El faro y los gatos tuertos
Conciertos / Amfest

El faro y los gatos tuertos

8 / 10
Fernando Acero — 07-12-2020
Empresa — Aloud Music
Fecha — 06 diciembre, 2020
Sala — Castell de Montjuïc / Barcelona
Fotógrafo — Carles Rodríguez

No vamos a recrearnos en obviedades más que manidas: 2020 es, sin paliativos, una condena para la música a nivel global, hablando eufemísticamente. Pero hay casos como el del festival barcelonés AMFest que rozan la broma de mal gusto. La cancelación previa incluso al anuncio de su cartel internacional obligó a sus organizadores, como a tantos otros profesionales del sector, a reimaginar el formato del festival a través de las propuestas más punteras del underground español dentro del ciclo Sala BCN - movimiento que, por otro lado, les ha permitido colgar un exitoso sold out a semanas de la celebración de los conciertos.

Lo que nadie podía llegar a imaginar es que la mala suerte - o estas cosas de las incoherencias políticas recogidas bajo el nombre de PROCICAT - les llevaría a tener que posponer un mes la realización del evento. Y no siendo suficiente con esto, una sucesiva cadena de infortunios posteriores sencillamente exasperantes, como las limitaciones perimetrales que han impedido asistir a una gran parte de los asistentes no residentes en la capital o la súbita cancelación de la actuación de Viva Belgrado a pocos días de su celebración por problemas de salud de su vocalista, Cándido Gálvez. Si un gato negro se ha cruzado en el camino de la familia de Aloud, está claro que era tuerto y se les ha puesto entre ceja y ceja.

Pero si algo está claro es que, con todo, esta familia está compuesta por luchadores. Aloud es, como con mucho acierto se dijo en cierto momento del festival, un faro en esta noche muy oscura en la que todo rastro de una escena alternativa y experimental parece haber sido aniquilada por las adversas circunstancias. El equipo encabezado por Sergio Picón y Mau Barba demostró que, a pesar de tener que pelear contra viento, marea y temperaturas propias de un febrero siberiano, el interés por la vanguardia del rock sigue representando una de los bastiones de la cultura musical de este país, como bien demostró la entregada - y abrigada - asistencia.

La maratón esteparia de tres días, en formato algo más reducido de lo habitual, empezó en la jornada del viernes con el conjunto ambiental iou3R, que si bien mostró una intermitencia algo irregular y abrupta de energía entre pasajes ruidistas y post-rock, sirvió para establecer una fantástica base que vendría a sintetizar la esencia de varias de las actuaciones que veríamos durante las siguientes horas, como la sorprendente e inesperada propuesta de Sara Zozaya.

La sensibilidad de la cantautora de Donostia interpeló elocuentemente al imaginario millenial desde una perspectiva expansiva y ensoñadora, paseando entre el lo-fi alternativo, las tendencias post y atmosféricas propias de artistas como A.A. Williams y las melancólicas idas y venidas del emotrap, siempre situándose en un terreno singular y particularmente acertado. Sin embargo, el protagonismo de la jornada lo captó la intervención heróica de Böira en sustitución de la notable ausencia cordobesa. Su tempestuoso - aunque breve - despliegue basado en los temas de “Si de la Runa Naixés” (15) fue el punto culminante de la jornada, que fue despedida con la promesa de nuevo material del quinteto catalán en 2021.

La jornada ecuatorial de esta peculiar edición del festival, por su parte, podría ser descrita en un sólo término: “riesgo”. No obstante, dicho riesgo se tradujo en tres conciertos fulminantes que firmaron el más intenso de los días del festival. El fugaz set de Linalab, marcado por su downtempo deudor de las texturas añejas del grunge y ambient de los noventa, supuso la más brillante y cautivadora experiencia electrónica de este festival, conjugando con una gran clase el sentido de la progresión climática y la catarsis. Por su lado, Jardín de la Croix regresaron tras un año a Barcelona a devorar el escenario - e incluso a trepar por sus andamios - a base de infinitas cadenas de tapping, rítmicas complejas y evocadores riffs progresivos que alcanzaron la auténtica cúspide del virtuosismo en sus últimos minutos de show.

Pero si de lo que hablamos es de shows demoledores, pocas dudas caben de que los verdaderos protagonistas fueron los provocateurs por excelencia Obsidian Kingdom (foto principal), quienes presentaron su nuevo álbum Meat Machine (20). Practicando un sentido de la contención más palpable de lo habitual, el afilado y oscuro vanguardismo del quinteto logró despertar entre el público un poderoso sentimiento de violencia que fue en aumento hasta su apoteósico y exuberante final en compañía de su ex-vocalista Irene Talló, con quien interpretaron las arrebatadoras “Black Swan” y “Womb of Wire”, siendo esta última el gran colofón de experimentación que supuso uno de los puntos más memorables de la velada junto al virulento cierre de “The Pump”.

La del domingo fue, por su parte, la noche más puramente rock y directa de este AMFest. Murina centró su set en un conciso y primitivo garage punk que ayudó a aupar la sobrecogedora actuación de Gyoza, repleta de dinamismo y furia. Los puntiagudos y coloristas riffs de su último trabajo “Early Bird(20), así como el sorprendente poderío vocal de Adrià Marva, brindó momentos absolutamente memorables a través de temas de evidente calado alternativo como “In My Room” o la salvajísima cover de “Ruptura” de Triángulo de Amor Bizarro, que puso fin a su impetuoso y enérgico show por todo lo alto.

Ànteros

El papel de cierre de fiesta que le tocó asumir al numeroso conjunto Ànteros fue complicado de representar, ciertamente: tras la cardíaca actuación del set anterior, sus esfuerzos se centraron en remarcar la faceta más nuclear del sonido Aloud, basado en un post-rock de factura hardcore que encuentra su más reciente episodio en “... y en paz la oscuridad” (20). El atractivo principal de su set residió esencialmente en el repaso de todos aquellos tópicos sonoros que han configurado la base estética de lo que podríamos entender como el post-rock patrio: de la violencia a la dulzura; de lo poético a lo retorcidamente crudo. Por ello, el sentido de gratitud hacia su música debería ser practicado unánimemente. Porque, por oscura, larga, fría y desoladora que sea esta noche, siempre tendremos a guardianes que nos recuerden dónde estamos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

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