La noche de las crestas
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La noche de las crestas

7 / 10
Pepa Ferreiro — 15-06-2026
Fecha — 05 junio, 2026
Sala — Stage Live, Bilbao
Fotografía — Pepa Ferreiro

El punk lleva décadas anunciando su propia muerte y sin embargo, sigue consiguiendo que un viernes random coincidan en Bilbao argentinos, paraguayos, vascos y hasta un finlandés alrededor de un escenario. Dieciséis años después de su último paso por la ciudad, Flema regresó a la Stage Live acompañado por Línea Roja, Doble Fuerza y Negracalavera en una noche donde las cifras importaron bastante menos que los símbolos de reconocimiento punk.

La sala no presentó una imagen de lleno, pero tampoco la necesitaba. Durante unas horas funcionó como un pequeño territorio autónomo gobernado por el punk rock rioplatense. Un lugar donde una bandera paraguaya encontraba acomodo entre los amplificadores y donde los acentos se mezclaban más que los estilos musicales. Sobre el escenario no hubo ninguna mujer; abajo en cambio, muchas ocuparon las primeras filas, participaron en los coros y resistieron los pogos más intensos de la jornada.

Los protagonistas principales tardaron en aparecer, pero cuando Flema tomó el escenario quedó claro por qué su nombre sigue ocupando un lugar privilegiado en la historia del punk argentino. La mítica banda fundada en 1986 regresa a Europa para presentar "Fuera de control" (2024), su último trabajo de estudio y para repasar sus temas clásicos a los que cualquiera tacharía de himnos. En Bilbao la espera ha sido de dieciséis años.

El viernes abrieron fuego con "Si yo soy así", desatando inmediatamente el pogo que nunca dejó de existir en la pista durante el bolo. Entre cables, ajustes de última hora y un sonido que no terminó de hacer justicia a las voces, el grupo encadenó clásicos (himnos) mientras la pista respondía con una fidelidad que fue mucho más allá de la nostalgia. Buena parte de esa conexión sigue remitiendo a la figura y culto a Ricky Espinosa, fundador y vocalista original fallecido en 2002, convertido desde entonces en un icono del punk rioplatense. El brindis que la banda le dedicó desde el escenario se subrayó por un lapsus silencioso que no tardó en brillar gracias a la puesta en escena sostenida hoy por Fernando Rossi, Joan Sprei, Bruno González y Miguel de Luna Campos, responsables de mantener vivo uno de los repertorios más influyentes del punk latinoamericano.

Aunque algunos matices de las voces se perdieron en la mezcla, canciones como "Lejos de casa", "Metamorfosis adolescente", "Y aún yo te recuerdo" o "Nunca seré policía" conservaron intacta su capacidad para ser coreadas por decenas de gargantas a la vez. Uno de los grandes aciertos del directo estuvo precisamente en el trabajo de las voces, alternando melodías principales y coros grupales sobre una arquitectura sonora que sigue siendo una de las señas de identidad de Flema. Porque detrás de la aparente simplicidad de sus canciones conviven varias capas: punk rock callejero, guiños al hard rock, pasajes cercanos al heavy metal y una sección rítmica que empuja constantemente hacia delante.

El pogo, omnipresente durante toda la actuación, fue ganando intensidad a medida que avanzaba el repertorio hasta convertir el centro de la pista en una masa en movimiento donde convivían saltos, empujones y patadas lanzadas al aire. Mientras algunos lo habitaban con naturalidad, otras personas optaron por replegarse hacia los laterales a medida que aumentaba la contundencia de los golpes, sin dejar por ello de cantar a voces cada estribillo de memoria.

La descarga más contundente de la noche corrió a cargo de Negracalavera. Con una formación clásica de dos guitarras, bajo y batería, los bilbaínos desplegaron un punk rock de vocación hard que contrastó con el sonido más callejero y festivo de las bandas argentinas. Los músicos ocuparon sus puestos uno a uno mientras desde las primeras filas comenzaban a llegar gritos reclamando a Txemi Bugatti. La batería ya había puesto el motor en marcha cuando el carismático vocalista apareció sobre las tablas. La camisa de leopardo hizo el resto: antes de cantar una sola nota ya se había llevado la primera ovación de la actuación. A partir de ahí, la banda descargó un repertorio breve pero intenso en el que destacaron "Espérame en el coche", "En el punto de encuentro" y el cierre con "Hasta romper el motor". El baile perdió protagonismo frente a una escucha más atenta de un directo sostenido por un engranaje guitarrero especialmente sólido y una batería tan atronadora como precisa. Antes de despedirse, Txemi resumió su relación con el grupo y con la música en una frase tan sencilla como definitiva: "Mi puta banda, mi puta vida".

Si Negracalavera aportó la contundencia, Doble Fuerza puso la celebración. La aparición de Huguito Irisarri bastó para elevar la temperatura de una actuación que conectó desde el primer momento con la sala. En tiempos donde muchas bandas enlazan canciones sin apenas dirigirse al público, resultó gratificante escucharle presentar los temas uno a uno, contextualizando cada historia antes de lanzarse a ella. Musicalmente, el grupo transitó por ese punk rock melódico y callejero que tantas veces dialoga con el legado de Flema, incorporando cambios de ritmo, guiños al reggae en unos versos de "No Woman No Cry" en mitad de "Disturbios".

Hubo canciones dedicadas a los pueblos rebeldes, una reivindicación de la libertad, "Laburando" —adaptación del clásico de Cock Sparrer del que están a punto de sacar un vídeo— y un buen puñado de estribillos pensados para ser cantados con cerveza en mano. Fue el cierre con "Otra vuelta de cerveza" el que terminó de definir el espíritu de la banda: festivo, cercano y generoso. Irisarri bajó del escenario para compartir el micrófono con el público mientras varias personas y niña se sumaban a la celebración de una canción que parecía resumir toda la noche.

La noche arrancó con La Línea Roja, un proyecto que reúne a músicos curtidos en algunas de las formaciones más importantes del punk estatal, con pasado en bandas como La Polla Records, Gatillazo, La Excavadora, Piperrak, Pura Posse o Tobogán. La experiencia se dejó notar en los compases de un directo construido sobre ritmos de punk clásico acelerados, guitarras afiladas y una ejecución tan sobria como efectiva.

Buena parte de la atención recayó sobre su vocalista, dueño de una presencia escénica poco habitual y de una gestualidad que aportó un inesperado y gratificante componente de sensualidad a una propuesta eminentemente punk. La iluminación rojiza terminó de reforzar una atmósfera marcada por la urgencia de las canciones y una respuesta del público que creció en el último tramo del repertorio. Ni los problemas puntuales con el equipo de voces ni un pie de micrófono empeñado en desafiar la gravedad lograron alterar una actuación que terminó con la sala reclamando una canción más cuando el horario ya obligaba a mirar el reloj.

Con cuatro bandas compartiendo cartel, los cambios de escenario fueron tan rápidos como los propios repertorios. Quizá alguna habría agradecido unos minutos más para desarrollar su propuesta, pero el formato mantuvo la intensidad de principio a fin. Poco antes de medianoche la Stage Live comenzó a transformarse en otra cosa. Los amplificadores se apagaron, las últimas conversaciones se desplazaron hacia la calle y las crestas de colores fueron desapareciendo en distintas direcciones. Durante unas horas, sin embargo, Bilbao había quedado conectada a Buenos Aires por algo más sólido que una ruta aérea: un puñado de canciones, viejas amistades y una cultura compartida capaz de reconocerse a ambos lados del Atlántico.

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