Dentro del panorama actual del periodismo musical, Carlos Pérez de Ziriza es uno de sus referentes. Siempre con la voluntad de entregar ensayos que inviten a la reflexión de los tiempos que orbitan en nuestro consumo diario musical, para “No olvides las canciones que te salvaron la vida” (Efe Eme, 19), se ha desnudado con su obra más personal y, al mismo tiempo, reveladora de la evolución del universo pop en estas tres últimas décadas. Sobre todo ello y mucho más hablamos con él en esta entrevista de recorrido largo y profundo.

Primeramente, ¿qué te motivó a escribir este libro?
La verdad es que la idea de hacer el libro surgió hace unos tres años; más o menos, allá por abril de 2016. En realidad, la necesidad era escribir algo más personal. Bueno, todo es personal cuando escribimos. Pero algo que tuviera una conexión más emocional con la música, que no fuera tan analítico y tan periodístico como lo que habitualmente suelo hacer. Al fin y al cabo, sientes un poco ese gusanillo de utilizar la música como pretexto para hablar de otras cosas; de la vida, en definitiva. Tenía esa idea desde hace tres años, pero no la puse en práctica porque justo me surgió la oportunidad de escribir mi libro sobre indie y rock alternativo. Luego vino el del power pop y la new wave. Pero, de alguna manera, el haber hecho estos dos libros también me ha dado un impulso extra para ponerme ya manos a la obra, y hace cosa de diez meses que lo empecé. ¿Por qué me han dado un impulso extra? Porque han sido libros en los que he volcado un montón de datos y de información en bruto, que evidentemente interpreto y analizo. Pero no dejan de ser libros, entre comillas, más especializados, más dirigidos hacia un público que, más o menos, entiende un poco de música. Hacer este libro fue irme a un registro totalmente distinto, yo diría que casi hasta opuesto. Es cambiar el análisis por la conexión emocional con la música con uno mismo, y que es extensible a las cosas que ha vivido mucha gente que son parecidas a las que yo pude haber vivido. Creo que también el hecho de hablar de cosas que me han pasado a mí en primera persona también es una forma de que se pueda sentir identificada mucha gente que tenga unos referentes o edad similares a los míos.

No me gustaría que la gente viese el libro como un manifiesto generacional

El título está inspirado en un verso del tema “Rubber Ring” de The Smiths
Aunque es un título largo, creo que tiene fuerza porque está escrito en segunda persona. Es como una invocación: “No te olvides”. Creo que esa clase de títulos son más directos. Y el libro ya está escrito con ese registro. Aunque hablo en plural (no le hablo al lector en singular), que sigue siendo algo más periodístico que literario, sí que intento dirigirme a los lectores de forma más directa en este libro que en cualquier otro.

Pixies, New Order, El Niño Gusano, Beyoncé, Yung Beef… Más allá del componente emocional que pueda haber en la elección de las canciones, ¿qué pesó más a la hora de escogerlas?
Me resultó más fácil escogerlas para la primera mitad del libro porque cuando estás hablando de cosas que te han pasado hace veinte, veinticinco, treinta años, es como que la distancia hace que lo veas todo con mucha más lucidez. Y entonces las canciones que tienes grabadas a fuego en tu memoria afloran con más rapidez. En los últimos diez o quince años me costó más hacer la elección de qué canciones iban a estar ahí porque también el peso de la vivencia personal va aminorándose un poco conforme avanzas; en gran medida, porque tu vida cambia menos entre los treinta y cinco y cuarenta y cinco que entre los quince y los veinticinco años. Por otro lado, todo lo ocurrido en los últimos años, lo que me ha ocurrido a mí y lo que ha ocurrido en el mundo, aún es pronto para verlo con la suficiente distancia.
Siempre hay una cosa que quiero recalcar mucho a la hora de hablar del libro y es que, obviamente, no es un libro de mis canciones favoritas ni, necesariamente, tampoco de las canciones que más me han marcado, ni muchísimo menos, aunque algunas sí lo sean. Es un libro de canciones que, a veces, me sirven para hablar de otras cosas que poco tienen que ver con la música. Sobre todo, en la última parte del libro, las canciones de las que hablo tiene más relación con el contexto sociocultural y sociopolítico en el que nos movemos que con mi experiencia personal. Ahí me ha costado un poco más encontrar qué canciones iban a encajar. Por ejemplo, en el caso de Kate Tempest, fue la última canción que conseguí enhebrar dentro del relato. Había pensado en algunas, pero no encontraba una canción que me pudiera parecer representativa de lo que fue 2016, para mí y para el mundo. Y, al final, fue la última que escogí, y creo que encaja dentro de lo que es el relato. Yo creo que los motivos para escoger una u otra canción van variando según la época de la que hablo.

