Colecciona unos cuántos más haciéndolo, pero, aunque fuera por todo lo alto, en esta ocasión se celebraban solo los dos años que Txarly Romero, y su equipo, lleva organizando bolos de rock and roll (cubriendo todos sus palos y acepciones) en el local de la Nave 9, a la sombra de la Carola, en la frontera con la Noruega bilbaína, en el Museo Marítimo de la ciudad. Si te digo la verdad, yo creía que había pasado más tiempo. Quizás haya sido por la intensidad y cantidad o por lo que duele ver la gabarra ahí varada tanto tiempo, cada vez que te acercas al local. En cualquier caso, para esta ocasión tan señalada, se preparó un menú degustación al gusto de vegetarianos y carnívoros por igual. Dos propuestas aparentemente distantes pero con un mismo umbral de partida: los ritmos en múltiplos de dos y mucho sudor sobre el escenario. Luego también hubo self-service de refrigerio y manduca, pero fuimos a por nuestra ración de rock and roll y eso fue lo que nos dieron. En esta sesión, el banquete que proponía la gente de la Nave 9 incluía el extenso e intachable currículo de Marcos Sendarrubias y el estreno esperado de The Gold. Vamos a contarlo, pero vaya por adelantado nuestra felicitación a los cumpleañeros y el aplauso por lo hecho hasta ahora y lo que me imagino que queda por venir.

El primero en subirse al escenario, con medusas y demás fauna acuática de espaldas, fue Marcos Sendarrubias, cargando con su guitarra acústica, y acompañado por otra eléctrica, contrabajo y baterista. De espaldas y fuera de micro, mientras se preparaban, se le oyó aleccionar a su banda: “Venga, va, rock and roll”, que fue lo mismo que le repitió al público después de presentarse: “tu tri for, esto es rock and roll”. Y arrancaron una función que, entre pláticas deslavazadas y algún chiste socarrón, no permitió, en ningún momento, que la aguja del voltímetro bajara del máximo. Empezaron con “On the Dancefloor” y siguieron con “Down to Morocco” y “Mambo Cut Boogie”. Ahí permanecía Marcos Sendarrubias (foto inferior), en el medio, con esa mirada que atraviesa, la mandíbula bien tensa y la guitarra alta encajada en la axila derecha y hacia abajo el mástil que sujeta con la mano izquierda, al estilo clásico, apuntando al terreno que pisa, como diciendo, aquí, ahora y esto. No hay más. Y es lo que hay: rock and roll de los 50, boogie, ponle un billy de sufijo y todas esas cosas que han ido ayudando a que trepe la raíz de la tierra hasta la copa del árbol. Se basaron sobre todo en el “High Voltage Rockabilly” que es, en realidad, como basarse en todo el largo y meritorio recorrido que Sendarrubias lleva ya años prolongando, antes en otras bandas y ahora con compañía pero bajo el manto de su nombre y apellido. Se explayaba a la hora de conversar o presentar las canciones, como cuando recordó los tiempos con The Nitemares y la popular versión de los locales Santi Delgado y los Runaway Lovers antes de tocar “Betty Joan”. Se tomó también su tiempo, y se agradece, para explicarnos la historia detrás de “Listen to Me Cop”, donde se luce con precisión Salomón Molina, o como “Mr. Delaney” era un cruce entre Johnny Cash y Groucho Marx. No adiviné por qué, pero me quedé prendado con esa frase atravesada por las traviesas del ritmo ferroviario que Sendarrubias borda sin esforzarse: “I’m a rockabilly rebel till the day I die”. Con el mismo compromiso, dedicó a los rockers presentes su interpretación del “Jungle Rock” de Hank Mizell y propuso que, si pasábamos por Barcelona, hiciéramos una visita al local hostelero del que habla en “Talkin’ about the 99”. También tiró de ironía y vacile cuando invitó a salir a fumar antes de tocar la delicada y pulida “A Million Miles Away from Home”, y cantó en castellano, al menos, que yo recuerde, en “Mi chica molona”, al final del bolo, y en “Venga nena”, con la que se dio la vuelta al terminar y se le escuchó espirar un significativo: “ahí estamos”.

Se vio, yo vi, vamos, a un Sendarrubias con ganas de azuzar al público, dedicado y comprometido, sin un ápice de artificio, pero un pelín, me pareció, que igual me equivoco, decepcionado con la respuesta del público: “nada, ni con fifties rock and roll, aquí punk”. Y es que no le faltaba razón: aunque hubo bailoteo e incondicionales que le supieron reconocer el talento; en general, el concierto se seguía con atención pero sin arrebatos. Le soltó una patada elástica al micro y pidió atención atribulado cuando quiso, con buena intención, aclararnos la historia detrás de una canción tan simbólica como el “Whisky in the Jar” con el que se despidieron, anunciando que luego venía el “combo de Kurt Baker”. Eso sí, al final, hubo bis, prologado con bilis de humor: “Venga, hacemos la buena de Los Pecos y la buena de Grease y nos vamos”. Salomón Molina se lanzó a por la segunda con su guitarra, de coña, pero se pararon antes de que la cosa fuera a más. La última del repertorio fue una “I’m Coming Home” que no necesita presentación porque la corearon hasta los que no se la sabían. Y así, ya sin tacos ni sorna, Sendarrubias se despidió con educación, dejando bien claro que el espectáculo incluye todo: el talento musical y los afeites del show. Dejaron por allí un reguero de rock and roll añejo y genuino que probablemente fuera en parte lo que hacía que los pies se te pegaran al suelo. Quedaba más. Después de un aparte para ver cómo se echaba la noche sobre la ría parsimoniosa, se volvería dentro para seguir agitando caderas, tobillos o simplemente neuronas.

