Un tributo a la tierra
Comics / Joe Sacco

Un tributo a la tierra

9 / 10
José Martínez Ros — 10-02-2021
Empresa — Reservoir Books
Fotógrafo — Archivo

Joe Sacco es un referente de dos géneros, a priori, tan distintos, como son el periodismo y el cómic. La prueba de ello son obras tan conocidas como “Gorazde Zona Protegida”, “Palestina”, “El mediador” o “Notas al pie de Gaza”. El origen de esta nueva crónica, “Un tributo a la tierra” es un proyecto acerca del cambio climático. Uno de los lugares que visitó para documentarse fue el norte de Canadá. Allí descubrió las zonas indígenas, donde viven los últimos supervivientes de los pueblos nativos, menos de cincuenta mil personas dispersas en una región inmensa e inhóspita mayor que la península ibérica. Una historia que aún no había sido contada.

Sacco nos enfrenta a un panorama terrorífico: ante una cultura que, reducida a ruinas, languidece y se autodestruye: con un índice altísimo de suicidio juvenil, niveles monstruosos de alcoholismo, drogadicción, violencia de género y maltratos. Lo que, hace unos años, con la forma de un soberbio thriller noir nos mostraba Jason Aaron en uno de los grandes cómics norteamericanos del siglo XXI, “Scalped”, aquí se nos revela a través de un mosaico de testimonios, con unos majestuosos paisajes de fondo (también amenazados por la tala indiscriminada o la minería): jefes indígenas, cazadores, empresarios de fracking, sacerdotes, activistas… La especialidad de Sacco, como sabemos sus lectores, es dar la voz a las víctimas (y, en alguna ocasión, también a los verdugos) y representarlos con su trazo característico, que tanto debe a los clásicos del underground norteamericano como Robert Crumb o Harvey Pekar. Nos cuenta, por ejemplo, la historia de miles de estudiantes que fueron separados de sus familias y enviados obligatoriamente a internados del estado, donde pretendían despojarlos de sus creencias y convertirlos en “buenos canadienses”, hasta bien entrados de los noventa. Ahora, como una nueva plaga, han llegado las compañías madereras, petroleras y del gas, los
buscadores de oro y de diamantes, con la intención de expulsarlos, mediante argucias legales, de las últimas tierras a las que habían sido relegados. Escuchamos a aquellos que se esfuerzan en una lucha –casi con toda
seguridad perdida de antemano– por mantener viva la herencia de sus antepasados y las de quienes ya se han rendido al avance de eso que solemos considerar progreso. La conclusión está en manos de cada lector, pero de lo que no cabe duda es que nos hallamos ante una obra tan acongojante como necesaria.

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