Me imagino que tener que ceñirte a una canción por año provocó que muchas se quedaran en el tintero…
Hubo una canción que estuve pensando incluirla en 2016, pero luego me di cuenta de que era de 2015, y no tenía cabida en 2016. Y ya en 2015 tenía una buena canción para incluir. Recuerdo estar en Barcelona viendo a Afghan Whigs en enero o febrero de 2015 en un concierto en la sala Apolo, que para mí fue uno de los mejores que he visto, no ya en la última década, sino que ya está en el top ten de los conciertos de mi vida. Es un grupo que me encanta y esa noche fue la última de su gira, y fueron especialmente brillantes y arrolladores. De ahí pensé en poner una canción de las que tocaron esa noche, pero no encontraba la forma de que eso fuera tan representativo. A lo mejor sí para mí, pero no para lo que es el rock en 2015 o 2016. Por eso no incluí esa canción en concreto. Te diría que esa es la única que tenía pensado meter, pero al final no incluí. En general, cuando empecé a escribir el libro, había más o menos unas veinte canciones que tenía muy claro que iban a estar ahí. Las demás fueron surgiendo conforme iba escribiendo.

En el capítulo dedicado a Yung Beef aludes a la extinción del LP con las próximas generaciones.
El capítulo de Yung Beef creo que es interesante por eso: por la percepción del periodista a la hora de escribir y a la hora de conmover a la gente en el trabajo que hacemos. El cambio de paradigma en cuanto a lo que es la comunicación, a lo que el es periodismo cultural y a lo que es la industria de la música. Todo eso se refleja en ese capítulo, en el que queda claro que nuestro trabajo, hoy en día, no goza de la importancia, entre comillas, que pudiera tener hace veinte o treinta años. La industria también ha cambiado, y ya no es tan importante editar discos físicos como sí distribuir canciones a través de formas como Youtube. Ha habido algún compañero periodista que me ha comentado que ese capítulo le parece muy catastrofista o muy sombrío. A lo mejor es un poco exagerada la descripción que yo pinto; no quiero ser tan pesimista como a lo mejor parezco cuando uno lo lee. El texto es fruto del momento en que lo escribí y, como bien afirmo al principio del libro, la contención no es lo que prima a lo largo de los capítulos. En algún momento, tiene un componente emocional, incluso, visceral. Y eso puede hacer que la visión proyectada en ese capítulo sea especialmente negativa. No quiero que la gente se quede con eso, ni mucho menos.

En el mismo capítulo, también aludes a esa entrevista, digamos, difícil que tuviste que hacer a Yung Beef.
La entrevista fue una que hice para El País, que no deja de ser un diario generalista. Sobre todo, me chocó encontrarme con un músico que está completamente fuera de lo que son las convenciones que siempre hemos dado por hechas respecto a los músicos. Una persona que no tiene el más mínimo interés en proyectar una imagen amable ni interesante sobre su obra. Y que, además, le da igual. Le da igual que su propio sello, que era Sony en aquel entonces, le reconvengan, le recriminen algo o, directamente, le den la patada en el culo. Porque tampoco los necesita. Fue un poco choque, en ese sentido, porque estás acostumbrado a los que músicos que, por mucho desinterés que puedan aparentar en una entrevista, siempre intentan proyectar una cierta imagen de sí mismos, más o menos, favorable. Y en este caso no fue así.

Entiendo que este es tu libro más personal y, al mismo tiempo, el de una mirada generalista más profunda. ¿Fue algo planteado o que salió conforme lo ibas escribiendo?
Si te digo la verdad, fue surgiendo. Me alegra mucho que lo veas así porque no me gustaría que se cogiera el libro como una especie de manifiesto generacional. Es verdad que, durante los noventa, que es la época más lejana de la que hablo, sí que hay mayor presencia de grupos indies de la época o fenómenos asociados al rock alternativo. Pero más adelante, el abanico es bastante amplio. Realmente, no fue algo pensado. Es un reflejo de cómo soy yo como consumidor de música. Siempre me he considerado un consumidor, con su vicios y fobias, como cualquier hijo de vecino, con pocos prejuicios, bastante ecléctico. Ser periodista me ha obligado a tener aún menos prejuicios. En mi caso, desde un principio, me curtí en prensa generalista: no pasé por la fase de fanzines ni de prensa muy especializada para ir aprendiendo a escribir. Eso me ha obligado a que esos pocos prejuicios que tenía a la hora de encarar la música hayan sido aún menos con el paso del tiempo. El abanico que se refleja en el libro es un producto de lo que soy yo como consumidor y como periodista. Sí que es verdad que luego, cuando estaba terminando el libro, ese equilibrio era bastante positivo, tanto desde el punto de vista estilístico como desde la procedencia geográfica de lo grupos. Porque si te fijas hay por lo menos cinco o seis grupos españoles, que es un porcentaje que, dentro de los treinta no es desdeñable, aunque sea minoritario. Luego también me fijé en que hay un porcentaje digno de mujeres, que también lo hay. Todo esto no lo hice pensando en cumplir con unas cuotas, pero me di cuenta de que mi propia falta de prejuicios se corresponde bastante con lo que sería una visión panorámica de lo que hoy en día es la música pop.

