Aretha Franklin, una de las artistas más importantes de la historia del soul y de la música pop, nos ha dejado a los setenta y seis años de edad dejándonos huérfanos de una de las voces más importantes que jamás haya dado la música negra.

Una voz repleta de sentimiento, la adaptación de la tradición de los sonidos negros y la habilidad para trasladar hasta su personalidad cualquier canción han convertido a Aretha Franklin en -más allá de la dama del soul- un referente dentro de la música popular.

Tal y como sentenció, con la maestría e ironía habitual, Javier Krahe en una de sus canciones, la capacidad expresiva musical tiene dos grandes tendencias, esas que te abocan a “ser o Borges o bailable”. Hay sin embargo algunos intérpretes, pocos, que han sabido trascender esa diferenciación e instalarse con naturalidad en ambas sensibilidades, aunando aquella más profunda con la más festiva. Tal es el caso de Aretha Franklin, esplendorosa cantante de soul que debido a su incalculable talento se ha erigido como un icono cultural que desborda modas, géneros, épocas y cualquier encasillamiento, siendo igual de certera su obra a la hora de incentivar el espíritu intimista y/o reflexivo como de activar el nervio rítmico.

Nacida en Memphis hace 76 años, truncados ahora por el desenlace de una grave enfermedad surgida en 2010, la influencia familiar resultaría decisiva en su carrera. Hija de madre cantante de gospel y padre predicador, será éste quien se encargue de su educación y dirija sus pasos hacia la iglesia que él mismo detenta en Detroit, en la que pronto empieza a actuar, al igual que sus hermanas, al mismo tiempo que comienza a tocar el piano de manera autodidacta. Un entorno vital por el que además transitan personajes tan carismáticos como Martin Luther King, cercano a su progenitor, o voces representativas de los espirituales negros (Clara Ward, Mahalia Jackson…) y del jazz, dos influencias evidentes y trascendentales en la conformación de su legado.

Ya activa desde la temprana edad de los catorce años -aunque incluso para ese momento ya tiene un hijo y está al caer la llegada del segundo- en el ámbito discográfico, el fichaje por la potente Columbia marca el verdadero punto de arranque. Primeras incursiones que estarán encaminadas hacia la finalidad de ser convertida, o convertirse, en una artista de carácter pop, lo que significaba la intencionalidad de llegar hasta una amplia y heterodoxa audiencia. Una situación que le reporta éxitos parciales pero que deja en evidencia el poco provecho extraído de su personalidad, ya evidente en el notable disco homenaje a su adorada Dinah Washington “Unforgettable: A Tribute To Dinah Washington”, donde muestra su capacidad para asumir y transformar un catálogo externo elevándolo bajo su sentida mirada. Todo ello traerá como consecuencia la negativa a continuar en esos parámetros y emprender la búsqueda de una mayor plenitud.

Ese nuevo camino lo encontrará en Atlantic y principalmente de la mano de Jerry Wexler, afamado productor que guiará a la cantante en sus siguientes pasos encadenando una serie de trabajos que le situarán como la gran dama del soul que hoy es considerada y otorgándole una extraordinaria relevancia. Para poner en marcha dicha fórmula se eligen, en una primera referencia, los estudios FAME de Muscle Shoals (Alabama) y la utilización de la propia banda asociada al lugar aderezada con algunos elementos, como el saxofonista King Curtis. La elaboración de un exquisito repertorio a base de composiciones propias y ajenas, a las que alterar su condición en la medida necesaria para situarlas en su terreno, apuntala un proyecto que por supuesto es dirigido por una interpretación de Aretha Franklin que logra destacar bajo una fórmula rápidamente reconocible, obteniendo un suculento punto de encuentro entre el blues, gospel, jazz, soul o rhythm and blues.

El mejor ejemplo de ello es el tema elegido para abrir su primer disco con la discográfica, “I Never Loved a Man the Way I Love You” (1967). Tomado del repertorio de Otis Redding, “Respect” aparece desprovisto de su tono brumoso convertido ahora en uno más melódico y adictivo, sobre todo en su contagioso estribillo plagado de coros femeninos. Igualmente transforma sutilmente su contenido para ser presentado como un alegato en favor de su género, connotaciones que se disparan teniendo en cuenta el momento que vive con su marido y mánager Ted White, relación tortuosa que en breve acabaría en divorcio. Su controladamente chillona, pero nunca estridente, voz ya se presenta llamada a hacer historia, y todavía más escuchándola repleta de reminiscencias blues en la descomunal canción homónima. Igualmente demostrará su versatilidad trabajando tesituras cálidas (“Don’t Let Me Lose This Dream”) o saltando hacia una escenificación más rockera (“Save Me”).

