Ace Of Spades
(Motörhead, 1980)
El disco y el tema que inspiraron frontalmente mi primer juego de mesa: “Ace Of Spades”. Lemmy siempre me ha parecido la personificación del rock & roll, y este disco es como si te rompieran una botella de Jack Daniel’s en la cara. Cuando empecé a escuchar música no lo valoré tanto, pero con los años se convirtió en un tótem para mí. Representa todo lo que el rock debería ser: actitud, distorsión e intensidad sin artificios.
Somewhere In Time
(Iron Maiden, 1986)
Con este disco empezó todo. Bueno, en realidad fue una cinta de cassette que apareció en una caja durante una mudanza. Probablemente pertenecía a mi tío. Me llamó la atención la portada, la puse en el radiocasete con diez años… y ya nada volvió a ser lo mismo. Esos primeros segundos de guitarras dobladas en “Caught Somewhere In Time” me atravesaron por completo y me convirtieron en heavy al instante. Desde entonces, Iron Maiden ha sido y será la banda de mi vida, y “Somewhere In Time”, uno de mis discos favoritos de todos los tiempos. Admito que he llorado como un bebé escuchando “Wasted Years” en más de un concierto.
Senderos de Traición
(Héroes del Silencio, 1990)
Con Héroes no hay término medio: o los odias o los amas. Y yo los amo muchísimo. Aunque Bunbury a veces pueda ser un capullo, su voz, sus letras y las guitarras de Valdivia me volvieron loco desde muy joven. No hay otra banda igual en el planeta y me habría encantado verlos en directo en su época dorada. Aunque sus cuatro discos me parecen increíbles, me quedo con “Senderos de Traición” por ese arranque insuperable con “Entre dos tierras” y “Maldito duende”.
The Dark Side Of The Moon
(Pink Floyd, 1973)
El disco. Punto. La mayor obra maestra musical jamás registrada. El día que cumplí diecinueve años, mi amigo Charlie me pidió que le acompañara a ver a Roger Waters interpretando “The Dark Side Of The Moon” en directo. Y aquel día pasé de no saber prácticamente nada de Pink Floyd a encontrarme llorando con el solo de “Comfortably Numb” en los bises sin entender muy bien por qué. Es el disco que me llevaría a una isla desierta: aunque lo haya escuchado cientos de veces, siempre encuentro un matiz nuevo.
Road Salt One
(Pain Of Salvation, 2010)
Recuerdo perfectamente un viaje en coche de Barcelona a Reus. Iba solo. Acababa de salir este disco, no conocía la banda y me lo puse por curiosidad. Menudo viaje. Flipé en colores. Se convirtió en una obsesión para mí y para mis amigos durante muchísimo tiempo. Tanto, que terminé yéndome a casa de Daniel Gildenlöw, en Eskilstuna (Suecia), para entrevistarle durante cinco horas. Pobrecito. Una mezcla única de rock progresivo, psicodelia y metal. Incomprendido, infravalorado e imprescindible.
Los Dioses han llegado
(Gigatron, 1998)
Termino con una nota de humor, porque para mí el humor es importantísimo, y nadie como Gigatron ha sabido llevarlo al metal. Cuando escuché por primera vez su versión del “The Final Countdown” de Europe —“Te Voy a Petar el Kakas”—, descargada en MP3 tras ocho horas de espera en ElRellano.com, me pareció lo más cachondo que había escuchado nunca. La forma en que se reían de los heavies siendo ellos mismos heavies era maravillosa. Para mí son la banda más hilarante de la historia y, encima, unos tíos de puta madre, hasta el punto de acabar convirtiéndose en muy buenos amigos. Aparece mi cara en uno de sus discos, tocaron en mi boda, canté con ellos en su concierto del XX Aniversario… Si alguien le hubiera contado eso al Benja granudo de trece años, le habría dado un parraque.

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