Después de seis años de la publicación de “Vapor”, Max vuelve retoma su personal camino de síntesis con “Rey Carbón” (La Cúpula, 18), un cómic nudo en su práctica totalidad en el que se combinan el humor físico, el juego consciente con las fronteras de la viñeta y la página y, por encima de todo, se adivina a un autor con un espléndido afán por no quedarse parado demasiado tiempo en el mismo sitio.

Conversar con Max sobre su trabajo es siempre un estimulante recorrido a lo largo del espacio y el tiempo, que permite unir los puntos de un mapa mental sorprendente, en el que la línea recta casi nunca es el camino más corto.

¿Cuál es el punto de partida de “Rey Carbón”? Se supone que toma la historia clásica de Plinio, pero el origen parece más difuso…
Sí, es difuso. De hecho, la idea de partida era más abstracta, es hacer un cómic sin palabras, largo, donde el dibujo se explique por sí mismo, y donde yo aparco por primera vez en mi carrera la convención narrativa de planteamiento, nudo y desenlace. Quería hacer algo free. En términos musicales, aunque quizás no se vean, para mí la música tiene un papel muy importante en este libro, es como hacer free jazz, subir hasta un punto en que la cosa fluye, aclarando que no se trata de improvisación, porque en el cómic improvisar es muy caro, tienes que llevarlo todo pensado y controlado. La idea era esa, trabajar sin barreras mentales y atrapar al lector en una lectura fluida e hipnótica, sin soltarlo hasta el final.

Hay algo de eso, literalmente cuando tiras del hilo dentro del propio cómic, rompiendo la cuarta pared…
Se tira de un hilo y entras en el dibujo a partir de eso, y en la narración. Aquí me ayudó Marcel Duchamp. La primera obra conceptual en la historia del arte la hizo Marcel Duchamp en 1914. Obsesionado con dejar que el azar interviniera en la obra, cogió tres hilos de un metro y los soltó desde un metro de altura. Tal y como cayeron al suelo, los pegó en un panel y los utilizó como regla para otras obras. Digamos que era su reformulación del patrón del metro. Eso a mí me iluminó mucho. Pensé en usar los hilos como hilos narrativos, dejando las ideas que tenía caer una sobre otra y ver qué pasaba. Filum en latín significa hilo, filo, silueta y contorno. Silueta y contorno alude al dibujo, e hilo alude a la narrativa, con lo que ya tenía un dibujo que habla por sí mismo, que es la historia. Ahí entra lo de Plinio, que cuenta que la pintura la inventaron los griegos cuando dibujan el perfil de una sombra de una persona. Es muy interesante, porque dice que el dibujo no es una proyección del modelo, sino de una proyección del modelo, entonces añade un paso más sofisticado que me dio la excusa del tema general del libro, que es el origen del dibujo.

“Me sale una visión del cómic que es teatral, y no cinematográfica”

Una lectura del formato de la acción de “Rey Carbón” recuerda mucho al free jazz de los dibujos de Tex Avery, el humor físico, el slapstick… ¿has buscado una conexión pop con el público?
No la he buscado pero me ha salido, porque hay cosas que llevas asimiladas desde hace años y una de ellas es el dibujo animado primitivo, preDisney. Cada vez que veo una película de Tex Avery se me cae la mandíbula y se me salen los ojos, son un prodigio absoluto, y eso me sale inconscientemente. Cuando intento dar el ritmo y el movimiento que precisa una historieta para avanzar, me sale eso. Me sale una visión del cómic que es teatral, y no cinematográfica. El dibujo animado, que es cine, no usa todos los recursos que usa el cine con la cámara. A mí me salen cómics de plano fijo, que el lector se siente como espectador de teatro, con un escenario en el que entran y salen los personajes. No sé por qué lo hago así, pero me sale así.