Había, se palpaba en el ambiente, mucha expectación por asistir al estreno en Bilbao del nuevo proyecto de Kurt Baker, que es como, de manera injusta probablemente, se refiere casi todo el mundo a la segunda banda que actuó en la Nave 9 este sábado pasado. El primer disco, homónimo, de The Gold (fotos inferiores y encabezado),ya ha sonado en la radio y ya ha sido glosado y ensalzado en varios medios. Nadie ponía en duda los epítetos que se iban repitiendo, así que las expectativas eran altas. Se anunciaba punk-rock en versión New York, rollo Heartbreakers y New York Dolls, mandanga de la que podría haber sorprendido a Richie Finestra en aquella época que evocaban en “Vinyl”. Y sí, eso hubo. Pero también más. De expectativas y expectación que hablen los expertos, yo describiré, como pueda, el directo de esta nueva banda donde, junto a Baker, comparten escenario gente con mucho bagaje y capacidad, como Marky Las Vegas, Oky Von Stoky a la batería y Mark O’Flaherty a la guitarra. A todos se les veía cómodos, relajados, con ganas. Ya lo dijo Marky Las Vegas: “Bilbao, mi segunda casa”, que igual lo dice siempre, aquí y en Salamanca, pero sonó cierto y parecía ser verdad. Se permitieron hasta jugar al trueque, cambiándose las posiciones, compartiendo partes vocales, trayendo, de sorpresa, matices y tonalidades distintas. Eso sí, sin disminuir ni un ápice la velocidad, rugosidad y urgencia de una propuesta que se mueve cómoda en el fino equilibrio entre canciones engrasadas y una ejecución contundente.

Si no fue entero, casi, pero se repasaron su recién estrenado álbum. Empezaron con Marky Las Vegas de frontman, defendiendo bien el músculo y el ímpetu de canciones como “Too Far Gone” o “You Better Run”. Con Baker dedicado a los coros y al bajo, también se repasaron la rocanrolera y pegadiza “Cranky Little Maryanne”, incluyendo un poco de diálogo dramatizado, o una “Back to the Road” donde confiesan su sometimiento a la vida del rock en directo. Destacó en este bloque una rotunda “Fallen Angel Stroll” que parecía una extraña pero bien avenida mezcla entre Stooges y Motörhead. Los Stooges, de hecho, sobrevolaron por encima de nuestras cabezas (o dentro de la mía, al menos) durante todo el concierto, sobre todo cuando Marky Las Vegas se hacía con el pie de micro. Con “Trouble to Trouble” hubo permuta: Baker pasó al frente, con las voces y la guitarra, mientras Marky Las Vegas se calzaba el bajo y ocupaba la esquina izquierda. Seguida vino la pegadiza “Gimme Your Love” y después de brindar con chupitos por el cumpleaños del local atacaron su primer single, “Dead Roses”, que vociferó con ganas parte del público. Cosida, llegó una “Any Way You Want It” que, con sus “baby”s y sus “hey hey hey”s, es como un alegato definitivo en pro de la música que facturan. Terminaron regresando al principio para cerrar con “Blue Monday”, su segundo single, antes de subir a repartir un bis que se hizo corto por lo rápido y enérgico que fue y resumirlo todo en una frase me ha parecido que servía de figura retórica para expresarlo a las bravas y evitar seguir abusando de adjetivos en pareja.

Se pasó el bolo rapidísimo. Sí que suenan a punk-rock de allí, powerpop de acá, hasta a Little Richard recién salido de la cápsula del tiempo y lo que quieras, lo que quieran, porque la sensación que se le queda a uno es que hacen lo que quieren como les viene en gana. La naturalidad con la que exudan ese rock and roll grasiento y huracanado, plagado de cuellos en tensión, cuerpos retorcidos, mucha distorsión y velocidad de vértigo es marca de la casa. Se cargaron el micro y le fundieron los plomos a alguno, que vi a uno que hasta resopló al terminar. Y sí, con la segunda, Kurt Baker ya dijo lo de “muy mola”, claro, y, por supuesto, hubo varias versiones, pero he preferido centrarme en lo que ellos han escrito y cantaron. Eso sí, el “I Wanna Be Your Favorite Pair of Pajamas” de Andre Williams, para recordar.

La fiesta siguió luego. Hasta cuándo y cómo, no sé. Al salir del baño, me dio tiempo a escuchar el número agraciado en la timba. La gente no se movía. Allí seguía, junto a la mesa del merchan, Álvaro Heras-Gröh, quien había preparado una buena lista de canciones para el postre. No le dije nada porque él ya lo sabrá: algún día le tocará añadir días como éste a su recomendable memoria en papel. Su libro, se hacía cuerpo dentro y fuera del local; rock & roll habíamos tenido a cubierto y, en el exterior, una ligera lluvia caía sobre los 60 metros de hierro de la roja grúa cigüeña. Pura poesía, que diría alguno.