Entiendo que este libro es una terapia de lo que supone crecer como oyente y periodista musical a todos los que hemos superado los cuarenta y vivimos en la era del sobre consumo musical de hoy en día.
No sabría decirte si terapia, pero sí de reencontrarte con la sensación esa que teníamos todos cuando, con quince, veinte, veinticinco años, teníamos un presupuesto muy limitado para comprar una serie de discos, y sentíamos la necesidad de exprimir los CD’s, cintas y vinilos que comprábamos. Ahora, todos tenemos la atención mucho más dispersa. Y no sé si sabemos extraer todo el jugo a la música que consumimos. En cierto modo, es una mirada hacia atrás a cuando nuestra atención no estaba tan dispersa, en la que exprimíamos la música de una forma mucho más a conciencia. Pero tampoco es una mirada complaciente, quizá nostálgica, al ser cosas que han ocurrido hace tiempo. Pero el mundo tiene que girar y evolucionar.

En el capítulo dedicado a “World In Motion” aludes al cinismo que nos rodea en esta era. ¿Hasta qué punto se echa de menos la ingenuidad de los ochenta?
De hecho, ahí también empleo el símil futbolístico, y pongo como ejemplo que en el Mundial 90 una selección como Camerún consiguió llegar a cuartos de final. En aquella época era más habitual ver a selecciones africanas llegar a octavos o cuartos de final de un Mundial. Hoy en día, prácticamente, no ocurre. Entonces se decía que África era el futuro del fútbol. También se decía respecto a la música, que el futuro estaba en África. Pero, sin embargo, si echamos la vista atrás, vemos que en veintinueve años no hemos terminado de avanzar demasiado: ni África es el presente del futbol ni tampoco es el de la música. Aunque hay muy buena música que sigue surgiendo de África, no ha habido esa gran explosión musical africana que nos iba invadir gozosamente; lo que se esperaba de los tiempos en los que se hablaba de la world music. Es una forma de subrayar que igual que un equipo que se basa en el entusiasmo y en la falta de estrategias rígidas, también pasaba con ciertos grupos que podían triunfar sin que mediara una gran campaña de marketing detrás. No sé hasta qué punto la música de hoy en día es un producto más recalentado que hace treinta años. Hay cosas que sí, hay cosas que no. Si pensamos en el trap que se está haciendo en España, pues no es un producto recalentado; es algo bastante espontáneo, se podría decir. No sé hasta qué punto fresco, pero sí espontáneo. Sí que los que tenemos cierta edad echamos en falta la ausencia de cinismo que entonces teníamos todos. Además, el año noventa creo que marca un punto muy interesante en la historia de Europa. Fue una época bastante más optimista que esta: había caído el muro de Berlín, había caído el régimen soviético, la Guerra Fría había terminado, la coyuntura económica no era tan oscura como empezó a ser luego, a partir del 93. Había cierto optimismo en el ambiente, y eso se reflejaba en la música. Y es algo que ahora se echa en falta.

¿No tienes la sensación de que ya casi no se encuentran críticas negativas, que así como antes la labor del crítica era casi un incentivo para los músicos, ya no lo es para nada?
Es posible, hoy en día la repetición de esquemas y patrones creativos no se penaliza tanto como hace treinta años. De alguna manera, el britpop asienta las bases del reciclaje que llega a partir del 2000. La prueba más clara la tenemos en que Oasis es un grupo que sigue viviendo de sus dos primeros discos, que son los que realmente merecen la pena.

¿Qué significa este libro con respecto al resto de tu trayectoria hasta el momento?
Yo era consciente que esta libro tenía una estructura que ya habían hecho otros. Contaba con dos referentes muy claros: “31 canciones” de Nick Hornby y “Mil violines” de Kiko Amat. Son dos libros que, en su momento, me gustaron mucho y en los que cada capítulo se basa en una o un par de canciones. Partiendo de esa base, tenía claro que no quería hacer algo que repitiera esa secuencia. ¿Qué es lo que yo he aportado de diferencial respecto a lo que hayan podido hacer ellos u otro en un formato similar? Pues hacer una secuencia cronológica, que cada canción se corresponda con un año. De alguna forma lo que he intentado es que, al mismo tiempo pueda servir de reflexión de esa canción, el lector también se pueda hacer una idea de cómo puede ser la evolución de un tipo cualquiera, que en este caso soy yo, desde que tiene quince años hasta los cuarenta y cinco, que son los que tengo ahora. Al mismo tiempo, también se puede hacer una idea de cómo ha sido la evolución de la escena musical de la que se nutre ese relato. También se puede hacer una idea, seguramente menos detallada, de cómo fue la evolución del contexto sociocultural donde todo eso ha ido germinando. Es complicado hacer un libro donde cada capítulo corresponde a un año y tengas que recordar lo que te pasó ese año. No es tan sencillo de plasmarlo. Para mí era muy importante que el hecho de estar escrito en primera persona no fuera encajado como una exhibición del ego, sino como una invitación a que cualquiera que lo pueda leer se puede sentir reflejado.