Con la nueva edición del In-Edit ya entre nosotros toca detenerse en una de las cintas más esperadas que se exhibirán. Este es el caso de “La juventud baila”, atípico documental dirigido por Marc Crehuet con el que, a través del humor y la ficción, se hace un repaso a los setenta y cinco años de historia de la barcelonesa sala Apolo. Hablamos con el creador de la serie “Pop ràpid” y el largo “El rey tuerto” para que nos confiese cómo se ha gestado este proyecto, que podrá verse por primera vez el 27 de octubre y el 3 de noviembre en el marco del imprescindible festival de cine documental musical.

Por mucho que se haya promocionado como un documental en realidad no lo es estrictamente…
Estaríamos hablando más de un mockumentary o un falso documental. Fue un encargo de Alberto Guijarro, el director del Apolo, por el setenta y cinco aniversario de la sala. Estaban abiertos a todo tipo de propuestas y le propuse hacer una ficción porque él no quería el típico documental con bustos parlantes. Al principio me daba un poco de vértigo no sólo cómo abordar esos setenta y cinco años a nivel de historia, sino también cómo incluir las diversas percepciones de quienes han pisado la sala todo este tiempo. Englobar todas esas sensibilidades y la historia me parecía un proyecto casi imposible de hacer, por lo que llegué a la conclusión de que tenía que hacerlo bajo mi punto de vista y con la forma que yo me siento más cómodo. Es decir, la ficción. Asimismo, durante el proceso nos dimos cuenta de que no hay tantas imágenes de archivo de la sala como para hacer un documental al uso. Eso es algo que me dijo también Alex Julià, el director de “94/96 El giro electrónico”, ya que se encontró con el mismo problema.

¿Crees que el público se va a llevar una gran sorpresa cuando se estrene en el In-Edit?
Desde que le pasé el guión a Alberto la duda estaba en cómo llamar a esto. “La juventud baila” no es el documental del Apolo, es otra cosa. Podría decirse que es más una película homenaje o un falso documental, sin duda. Todo dependerá en este caso de la idea que el público tiene en mente sobre lo que se va a encontrar.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos del Apolo?
Sería en primero de carrera. Yo venía de Girona y el circuito electrónico de ahí, pero lo cierto es que no fui al Nitsa de la pista giratoria, sino cuando ya se instaló en Apolo. Haciendo memoria uno de mis primeros recuerdos fue ver a las chicas en la cola con el chupete en la boca, que es algo que se cuenta en la película. Después de ello hay muchos recuerdos que no recuerdo y otros que aquí no se pueden contar. A nivel musical sí que me que vienen a la cabeza conciertos como los de Tindersticks y sesiones que me han marcado mucho. Apolo siempre ha sido un lugar de sorpresas y descubrimiento.

¿La nostalgia es mucho más puñetera de lo que pensamos?
Ahora con cuarenta años y un hijo uno sale menos, lógicamente, o lo hace de forma más selectiva. A veces uno no es consciente de que lo que vivimos en el 2000 ya queda lejos. Esa sensación de perplejidad por el paso del tiempo se refleja en la cinta. Todos hemos vivido ese momento en el que en un club te das cuenta de que les sacas veinte años a la mayoría de los que tienes a tu alrededor.

¿En parte esta cinta es un tributo a “Pop ràpid”?
Tiene algo de homenaje a su manera porque se recuperan los personajes de la serie. En “Pop ràpid” había muchas referencias al Apolo y esta era una buena forma de poder encajar los personajes y hablar de la generación de “Pop ràpid”, que en realidad coincidió con la apertura de La [2] y la revitalización del indie, un Apolo diferente al del Nitsa.

¿Qué hay de ti en el personaje de Fede?
Hay bastante. Fede es una mezcla entre Francesc Ferrer, el actor que lo interpreta, yo mismo y la imaginación. Más que anécdotas lo que compartimos es a nivel de emociones y personalidad: inseguridades, el miedo a no encajar y un poco de falta de autoestima, lo cual es algo muy universal.

¿Qué tiene de especial la sala Apolo para ti?
Es una sala única por diversos motivos. Uno de ellos viene marcado por el buen gusto y el atrevimiento en lo musical, que es algo que se refleja en las diversas sesiones que siempre ha habido en la sala. Y después, aparte, escenográficamente siempre ha sido especial por esas lámparas y esas luces rojas tan de puticlub que ha tenido. Es una sala de baile clásica de barrio que se ha conservado súper bien y que provoca que el que vaya tenga una serie de estímulos diferentes de los que sentiría en otra sala más fría.

Participan periodistas y personajes de la escena barcelonesa como Javier Blánquez u Óscar Broc, entre un largo etcétera. ¿Qué aportan ellos?
Todos se prestaron a improvisar y a jugar con un guión de ficción. Para mí, Blánquez y Broc, como lector, siempre han sido un referente de la prensa musical. De siempre les he admirado y me hacía mucha ilusión poder colaborar con ellos.

Muchos descubrirán gracias a este falso documental lo que era “bajar al Chino” y, sobre todo, la figura de las taxi-girls.
Las taxi-girls dan para otra película aparte porque su historia tiene mucha miga. Para este trabajo de documentación ha sido esencial el papel de Eva Espinet, quien ha hecho el libro sobre el aniversario de la sala. Me contó anécdotas como que las taxi-girls, que en realidad eran mujeres con las que podías bailar a cambio de dinero, aprendían incluso idiomas porque en un momento dado Barcelona se llenó de marines estadounidenses.

¿Alguien de la fauna barcelonesa se ha negado a aparecer?
Alguno hay, pero en general todo el mundo ha sido muy receptivo y se ha enrollado muchísimo. Todos los cameos son de personas que han querido poner su granito de arena en este homenaje.

¿En qué nuevos proyectos andas ya liado?
Estoy escribiendo un largometraje en estos momentos. Y, aparte, estoy a punto de dirigir cuatro capítulos de la serie “Benvinguts a la familia” de TV3 que me apetecen muchísimo porque suponen volver a trabajar con Pau Freixas e Iván Mercader, dos personas con las que coincidí al principio de dedicarme a esto en “Àngels i Sants”.