Víctor García León es un bicho raro en nuestro cine. Su mirada corrosiva sobre la realidad que nos circunda, no dada al cinismo posmoderno sino a una visión humanista, bebe de clásicos como Luis García Berlanga, Rafael Azcona o Billy Wilder, pero también está emparentada con contemporáneos como el sueco Ruben Östlund. Como todos ellos, García León practica el elevado arte de la comedia, sólo que en cualquier momento la risa se te va quedar congelada. Tal y como hacía Wilder, el madrileño escribe sus guiones junto a un colaborador, el curtido Borja Cobeaga, con el que saca petróleo de nuestras miserias cotidianas. No es algo que esté de moda en la era del algoritmo y el blanco y negro.
En realidad, lo que llama la atención del cineasta (y su coguionista), entre tanto estereotipo cutre que sufrimos en plataformas y salas, es su valentía para ver lo que tiene delante, con todas sus contradicciones, y diseccionarlo con inteligencia y gracia. Lo hizo respecto a las complejas relaciones paterno-filiales en “Vete de mí” y después con la política polarizada cada vez más ridícula en “Selfie”. En “Los europeos” adaptó con gusto una novela del gran Azcona. Ahora le toca a otro tabú de las ricas sociedades modernas occidentales: el modo en el que se vive la paternidad.
Se despachan más asuntos en esta amarga e inclasificable sátira negra: de la fatua y miserable cultura empresarial a las relaciones de pareja, el hipócrita progresismo guay que domina la cultura mainstream, el clasismo, la obsesión por las apariencias, e incluso el paternalismo machista con el que se suele mirar a las mujeres hispanoamericanas.
Si no salen bien parados los protagonistas de “Altas capacidades” –fábula amarga sobre una pareja de cuarentones que trata de matricular a su hijo en un carísimo colegio de élite tras un grotesco autoengaño muy de estos tiempos–, es porque los humanos estamos llenos de pequeñas y grandes miserias, no porque Víctor García León los mire por encima del hombro. Escenas brillantes como la del cumpleaños en el chalet del jefe (colosal su actor fetiche Juan Diego Botto, cuyo personaje invita a sus amigotes a rayas en el baño de las niñas), la caótica reunión de padres con el director del colegio o la comida con los padres de los protagonistas, dan pie a que los intérpretes se luzcan.
Como sucedía en las anteriores obras de García León, lejos de dar sermones o respuestas binarias a grandes temas de moda, el filme funciona como espejo no tan deformante de una realidad que a menudo resulta tan patética como incómoda de ver. Es decir, carne de la mejor comedia.

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