(Puedes consultar las fechas de su gira española al final de este artículo).
Se cumplen treinta años de "Moseley Shoals", el disco con el que Ocean Colour Scene dejaron de ser una banda prometedora para convertirse en un grupo con una personalidad propia dentro del panorama de la música de los noventa. Para celebrarlo, el grupo girará por nuestro país en el mes de septiembre. En pleno auge del britpop, con Blur y Oasis en una absurda guerra particular, su propuesta no pasaba por competir en descaro ni en grandilocuencia con ellos, sino por recuperar una tradición británica y americana muy concreta y filtrarla con naturalidad. En sus surcos conviven ecos del soul blanco de los sesenta, del pop psicodélico, del rhythm and blues británico, del nervio mod y de un clasicismo rock que emparenta tanto con Traffic como con Small Faces, The Who o incluso con ciertos momentos de The Beatles. La gran virtud del disco está en que todas esas huellas no pesan como citas cultas, sino como parte del ADN de la banda. Repasamos una a una sus canciones.
“The Riverboat Song” abre el álbum con una pegada seca y un riff de Steve Cradock que marca terreno desde el primer segundo. Hay algo en su avance musculoso que remite al rock de combustión pesada de Led Zeppelin (ese riff remite mucho a “Four Sticks”), aunque pasado por un filtro más callejero y a la vez pop. La canción funciona como una entrada rotunda, casi desafiante, y deja claro que OCS no querían sonar elegantes en el sentido pulido del término, sino sólidos, compactos y con un punto de suciedad perfectamente administrado. Por algo fue el primer single del disco.
“The Day We Caught the Train” cambia de luz sin romper la unidad del conjunto. Mi tema favorito del conjunto. Una melodía expansiva, muy británica, conecta de inmediato con la tradición beat. Hay un perfume Beatle evidente, sobre todo Revolver o Rubber Soul, pero también algo que puede recordar a la etapa americana de The Kinks. Es una canción que habla de movimiento, de juventud y de memoria, y lo hace con una elegancia que evita cualquier exceso sentimental. Su grandeza está en sonar divertida y nostálgica al mismo tiempo. Infalible en directo con esos “uouos” que no aparecían en la maqueta inicial.
“The Circle” representa probablemente el lado más refinado del álbum. Para Simon Fowler, su favorita. Su cadencia envolvente y su modo de dejar que la melodía respire remiten a ese pop británico de raíz psicodélica que nunca pierde de vista la canción. Aquí se pueden detectar resonancias de Traffic y de la vertiente más templada de su referente absoluto, Paul Weller. Sin quererlo, acaba siendo una de las piezas que mejor resumen la madurez del disco.
“Lining Your Pockets” rebaja la temperatura épica de los primeros cortes y deja ver otro de los valores del álbum, su flexibilidad rítmica. En su forma lenta de desarrollarse hay algo del groove elegante de bandas como Faces o incluso de cierto rock británico de pub pasado por el tamiz del soul. Menos vistosa, aunque fundamental para entender el equilibrio interno del disco.
“Fleeting Mind” se interna en una zona más introspectiva. Aquí el grupo parece mirar de reojo a la psicodelia británica de cámara, a esa tradición donde importan tanto la atmósfera como la estructura. Ensancha el paisaje emocional del álbum.
“40 Past Midnight” introduce un punto de urgencia muy especial, como si la banda endureciera ligeramente el gesto sin perder elegancia. Tiene una pulsión nocturna, casi de carretera urbana, y en su forma de avanzar hay un equilibrio muy logrado entre nervio rock y sofisticación melódica. Con algo o mucho del “Let’s Spend The Night Together” de los Stones.
“One for the Road” es una de las grandes joyas del disco y una de las canciones donde mejor se aprecia su amor por el clasicismo rock. Fowler brilla cantando. Una vez leí que era la mejor balada que nunca cantó Bob Seger. Aparentemente sencilla, debajo de esa superficie hay un trabajo melódico y emocional espléndido.
“It’s My Shadow” aporta al disco un momento de recogimiento y de delicadeza muy necesario dentro del equilibrio general de "Moseley Shoals". Frente a las canciones más expansivas o más rotundas, aquí OCS optan por una sensibilidad más íntima, casi de penumbra, que encaja muy bien con el propio título.
“Policemen & Pirates” introduce un matiz más juguetón y dinámico dentro del disco, casi como si OCS se permitieran aflojar un poco la solemnidad sin perder el pulso. La canción tiene un aire ligero, sostenido por una base rítmica que la empuja con naturalidad y por una melodía que avanza con soltura golpe de riff.
“The Downstream” es una canción de tono reposado, casi contemplativo, con una melancolía limpia que parece avanzar sin prisa, dejando que la emoción se deposite poco a poco.
“You’ve Got It Bad” devuelve el disco a una zona de equilibrio casi perfecta entre gancho, groove y emoción. Fue su segundo single. Hay soul, hay pop británico clásico y hay una forma de dejar correr la melodía que recuerda a la escuela de Weller, aunque sin caer en la imitación. La canción entra fácil, pero no es ligera.
“Get Away” cierra el álbum con ambición, amplitud y una sensación muy clara de trayecto completado en sus ocho minutos. Como cierre resulta perfecto porque no clausura el disco de forma seca, sino que lo deja reverberando, como si el viaje siguiera más allá del último acorde.
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