En menos de doce meses, y dentro de un ritmo trepidante de publicaciones, llegaría “Lady Soul”, que pese a sostenerse sobre las mismas credenciales, que siguen acrecentando su despunte, apuesta por un sonido más denso y sudoroso. El cover de Don Covay, “Chain Of Fools”, ya da muestras sobradas de ese interés por resaltar la negritud musical, flanqueado en ese mismo sentido por arrebatos vocales como los de “Good To Me As I Am To You” o la incitación al desenfreno en la trotona “Come Back Baby”. Fuerzas de la naturaleza que se complementan junto a acercamientos de pasional dulzura como la preciosa “(You Make Me Feel Like) A Natural Woman”. No descansará la fábrica de hits en la que se ha convertido Aretha Franklin, y casi inmediatamente, por medio de “Aretha Now”, pone de nuevo sobre la mesa una buena ristra de ellos, algunos instalándose directamente en un imaginario colectivo al que ya pertenecen la imbatible “Think” o “I Say A Little Prayer”. Así, vuelve a demostrar esa doble virtud para desenvolverse de manera sobresaliente en un contexto agitado o en aquel más tierno, asumiendo además la capacidad para deslizar en ellas connotaciones igualmente amorosas o reivindicativas.

La aparición de “Soul ’69” se podría definir como un momento de transición que nos dirige hacia el cierre de una época que ha supuesto la consolidación absoluta de la artista y en la que se recoge su estilo popularmente más reconocible junto a sus apariciones más copiosas en las listas de éxitos. No estamos hablando de ningún corte abrupto respecto a lo hecho hasta ahora, pero sí el nacimiento de un interés por abrazar el tiempo en el que vive desde un mayor compromiso creativo. Respecto a este álbum en concreto, la decisión consiste en introducir un buen número de músicos de jazz al plantel, lo que inevitablemente ladea hacia ese género unas composiciones de las que la cantante desaparece momentáneamente en las labores creativas. Menos arrebatadas y en consonancia con el acompañamiento instrumental se presentan piezas como la majestuosa e insinuante “Pitiful”, la profunda “Today I Sing The Blues” o la delicada pero intensa “Crazy He Calls Me”.

“Spirit In The Dark” (1970), ya marcado por su portada en tonos más apagados, inducía a descifrar lo que era su línea musical, orientada hacia un sonido menos directo, más melancólico; estados de ánimo que conectaban con el momento personal que vivía tras dejar atrás su desagradable matrimonio y que se materializa en la incorporación de unas cuantas canciones salidas de su propias manos, las mismas que en esta ocasión adquieren mayor relevancia situadas en el piano. La plantilla que toma parte en las sesiones del álbum acumula nuevas piezas que se suman a las ya habituales, apareciendo nombres como Jimmy O’Rourke, Duane Allman o Jim Dickinson. Condicionantes que imponen un ambiente instalado de manera totalmente personal entre el soul, el blues y el rhythm and blues, y que pese a no ser tomado el resultado como uno de los grandes momentos en su discografía, sin duda estamos ante una de sus obras con mayor entidad y prestancia.

El constante baile de instrumentistas que acompañan a la estadounidense no va a parar, y en “Young, Gifted And Black” (1972) -poco antes había publicado el vibrante y genial directo en Fillmore West , acompañada de la banda de King Curtis- llega el turno de Dr. John o Billy Preston, quienes colaborarán en la elaboración de un contexto sonoro más relajado, más etéreo y definitivamente con la clara pretensión de sumergirse en los parámetros que imponen los años setenta, como desprende la propia iconografía utilizada, su compromiso humano y unos dejes funk visibles principalmente en “April Fools” o “Day Dreaming”. Casi al mismo tiempo es grabado, y editado pocos meses más tarde, “Amazing Grace”, trabajo en vivo dedicado íntegramente a la música gospel. Surgido en el contexto en el que se encuentra Aretha puede ser visto bajo el simbolismo de un regreso a las raíces, al hogar, para desde allí tomar impulso hacia el futuro, ya que desde ese momento , con la inminente aparición de Quincy Jones , su trayectoria va a estar marcada por la aceptación de dogmas más artificiales que se encaminan casi exclusivamente a las pistas de baile. Pese a lo errática que se mostrará su futura producción todavía está capacitada para seguir acumulando premios y reconocimientos, algo que no evita que su figura musical haya quedado perfilada y marcada casi exclusivamente por todo lo hecho hasta este instante. En ese largo periplo hasta nuestros días intercala algunas manifestaciones destacables, entre las que se pueden contar la colaboración exitosa con Curtis Mayfield en “Sparkle”, su participación en la película “The Blues Brothers” e incluso la materialización de una contemporaneidad mejor entendida en plenos noventa con “A Rose Is Still A Rose”. Los últimos destellos antes de retirarse de los escenarios por enfermedad se vivirán en apariciones públicas como el homenaje a Carole King o la ceremonia inaugural de la investidura del presidente estadounidense Barack Obama.

Dieciocho premios Grammy, ser la primera mujer en entrar en el Rock & Roll Hall of Fame u otros cuantos galardones son sin duda un botín que prácticamente nadie podría despreciar. Pero el verdadero legado de Aretha Franklin no se encuentra entre vitrinas, sino en una voz puesta al servicio de catapultar la esencia del soul; a veces dulce para añorar el amor perdido, otras tormentosa para repudiar el ogro masculino, incitadora a amanecer siguiendo su ritmo o majestuosa para dibujar el siempre sinuoso camino de la libertad, pero siempre, y por encima de todo, reflejo de la más pura belleza.