Backyard Babies son de las bandas que deflagran cuando irrumpen en escena. Tocados por la gracia de una caprichosa cábala de elementos que les han convertido en un fenómeno impulsor de un movimiento en sí, los suecos son una dinamo que rueda y abastece de energía a sus seguidores, alumbrando sus vidas en clave de rock and roll. Allí donde el lado más sucio del hard rock angelino se encuentra con la esencia más autodestructiva del punk, es el comienzo de una noche más, destinada al triunfo. Pero tampoco es la retórica de la aversión al mainstream la que evidencia que sus nuevos temas han aguado la dosis de saña aún sonando injuriosos, como gustan sus formas, a la búsqueda de nuevos y verdes horizontes en papel moneda. En contraste con los (ya) clásicos de sus dos anteriores completos, tan sólo han comenzado la singladura por el lado filoso de la industria, aunque siguen derrochando y pariendo actitud a destajo. Dregen y Nicke comparten protagonismo y liderazgo en una casi equivalencia del fifty-fifty, no sólo en las tareas musicales sino como dos superfrontmen. El primero, es además guitarra de la condición de Ace Frehley, o sea, puro sentimiento. Además, todos ellos desprenden ese aura glamourosa de malos chicos, sexo, drogas y tal y tal, suficiente en opinión de muchos para justificar sin ira y repletos de satisfacción que sesenta minutos de concierto bastan por 3.000 del ala, una sala incómodamente inapropiada y una usurpación en los precios de la barra para promulgar el ascetismo.