En un momento en el que buena parte del circuito festivalero parece condenado a repetir nombres, inercias y carteles clónicos, Noites Do Porto sigue funcionando como una feliz anomalía gracias a una programación cuidada, espacios con personalidad, aforos manejables y una relación mucho más cercana entre artistas, público y ciudad. Todo ello, además, entendiendo el contexto en el que cada propuesta merece ser disfrutada para que la experiencia sea completa.
Fiel a esa filosofía, el ciclo volvió a repartir su programación durante dos semanas y por distintos espacios de A Coruña. El arranque llegó de la mano de Lela Soto, que inauguró las "Noites de Flamenco y Jazz" en el Jazz Filloa junto al guitarrista Rubén Martínez. Dos pases marcados por una potencia vocal descomunal y una carga emocional que convirtió el silencio del público en la mejor respuesta posible. Dentro del mismo ciclo también brillaron Gitano de Palo y La Tania. El gallego, acompañado por Edu Calvario, presentó un concierto que él mismo definió como especial por actuar en casa y por el formato. Después, La Tania confirmó por qué está considerada una de las voces más destacadas del flamenco actual con una actuación tan intensa —en lo vocal y en lo emocional— que dejó la sensación de haber sido demasiado breve.
Uno de los grandes nombres de esta cápsula y de la edición fue María José Llergo, quien ofreció una actuación impecable en el Teatro Colón, cargada de pasión y cercanía y hasta el punto de llorar al recordar que apenas un año antes había actuado en un pequeño restaurante de la ciudad. Su voz volvió a demostrar que pertenece a ese reducido grupo de artistas capaces de llenar un escenario por sí solas. En la despedida prometió volver pronto a un recinto que permitiese bailar a los allí presentes. La despedida de esta cápsula llegó con Myele Manzanza, uno de esos nombres todavía alejados de los grandes focos, pero cuya presencia explica perfectamente la razón de ser de Noites Do Porto, que no es otra que apostar por artistas con un enorme potencial antes de que dejen de ser un secreto para unos pocos.
Amparada por idéntica filosofía volvió llegaba "Noites nas Salas", con una programación en donde convivieron nombres consolidados con otros llamados a ocupar muchos titulares en los próximos años. The Horrors protagonizaron uno de los mejores ejemplos del primer caso. Su paso por la ciudad fue una auténtica lección de rock gótico, shoegaze y electricidad oscura en un formato difícilmente imaginable en un festival convencional. Uno de esos conciertos que recuerdan que el tamaño de una sala también condiciona la intensidad de lo que sucede sobre el escenario. Algo parecido ocurrió en Mardi Gras con Apolo18 y ELLiS·D. Los gallegos, pese a su juventud, volvieron a demostrar unas tablas impropias de su edad. Después, el británico debutó en España, con este proyecto en solitario –porque ELLiS·D proviene de otro grupo llamado Fat Dog– con un concierto arrebatador, lleno de actitud, energía y personalidad. Fue una de esas noches que justifican por sí solas la existencia del ciclo: uno de los mejores conciertos del festival tuvo lugar en una de sus salas más pequeñas. Incluso resultó revelador ver al propio programador disfrutando entre el público como uno más, síntoma de que detrás de Noites Do Porto sigue habiendo algo tan valioso como el entusiasmo.

The Horrors
Curtis Harding dejó, en cambio, una sensación más agridulce. Sobre el escenario hubo canciones, elegancia y una ejecución vocal a la que nada se le puede reprochar. El problema llegó desde el público. El exceso de conversaciones llevó al propio artista a interrumpir el espectáculo para pedir silencio, primero con humor y después con un contundente "Shut the fuck up!". Una escena que también sirve para retratar un problema cada vez más frecuente, que no es otro que el de convertir la conversación en la banda sonora de conciertos que exigen una escucha atenta. El cierre de esta cápsula tuvo acento gallego con Sudden Ray Of Hope y Nadadora. Los primeros confirmaron con su contundente post-rock instrumental que son una banda a seguir de cerca. Nadadora, por su parte, protagonizó uno de los regresos más emotivos de esta edición. Más de una década después de su último concierto en Galicia, volvió a encontrarse con un público que la recibió con cariño y emoción. Una noche que para unos fue un reencuentro y para otros, un descubrimiento. Una doble lectura que demostró que su regreso va mucho más allá de la nostalgia.
Como ya es tradición, el Muelle de Batería volvió a acoger los conciertos más multitudinarios del ciclo. Allí debutó la cápsula "Noites de San Xoan", en una de las noches más especiales del calendario coruñés. La apertura recayó sobre Caamaño & Ameixeiras, y la dupla volvió a demostrar que no hacen falta artificios cuando la música nace desde la autenticidad. Voz, instrumentos y emoción bastaron para construir una actuación tan delicada como poderosa. Después llegó Xoel López (en la foto principal) con un concierto amplio, en el que convivieron las canciones de su último trabajo con los grandes himnos de su carrera. Un directo impecable que volvió a explicar por qué sigue siendo uno de los nombres imprescindibles de la música gallega y estatal. La aparición sobre el escenario de Antía Ameixeiras, Sabela Caamaño y Calequi y Las Panteras terminó de convertir una noche ya especial en un momento irrepetible.El relevo lo tomaron Vera Fauna y Barry B. Los primeros firmaron una actuación elegante, medida y repleta de detalles, perfecta para abrir la velada. Barry B confirmó sobre el escenario grande por qué es uno de los artistas más en forma del pop estatal. Sus canciones, aparentemente sencillas pero construidas con enorme precisión, funcionaron tanto en los momentos más íntimos como en los más bailables, sostenidas por una banda sólida y llena de músculo.

Barry B
Por todo ello, Noites Do Porto sigue ocupando un lugar singular en A Coruña. Es, probablemente, el festival más gourmet de la ciudad y rara vez alguno de sus conciertos no copa la lista de los mejores directos del año en la ciudad. Su gran valor radica, así mismo, en demostrar que todavía se puede programar desde el gusto, la curiosidad y una relación inteligente con los espacios, lejos del festival concebido como un parque temático de consumo rápido. Quizá solo le falte un abono, aunque fuese simbólico y limitado, para quienes quieran recorrer el ciclo casi al completo por un precio más reducido. Sería una forma de reforzar la comunidad que Noites do Porto lleva años construyendo. Más allá de ese pequeño detalle, el festival se ha consolidado, ahora también en sus nuevas fechas, como una de las citas imprescindibles del calendario cultural gallego.

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