El drugstore
LibrosAbel Cuevas Domenech

El drugstore

8 / 10
Marcos Gendre — 15-06-2026
Empresa — Libros Walden

Publicado bajo el paradigma de lo que podría ser un scroll constructivo, diferente y que, de verdad, despertara nuestras neuronas sin anestesiarlas a base de fast-food informativo, vídeos de gatitos y las rutinas del youtuber de turno, parecen surgir las curiosas dimensiones de este libro que, de verdad, es una auténtica delicia para todos los que echamos de menos la sabiduría obsesiva hacia temas, aparentemente, absurdos y “frikis” que poblaban las páginas de muchos de los fanzines escritos entre los años setenta y los dos miles como el indescriptible “Mondo Brutto” o “El otro lado”, creado por Abel Cuevas Domenech, también autor de este libro.

En este sentido, el título de esta recopilación de artículos fanzineros surge de una newsletter con el mismo título que Abel lleva enviando desde hace años. La misma en la que conecta juegos del PC con la simbología del logo de sunn o)), habla tanto de tratamientos milagrosos que salen mal como de la mejor piscina de Barcelona o del abrigo azul que lleva Donald Sutherland en el clásico del cine de terror “Amenaza en la sombra”. Pero hay muchísimas más cápsulas críticas de sabor irresistible. No en vano, ahí relucen sus a alabanzas hacia obras de arte de la serie B como “The Visitor” o nos comenta el resultado de que varios monos estén escuchando música de Aphex Twin durante horas. Eso sí, el highlight se lo lleva la conexión que hila entre Helado Negro y Juan Tamariz. Memorable.

Más allá del humor catártico vertido a lo largo de estas más de trescientas páginas, la deriva de estos textos también lleva a brillantes perspectivas hacia filósofos de la contracultura de estas últimas décadas como Mark Fisher o Simon Reynolds, pero también a su amor incondicional hacia Robert Wyatt o su indigestión (totalmente entendible) hacia lo que él considera con no poca saña como emo ambient.

De Brian Eno a Robert Altman, pasando por Alice Coltrane o el logo de Public Enemy, Abel va desgranando su lista de amores y fobias en lo que, finalmente, emerge como una radiografía sin cortapisas de sus impulsos cerebrales y emocionales hacia todo lo que implica hablar de arte y de conexiones, en principio, inverosímiles que, al final, siempre consigue llevar a buen puerto.

Divertido a rabiar, a la vez que iluminado por un hilo subyacente de puntería milimétrico en todas sus efervescencias mentales, “Drugstore” es más una guía de pensamiento que una recopilación de textos cortos. Un salvavidas en toda regla en tiempos de aburrida ultra normalidad.

 

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