Además, el hecho de trabajar sin diálogos durante gran parte de la obra también invita a que las acciones sean más expresivas y teatrales, ¿no?
Sí, remite a lo primitivo, al cine mudo, al dibujo animado antiguo, al teatro gestual…

Tú mismo has dicho que “Bardín” fue una gran transición formal para ti. ¿Es “Rey Carbón” la culminación de un proceso paulatino de sintetización que comenzó ahí?
Sí, creo que “Bardín” fue un punto de inflexión, un giro decisivo en mi trabajo porque, de repente, después de ir probando cosas, me enfocó en una dirección, que es la del humor y el recurso a lo primitivo, entendiendo por primitivo los tebeos de Bruguera, la nostalgia infantil. A partir de “Bardín” encontré un camino propio por el que transitar. Ese camino tiene dos puntos de apoyo, uno es el humor y otro es el minimalismo, o la austeridad, por decirlo de una manera más mística. Es encontrar una manera de, con el mínimo de recursos visuales, potenciar al máximo la emoción del lector. Esa es la intención.

Han pasado seis años entre “Vapor” y “Rey Carbón”, con un montón de hitos entre una y otra, ¿Qué ha pasado en Max entre esas dos obras?
“Bardín”, “Vapor” y “Rey Carbón” forman una trilogía de trabajos que nacen puramente de mí, son trabajos personales. Entre medias, como profesionalmente tengo que comer, se aceptan encargos, pero según qué encargos. Ha habido tres o cuatro que me han motivado lo suficiente como para meterme en ellos y hacerlos algo personal. El primero fue la invitación de El País para exponer en ARCO, de la que nació “Paseo Astral”, el encargo de la Casa del Lector para hacer una obra sobre la Biblioteca de Herculano, que dio lugar a “Conversación de sombras”, el encargo de El País de hacer historietas para El Semanal de donde nació “¡Oh diabólica ficción!” y el encargo del Prado para hacer un cómic sobre El Bosco- De todo esto, adoptado como trabajo personal, han ido saliendo cosas que se han ido integrando y decantando en “Rey Carbón”. Es un proceso, digamos natural. Cada trabajo que asumo personalmente, descubro cosas y maneras que me sirven para aplicarlos luego.

“La novela gráfica se ha convertido en el nuevo mainstream y la chavalada viene con un rollo punk que no tiene nada que ver con lo otro”

¿En qué momento surge tu interés por el mundo clásico y que ha hecho que sigas y teniéndolo como referentes todos estos años?
Eso se remonta a los años ochenta, cuando nació mi interés por la mitología. Llegué a la mitología griega, que es la madre que lo ha nutrido todo, y encontré un manantial inagotable de cosas. Es más, a partir de ahí ya estaba leyendo a los dos grandes autores del siglo XX, que son Borges y Kafka. En ambos se veía todo ese peso cultural del pasado. Y luego es que el arte siempre ha ido así, nadie empieza de cero: todos reformulan el pasado en su tiempo. Hasta principios del siglo XX, todos empezaban como discípulos de un maestro: empezaban así y luego tomaban su camino y tenían sus propios discípulos. A mí esta manera de transmisión cultural me parece la única posible, y me he adherido a ella. aunque yo soy autodidacta. Me entusiasma leer a los clásicos y encontrar en los clásicos las cosas que resuenan en mi, que soy un hombre de mi momento. En los clásicos ya estaba todo, lo que pasa es que en cada época se tratan de manera distinta. Yo no tengo reparo en coger los temas, tratarlos a mi manera y conceder el homenaje necesario a los maestros del pasado, porque formamos parte de una línea ininterrumpida.

Hablando de los ochenta, en muchos aspectos, parece que vuelven una serie de manifestaciones similares: autogestión por parte de artistas, ha vuelto el fanzine, se han democratizado la promoción y la creación de contenidos audiovisuales… parece que hay una sensación de nueva vanguardia en cuanto a creatividad en el cómic. ¿Hay similitudes con lo que viviste en los ochenta, o es todo menos espontáneo y más marketing?
Es cierto que hay una efervescencia fanzinera con un tipo de cómic que viene ya segando la hierba bajo la novela gráfica. La novela gráfica fue una etiqueta invento que originalmente respondía a la etiqueta cómic de autor, pero que se ha acabado decantando hacia el testimonio personal biográfico histórico y tal, muy denso, y las generaciones jóvenes, como tienen que hacer, vienen a romper con eso. Así que la gente joven que está haciendo cómic va por otra onda, más punki y do it yourself. Pero es que esa es la actitud es la que tenía yo cuando empezaba, y que he intentado no perder nunca. Es la única manera de no anquilosarse y entrar en terrenos que no son los tuyos. El otro dia me divirtió mucho la idea de que la etiqueta novela gráfica tiene una construcción semántica igual que la de rock sinfónico, ese intento de “por favor, aceptadnos, somos cultura”, que está muy bien porque es cierto que somos cultura, pero inmediatamente después del rock sinfónico vino el punk. Y ahora estamos viviendo eso, la novela gráfica se ha convertido en el nuevo mainstream y la chavalada viene con un rollo punk que no tiene nada que ver con lo otro. Debo reconocer que el ejemplo de estos chavales y chavalas me ha influido mucho en el sentido de soltarme.

