Aquí manda el pueblo
ConciertosAsalto Ao Castelo

Aquí manda el pueblo

8 / 10
Daniel Pose — 07-07-2026
Fecha — 04 julio, 2026
Fotografía — Alejo Romero (Cedida por la organización)

Para hablar de lo que ha sido la última edición de Asalto Ao Castelo es necesario entender que se trata de un evento que alcanza mucho más allá de la música. Incluso de esa propia historia que dio origen a un festival con casi treinta años de existencia. Porque, una vez vivido, queda claro que se trata de una celebración hecha por y para el pueblo, en donde quienes llegan de fuera dejan de ser visitantes en cuanto pisan la localidad. El viernes, y nada más llegar, la ambientación ya marca el camino: calles decoradas, vecinos caracterizados, música y actividades desde primera hora. Todo suma para potenciar las ganas de que llegue la noche. Tras la tradicional cena medieval en los jardines del castillo, el festival arrancó con Ulex. Los gallegos presentaron su primer disco con un directo sólido, muy bien medido y sorprendente por la juventud de sus integrantes y el escaso recorrido de la banda. La constante interacción acabó llevando hasta el escenario a un público completamente entregado.

Después, y tras unos pequeños problemas técnicos, llegó el contraste generacional y musical con Ché Sudaka. Bastaron unos segundos para convertir el recinto en una fiesta gracias a su mezcla de ska, punk, reggae y ritmos latinoamericanos. Un concierto sin respiro con el que demostraron que, 24 años después, siguen entendiendo la música como una forma de conectar personas. Con el listón muy alto, Quinkillada mantuvo intacta la energía con un espectáculo divertido y repleto de baile, confirmándose como una apuesta segura para cualquier festival. El cierre quedó en manos de Yaya DJ, quien firmó una sesión en la que convivieron clásicos de la escena gallega, éxitos actuales y grandes himnos del rock español. Sin duda, el broche perfecto para dejar con ganas de mucho más.

El sábado era el día grande. Con un calor intenso, la actividad comenzó desde primera hora con Coídos y continuó con O Rabelo e Nenaza, animando a los primeros valientes a salir de la sombra. Reivindicación, identidad y baile que dieron paso a Tapa D'Orella, un dúo que vive sus primeros meses de vida, pero que dejó claro que puede convertirse en uno de los nombres a seguir en 2027 gracias a una conexión impecable con el público y a unas canciones que funcionan especialmente bien en directo. Tanto, que el respetable incluso pidió que repitiesen temas solo por alargar la actuación.Tras ellos actuaron Medio Quinhon y tuvieron lugar distintas actividades, como el XIII Asaltiño. Ya a las 20:30, la música regresó al recinto principal. Ni las altas temperaturas impidieron que De Ninghures (en la foto) pusieran a bailar al público, que respondió formando el feirón reclamado desde el escenario y demostrando, una vez más, que la banda siempre es un acierto.

A continuación, llegó uno de los momentos más multitudinarios del festival con En Tol Sarmiento. Los vascos confirmaron que las lenguas nunca son una barrera, con cientos de personas cantando y disfrutando de sus canciones en euskera como si esta fuese su lengua materna. Ellos, por su parte, subieron público al escenario, bajaron a cantar entre la gente y firmaron, probablemente, el concierto más celebrado del fin de semana. Tras ellos, turno para la recreación del asalto al castillo, que comienza en el recinto y culmina en la fortaleza. Un espectáculo histórico con una importante carga reivindicativa del que es mejor no desvelar demasiado: quien lo vive por primera vez merece hacerlo sin saber qué le espera. La música regresó con Dakidarría, contundentes y sin fisuras, reivindicando tanto el directo como el papel de la música como altavoz social.

Por su parte, Los de Marras ofrecieron un concierto marcado por las circunstancias, con Agustín Crespo sobre el escenario pese a actuar con dos dedos rotos tras el accidente sufrido la noche anterior. Una actuación condicionada, pero que merece ser reconocida por el esfuerzo que supuso evitar la cancelación y demostrar que, incluso lejos del cien por cien, lo suyo sigue siendo sinónimo de mucha caña. El broche final lo pusieron Festicultores con uno de esos cierres que solo pueden calificarse de épicos. La fiesta se alargó hasta los primeros rayos de sol con un buen puñado de asistentes que seguían cantando y bailando como si la noche no quisiera terminar. Y, aun así, el domingo todavía esperaba con más actividades. Porque eso es Asalto ao Castelo: una fiesta sin fin donde la música sirve para poner en valor la historia, el pasado y el presente. Una celebración en la que, durante unos días, todo el mundo pasa a formar parte de la misma historia. Un evento que, una vez vivido, queda marcado en el calendario como cita imprescindible.

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