death y black metal gestado en el más absoluto underground con letras e imaginería explícitamente satánicas, nunca había alcanzado tal estatus de éxito y popularidad. De ahí a afirmar que su propuesta ha mutado hacia un sonido asimilable para todos los públicos hay un abismo –hagan la prueba con familiares y amigos ajenos al metal extremo–, pero sí es cierto que tanto la producción de sus últimos discos, como el marketing y una imagen cuidada al milímetro han jugado claramente a su favor.

Por suerte, Behemoth siguen publicando grandes discos, que defendieron en Razzmatazz acompañados por un despliegue escénico espectacular digno de una banda de estadios. El presupuesto ha crecido, obviamente, y la suma de pirotecnia, confeti, proyecciones y surtidores de humo resultó algo excesiva. En ese sentido, un servidor no puede evitar verles como unos Kiss del metal extremo, teoría reforzada por un corpse paint de grandes trazos, la estampa de su enorme bajista Orion o las poses frente a los fotógrafos de su carismático líder Nergal, toda una celebrity del género. Pero por suerte, insisto, la música reinó. Su último “I Loved At Your Darkest” no alcanza el nivel de excelencia de su anterior “The Satanist”, pero aún así se ha colocado merecidamente entre los mejores discos metálicos de 2018. Buena parte del set de Behemoth se centró en ambos trabajos (con especial mención a temas como “Ora Pronobis Lucifer”, “Ecclesia Diabolica Catholica”, “God = Dog” o “Blow Your Trumpets Gabriel”), aunque también rescataron piezas de “Evangelion” (“Daimonos”, “Lucifer”). Tocaron poco rato, algo más de una hora, y su anterior visita nos dejó mejor sabor de boca; aún así, Behemoth mostraron músculo con un directo a la altura de su actual estatus y prometen dosis de bilis, espectáculo y blasfemia para rato.

El éxito absoluto de la cita no se entendería sin el resto de un triple cartel de los que dejan sin aliento, completado por los estadounidenses Wolves in the Throne Room, para algunos, los verdaderos reclamos de la noche; y de los estandartes del death metal sueco At the Gates. Los primeros eligieron tres canciones de su último Thrice Woven, de 2017, de alrededor de diez minutos cada una: “Angrboda”, “The Old Ones Are with Us” y la épica “Born from the Serpent’s Eye”; media hora en total en la que demostraron cómo conjugar black metal ortodoxo con pasajes ambient sin desvirtuar la esencia del género. Nos dejaron con ganas de mucho más justo cuando empezábamos a adentrarnos en el estado de ánimo que su música requiere. Los segundos nos obligaron a cambiar de tercio con una contundente descarga de buen death metal melódico, género del que contribuyeron a sentar las bases. La banda se mostró algo estática y evidenció algunos altibajos –los últimos lanzamientos del grupo no aguantan el tipo al lado de sus propios clásicos–, pero la entrega de su cantante Tomas Lindberg y cortes como “Slaughter of the Soul” o “Blinded by Fear” compensaron toda falta. Triplete, o mejor dicho, tridente de lujo.