“Que el humor esté más asociado al entretenimiento es un fallo de raíz de la cultura”

¿Crees que estamos en un momento en el cual la diferencia entre cultura y entretenimiento se confunde y que gana la segunda?. En particular, además, “Rey Carbón” es una obra llena de humor, que es algo que se asocia siempre más al entretenimiento…
Eso es deplorable, que el humor esté más asociado al entretenimiento es un fallo de raíz de la cultura. Es uno de los motivos del descrédito de la cultura, esa solemnidad, esa cosa de creerse no sé qué, ha acabado jugando en su contra. Por otro lado, todo es relativo. A mí la cultura me supone entretenimiento. La diferenciación es una cosa un poco tramposa, creo que todo puede ir junto. Es verdad que el entretenimiento está ganando la partida masiva, básicamente porque está intrínsecamente asociada al comercio y al consumo. Lo que me molesta del entretenimiento es que acaba siendo consumo de usar y tirar.

¿Cómo está siendo hacer tiras para El País? ¿Cómo te las planteas?
Ha sido difícil al principio, por habituarme a la entrega semanal. Un suplemento cultural es un oasis, no hace falta estar pendiente de la actualidad y puedo hacer humor sobre la cultura, voy a por eso. En un sentido es muy cómodo, porque tengo a mi disposición siglos de cultura. Por otra, es duro dar cada semana con una buena idea. Creo que al final me he adaptado bien al ritmo, y me gusta.

¿Es también un reto?
Sí, pero es una cosa más personal, de yo mismo como consumidor de cultura. No me considero creador de cultura, aunque debo serlo porque hago libros. Yo me considero, sobre todo, consumidor cultural. Cuando hago estas tiras me pongo más en ese papel: intento sacar punta a los conflictos que se crean dentro del mundo de la cultura. Sé que es un mundo muy endógeno, pero da mucho gusto poder poner juntos en una viñeta a Kafka y Samuel Beckett y sacar un gag, ¡es la bomba!

Hace poco se anunciaban las visuales para la última gira de los Planetas, pero lo tuyo con el grupo y la música viene de lejos. ¿Qué significa para ti la música y cómo es esta relación con Los Planetas?
La música para mí desde siempre es mi nutrición básica. Mi trabajo me permite estar escuchando música todo el dia, soy musico frustrado, y tengo una cosa que me bulle por dentro y me toca mucho. Eso me ha llevado a explorar los puntos de contacto entre la música y el dibujo. En este libro, concretamente, está muy pensado musicalmente, es como una sinfonía ruidista. Un músico aficionado a los tebeos podría interpretarla usando el libro como partitura. Siempre me ha apetecido trabajar con músicos, y he acabado trabajando con los músicos que se han cruzado en mi camino. Uno de los primeros fue Pascal Comelade, que además de cruzarse en mi camino resultó que espiritualmente congeniamos al cien por cien, y la relación es muy antigua. Tenemos el máximo nivel de colaboración. Con otros, como Santiago Auserón, ha habido muy buena conexión. Con Los Planetas es más curioso porque hay un pequeño desfase generacional. A mí me encanta su música y Jota es muy aficionado a los cómics. Banin también. En realidad, se ha dado casi por coincidencias más que buscándolo. Nos hemos ido encontrando en situaciones que parecía que se podía hacer algo… y se hacía.