La filmografía del Eli Roth contiene todos los sabores del horror y del cine de acción. Insípido en el remake de “El justiciero de la ciudad” protagonizado por Bruce Willis, achispado en el thriller “Toc toc”, agrio y con tropezones en el slasher “Black Friday” o directamente desagradable en cintas salvajes e indigestas como “Hostel” o “Cabin Fever”. “Dulce sabor a muerte”, por su parte, es una gominola: de aspecto divertido, adictiva en la masticación, ideal para fiestas y nutritivamente nula. Y esa, y ninguna otra, es la pretensión de Roth.
Cabe recordar que Eli Roth participó en la creación de falsos trailers en el díptico Grindhouse de Quentin Tarantino y Roberto Rodríguez que simulaba una sesión doble de cine exploit; entre ellos, por cierto, el de “Black Friday”, una década y media antes de su realización real. Así, “Dulce sabor a muerte” solo se puede entender y disfrutar desde ese lado grandguiñolesco, una suerte de candidata frustrada a formar parte de esas proyecciones desacomplejadas y viscosas de la dupla Tarantino-Rodríguez. La ausencia de actores conocidos y el hecho de que Roth se reserve para sí el papel con el golpe de gracia más sonoro contribuye al perfil bajo de la producción.
A partir de una premisa que nos recuerda, en parte, a la leyenda de Hamelín, Roth crea un heladero demoníaco que convierte a los niños de un idílico pueblo en un fiel ejército que, hechizados por sus dulces, cometen con regocijo los ataques más gráficos y desagradables contra sus allegados. En su desvergonzada búsqueda de la satisfacción más grosera, el horror de “Dulce sabor a muerte” se torna en comicidad.
Por ello, la película no tiene la enjundia ni provoca la inquietud de “¿Quién puede matar un niño?” en su advertencia sobre la maldad intrínseca de los críos, aunque parta del mismo contexto: un pueblo dominado por la cara salvaje de la infancia. Se permite, eso sí, un gracioso y cinéfilo sketch que remite a uno de los momentos icónicos del clásico hitchcockiano “Los pájaros”.

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