Vida oculta (A Hidden Life)
Cine - Series / Terrence Malick

Vida oculta (A Hidden Life)

6 / 10
Albert Fernández — hace 3 semanas

En las películas de Terrence Malick el viento agita la hierba, cada gesto puede conmover y la cámara sigue a los personajes en contrapicados intensos para detenerse solo ante esos cielos trascendentes y las grandes estampas de paisajes naturales, que dan idea del torrente continuo de la existencia. Ese aliento poético en la mirada del director, y sus aproximaciones sensibles a cada historia, son algo con lo que cualquiera podría comulgar. Pasa que, a veces, con eso no basta. Su manera de engrandecer cada plano y hacer aflorar la emoción en pasajes solemnes, que nos hacen percibir las cosas pequeñas y grandes de la vida, pierde fuerza y sentido cuanto más se percute en órbitas concéntricas de pompa y elevación. Y esta vez se ha roto un nervio.

En “Vida oculta (A Hidden Life)”, la historia de Franz Jägerstätter, el campesino austríaco que se negó a jurar fidelidad a Hitler y formar filas a la orden del Tercer Reich, peca en su persistencia por la repetición y su esparcimiento en los tiempos. De alguna manera, Malick apela a los mismos resortes que usó en “El árbol de la vida”, película adorada y repudiada por igual, que justo significó su descenso del olimpo de director beatífico, capaz de entregar un film por década, para pasar a convertirse en un creador común e irregular, con urgencias por estrenar a menudo. La evocación sonriente de los primeros compases en las montañas alpinas, donde Franz y su mujer Fani disfrutan del amor y una bucólica vida en el campo y en familia, cautiva por sus líneas simples y su respiración naturalista. Pero la forma tan obvia en que el verdor cede al gris de las casacas cuando Franz es llamado a filas primero, repudiado y arrestado después, hace enarcar la ceja. El giro en el destino del protagonista vuelve los cielos plomizos, las nubes anuncian tormenta, y poco a poco el visionado se vuelve un tormento. El devenir santo de Franz Jägerstätter deja una ristra de planos deformados, grandilocuencias en bucle y frases flotando en el aire. Escuchamos los pensamientos y anhelos de los personajes, y también las cartas que intercambian Franz y Frani, en un crescendo de fatalidad agónico.

Tampoco se acaba de entender que August Diehl, que da vida a Franz, y la austríaca Valerie Pachner, su mujer Fani, hablen en inglés con marcado acento germano, mientras que las feroces intervenciones de los soldados nazis se dejan escuchar en alemán, dándole un énfasis ridículo al contraste. Tanto empeño en recalcar la oposición entre la perversión moral nazi y la determinación beata de Franz por permanecer fiel a sus ideales católicos, anteponiendo la fe a la familia y aceptando un destino inexorable, acaba por llevar a la desesperación. Ese exceso de gestos piadosos y minutos de metraje dan como resultado que el espectador acabe rezando antes por que se acabe la peli, que por que su protagonista salve la vida (Franz Jägerstätter existió, su historia es conocida). Al final de este camino de sacrificios, por mucho que se nos encoja el estómago entre las frías paredes de la prisión de Brandenburgo-Görden, la única pregunta que nos asalta es si no podríamos haber llegado mucho antes al mismo final.

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