Reseña de 'Las corrientes', película de la realizadora argentina Milagros Mumenthaler
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Reseña de 'Las corrientes', película de la realizadora argentina Milagros Mumenthaler

7 / 10
José Martínez Ros — 08-07-2026
Empresa — Atalante
Fotografía — Fotograma de la película

A comienzos de los años sesenta, el director italiano Michelangelo Antonioni realizó tres de las películas más bellas y enigmáticas de la historia del cine. La llamada “Trilogía de la incomunicación” comprende “La aventura” (1960), “La noche” (1961) y “El eclipse” (1962), obras que en su momento provocaron reacciones brutalmente divisivas. Una parte importante del público (y también de la crítica) no supo interpretar las intenciones de Antonioni, un cineasta vinculado en sus inicios al neorrealismo, ni comprender qué les ocurría a sus protagonistas.

Las tres historias giran en torno a mujeres de la alta burguesía, interpretadas por Monica Vitti en la primera y la tercera película, y por Jeanne Moreau en la segunda. Todas ellas llevan unas existencias cómodas, llenas de lujos, pero, tras un suceso detonante, se hunden en una repentina crisis: quedan sumidas en un vacío moral y existencial que las aísla del mundo ordenado y superficial al que hasta entonces pertenecían. Pero, ¿cuál es el motivo último por el que parecen ahogarse en la desesperación? ¿El tedio vital, la ausencia de Dios, el materialismo que las rodea, la opresiva condición femenina?

En “Las corrientes”, de la argentina Milagros Mumenthaler, todo nos remite desde su inicio a la trilogía de Antonioni. Su protagonista, Lina (una excelente Isabel Aimé González Solá), posee todo aquello que la sociedad actual considera valioso: un estatus económico envidiable, una familia perfecta, juventud, atractivo físico. Con poco más de treinta años, es una reconocida diseñadora de moda, tiene un marido que la ama y una hija pequeña. Sin embargo, durante un viaje a Suiza, algo se quiebra.

Se encuentra en Ginebra para recibir un premio cuando, de pronto, un impulso inexplicable, una sensación de malestar, la lleva a abandonar el acto. Sale a la calle y comienza a deambular por una ciudad desconocida. Al cruzar un puente, se arroja al lago que da nombre a Ginegra. La corriente la arrastra, pero el recuerdo de su hija emerge y frena su impulso suicida. Consigue salir a la superficie, la policía la rescata y la conduce de vuelta a su hotel. Poco después regresa a Buenos Aires. Por supuesto, no le cuenta a nadie lo ocurrido.

Pero, cuando intenta retomar la vida anterior al viaje, descubre que le resulta imposible. Su trabajo –diseñar vestidos para clientas y organizar sesiones fotográficas– ya no le aporta nada. Su ayudante trata de interesarla en nuevos proyectos, sin éxito. La tensión con su suegra aumenta al percibir su desaprobación hacia ese cambio de comportamiento. Trata de refugiarse en el trabajo, su mecanismo de defensa más inmediato, pero su mente está en otra parte. Su marido percibe esa distancia y se frustra ante su negativa a explicarse, a abrirse a él. Incluso le cuesta cuidar de su hija como antes.

A todo ello se suma la aparición de un miedo paralizante al agua y a los ruidos fuertes. La directora nos va revelando, con sutileza y precisión, cómo la realidad de Lina se está volviendo cada vez más extraña y grotesca. Los colores y sonidos se intensifican, con unos efectos que nos recuerdan al cine de Almodóvar o de Todd Haynes, unos cineastas que también suelen colocar a sus heroínas en medio de un torbellino emocional, que se expresa con más metáforas visuales que palabras.

Como si tratara de recomponer un hilo roto y alcanzar el origen del trauma que la consume en silencio, Lina visita a una antigua amiga y a su madre, de la que estaba distanciada. De algún modo, nos encontramos –como en las películas de Antonioni– ante un misterio de raíz casi policíaca, aunque aquí el enigma no se proyecta hacia el exterior: el culpable permanece enterrado en el subconsciente de la protagonista, que intenta desesperadamente llegar hasta él. La película alcanza un clímax y un desenlace. Sin embargo, al igual que en el caso de Antonioni, la directora argentina parece confiar en la inteligencia del espectador y deja espacio para que cada cual encuentre sus propias respuestas.

 

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