Una leyenda escrita en presente
Conciertos091

Una leyenda escrita en presente

9 / 10
Kepa Arbizu — 04-05-2026
Fecha — 02 mayo, 2026
Sala — Santana 27 (Bilbao)
Fotografía — Eider Iturriaga

Si hacemos el ejercicio de comparar el escenario de una sala de conciertos con el recibidor de una casa, sus tablas sirven para oficiar de bienvenida tanto a primerizos invitados como a viejos conocidos, incluso a alguna sorpresa en forma de viajeros excepcionales reacios a hacer paradas en suelo ajeno. En el caso de 091, quienes llegaban este sábado pasado a la Sala Santana 27 de Bilbao, se trataba de abrir la puerta a uno de los más memorables episodios del rock hecho en castellano. Un evento jaleado por un buen número de asistentes, aunque siempre se antojen insuficientes dados los méritos desplegados por la banda, entre los que habitaban conjuntamente aquellos recompensados con la resurrección de su recuerdo nostálgico; quienes han logrado por fin ser contemporáneos a sus actuaciones y nuevos huéspedes del fascinante universo firmado por los granadinos. Todos ellos, procedentes de lugares diversos de la memoria y el presente, dispuestos a oficiar la celebración de un relato donde música y literatura practican en paralelo piruetas alrededor de la eternidad.

Como si los malabarismos rítmicos y líricos no fueran suficientes, uno diría, contemplando el clima grisáceo y tormentoso que mostraba la capital vizcaína, una fotografía que rima con la noctámbula portada y esencia del nuevo disco de la banda, "Espejismo nº 9", que parte del espectáculo de la formación andaluza también consistía en convocar un ambiente meteorológico en consonancia con el de sus nuevas composiciones. Porque aunque les sobre biografía artrítica, y además cargada de quilates de talento, su parada en suelo vasco era parte del itinerario consistente en presentar dicho recientemente estrenado trabajo. Un álbum que, si ya le valdría para ser alabado mostrar el excelente estado de revista en que se encuentran sus constantes musicales, es además capaz de construir su propio terreno identificativo, exigiendo un sitio reservado, y muy caro de conseguir, entre lo más esbelto de su discografía.

Introducidos por los estremecedores sones creados por Sergio Leone para acompañar al duelo final en el western “Hasta que llegó su hora”, las siluetas del quinteto cruzaba las sombras para, con su habitual elegante y oscuro semblante, disponer una alineación ya esculpida en el tiempo como para ser recitada de forma automática, una mecanografiada lista de integrantes a la que en la actualidad hay que intercambiar la guitarra de Víctor Lapido por la dinámica y fogosa de otro tocayo, apellidado Sánchez, que extiende así su relación con un José Ignacio Lapido, al que acompaña en su proyecto en solitario, que sigue ejerciendo su sobrio dominio compositivo. Apoyados por las bases rítmicas de Tacho González y Jacinto Ríos, José Antonio García, por su parte, encarna ese papel de frontman que puede no recorrer kilómetros sobre el escenario, ni ofrendar grandes soliloquios, incluso tampoco es dueño de una de esas voces de académica potencia, pero sin embargo, es una figura que irradia una absoluta atracción, haciendo que su entonación y fraseos le conviertan en un magnético orador en clave de rock.

Abdicando sabiamente de convertir su presencia en citas exclusivas con fechas pasadas, gracias también a un repertorio actual de sobrada calidad, la biografía del concierto hizo de sus presentes temas una columna vertebral que, cedida por la naturaleza de dichas canciones, se movía con ágil diversidad, abriendo espacios por igual a la “bluesera” “Dormir con un ojo abierto”, donde los tambores retumbaban como los pasos de ese diablo en forma de doce compases, o al lastimado preciosismo de una “Ven vestida de nube” que suena a carta de amor con olor a amapolas brotadas en un pentagrama. Repaso de su última producción hasta la fecha que se desgajaba intercalando piezas de álbumes anteriores, compartiendo de esa forma la lírica melancolía y el desencanto social que supuran “Algo parecido a un sueño” y el medio tiempo “Piezas de desguace“ con la de tonadas icónicas como “Tormentas imaginarias”, con un ingrediente coral, casi a lo CSN&Y, muy destacado. Un mismo “modus operandi” que se repetía cuando la banda mostraba su condición más contundente, donde la tan representativa manera de embestir con ademanes pegadizos demostrada por “Una revelación” o “Nadie quiere oír tu llanto” las convierten en hijas perfectamente legítimas de la zarandeada por el público “Zapatos de piel de caimán” o “El baile de la desesperación“, diseñada sobre un vibrante estribillo que guía su lamento hasta todo un imaginario de incertidumbre y suspiros, una de las piedras filosofales del conjunto granadino.

Pero para completar la semblanza de lo que significa el legado de 091 no se pueden obviar esas composiciones que a lo largo de su trayectoria han ido incrementando su más que merecida vitola mítica. Una función que recae sobre populares creaciones, manifestadas en el melodioso romanticismo lanzado como una exhalación por “La torre de la vela”, una trepidante “La calle del viento” transportada por ráfagas de riffs o incluso la desnudada -cubierta solo por “Pitos” y Lapido- “La canción del espantapájaros”, pero también por aquellas especialmente significativas en su carácter distinguible, ya sea por el refugio dramático, entre arpegios de una estremecedora profundidad, que supone “Cómo acaban las sueños” o la potente psicodelia vertida en “Otros como yo”. Suma de piezas que van configurando un puzle barnizado definitivamente por una comunión entre banda y público, sinergia para la que parece concebida de forma natural “Esta noche”, convertida en protagonista del fornido análisis cronológico que suponen “Este es nuestro tiempo” y “Qué fue del siglo XX” o del crepúsculo introspectivo anunciado con “Nubes con forma de pistola”. Cada vez más cerca de los postulados “hardroqueros”, “Huellas”, haciendo valer su título, dejaba su rastro muy cerca de un final que llegaba, cómo no, con “La vida qué mala es”, esa ruta con destino a encontrar la desesperación del blues escondida en las cuevas del Sacromonte.

La formación granadina demostró, una vez más, que tienen un sitio asegurado en el libro de historia musical pero que, no saciados con ese merecido obsequio, también han conquistado el de las páginas de los calendarios actuales. Al contrario que otras veteranas bandas, donde su producción reciente es un estorbo respecto a sus méritos de antaño, el grupo andaluz representa un relato en constante construcción, donde sus heroicos primeros episodios son perfectamente avalados por sus más jóvenes continuadores. Canciones todas ellas que eluden convertirse en golosinas que nublen nuestro cebero con un azucarado paisaje que nada tiene que ver con el emitido por la realidad. Sus composiciones nacen desde el fiero existencialismo con el fin de prepararnos para el ocaso cotidiano, parapetados tras melodías colmadas de emociones y diálogos con ese riesgo infinito que significa vivir. Según dicen, la perfección representa un sueño inalcanzable para el ser humano, una sentencia probablemente firmada por quien jamás ha disfrutado de 091 sobre un escenario.

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